Sin dormir

Anoche fue una de esas ocasiones en las que la tecnología me hizo no dormir. El sensor nuevo de la niña loqueó (por cierto tengo qué reclamarlo) y me dejó esperando que se normalizara toda la noche. No sucedió jamás.

Despertar después de no haber dormido suficiente me hace ver más tenebrosa la vida, tener menos opciones, multiplica mi mal humor. Hasta que llega la noche y, espero, pueda recuperar todo lo que no hice.

Darnos un momento de descanso, apagar el cerebro consciente, es fundamental para nuestra salud mental, para nuestras emociones, para nuestro cuerpo y hasta para estar delgados… Lo viví muy de cerca el año pasado, ese deterioro de mi integridad por no poder dormir bien.

En estos días de cambios de rutina, mantenerse lo más pegado posible a los horarios va a ser la clave para no volverme loca. Hacer que los enanos se duerman a sus horas me va a ayudar a no volverlos locos a ellos. Todo sea por un aislamiento en paz.

Los que lo saben todo

Trato de explicarle algo al casi adolescente y me dice «ya sé», cuando yo sé perfectamente bien que no, no sabe. Recuerdo esa confianza infundada, la tengo aún para ciertas cosas en las que creo sin discutirlo.

Hace poco escuché un podcast haciendo el punto de los adolescentes que lo saben todo y me quedó clarísimo el punto: sólo los tontos creen que lo saben todo. Porque parte de la inteligencia es aceptar que uno no sabe y la otra parte es aceptar que uno ni siquiera sabe lo que uno no sabe.

Reglas fundamentales y básicas… que no tienen nada qué ver con lo que uno hace todos los días. Como en el caso de estos días que deberemos segregarnos de la sociedad, hacer planes dentro de casa, hacerle ganas a los niños. No sé qué va a pasar en el futuro. Pero qué bueno que entiendo hasta dónde no lo sé.

Nada se puede predecir

Segunda vez que escribo de esto, la primera se borró inexplicablemente. Mejor ejemplo para cosas que no se pueden predecir, no hay.

Tampoco puedo predecir cómo va a estar la piscina, ni si habrá sol, o si dormí bien la noche anterior. Pero sí puedo decidir qué hacer a pesar de todas las circunstancias que no puedo controlar. Así como vuelvo a escribir.

Porque uno hace lo que debe/quiere hacer, porque es lo único que uno puede controlar. Y, sí, la piscina estaba congelada, y sí nadé.

El dolor que quita el dolor

Entre los múltiples achaques que aparecen con la edad, está el del dolor de espalda. Tenía bastante tiempo de no sentirme como hoy: imposibilitada y con ganas de encontrar un rincón en dónde llorar a solas. Fui a que me hicieran terapia con inyecciones y copas de succión, porque algo tiene qué aflojar, pero salí con más molestias que antes. Es normal, manipularon el músculo trabado y se resintió antes de aflojar.

Es un poco como ir a terapia con la psicóloga: uno escarba esos rincones que esconden los momentos dolorosos de nuestro pasado para barrerlos, airearlos y eliminarlos. Pero el proceso duele primero, antes de aliviar.

El dolor sólo es un indicador de incomodidad. A veces sirve para no estar allí. Otras, para seguir adelante hasta que se elimina.

Lindo decirlo así, tratando de meterme al otro lado de la pantalla e ignorando el ardor que siento. Como si estuviera teniendo contracciones… Ya se irá. O no.

El día que no hicimos nada

Un domingo cualquiera, te levantas a las ocho de la mañana con la sensación que el mundo te dejó atrás y que no quieres correr a alcanzarlo. Los niños están abajo viendo tele (ya te levantaste una vez a las cinco de la mañana a darle medicina a la niña y agradeciendo que sólo faltan cuatro frascos más de un tratamiento que tal vez funciona, tal vez no, pero que igual te tiene ilusionada) y no han hecho mucho ruido. Haces el desayuno sin encontrar el tocino (estaba hasta el final de la repisa de arriba, lo vi al sacar la cerveza del domingo). Todos comen lo que hiciste, primer desayuno que hacemos todos juntos desde hace ratos. El niño no quiere salir, la niña sí, tú te asoleas, haces una idiotez, el hombre está en alguna parte de la casa, recuerdas que hay procesiones y no se puede salir de tu casa sin entrar al agujero negro que es el tráfico sin orden. Estás amarilla porque al fin te pusiste la mascarilla de cúrcuma, no vas a salir, no importa.

Es un día en el que no pasa nada, pides comida china, ves tele sin sentido, hablas poco, tratas de escribir mucho, no logras nada y el mundo se sigue alejando del lugar en el que estás. Sabes que va en trayectoria circular y te va a agarrar al regreso con el lunes en todo su esplendor.

Los días en que no pasa nada, ves realmente cómo es tu vida y si te gusta.

Me gusta.

Sobrevivir a pura rutina

La constancia es mi estado favorito. Una vez meto cosas en mi rutina, cuesta que salgan. Se quedan pegadas a mí, o integradas por completo y después de eso no me gusta que dejen de estar. Me pasa con las cosas qué hacer en el día y con las personas.

Por eso tengo relaciones tan largas. Y, también por eso, me cuesta tanto cuando la gente se va.

Cambié, siempre

Decir que mi mundo cambió hace casi un año no le hace honor al cisma que ocurrió. Pero ahora que lo escribo, con decenas de sensores y sets y mililitros administrados, ya ni recuerdo que es no hacer esto.

Cuando era niña tenía el pelo muy rubio y ahora no. No por eso he dejado de ser yo. O tal vez sí y de todas formas no importa. Somos lo que nos convertimos y no hay cómo separar el cambio de la permanencia.

Tal vez por eso me gusta la rutina: porque hago siempre lo mismo. La ilusión de la estabilidad, el palo que ayuda al equilibrio en la cuerda floja.

O la vida es una cosa inmutable que vamos conociendo por partes, o es una corriente fluida que nos inunda de forma distinta todos los días. Y, en medio yo. Aunque no sea la misma.

El peso de las palabras

Cada cosa que decimos tiene un valor objetivo. Cuando cambiamos el significado de las palabras por preferencias culturales, le cambiamos el valor, un poco como devaluar la moneda con que compramos. La sobreutilización de algunos términos como «amar» les lima el filo con que deberían cortarnos la boca al pronunciarlos, y por eso tener cuidado al hacerlo.

Yo no juro, prometo. Yo no amo, quiero. Yo no odio, me disgusta. Como cosa cotidiana, porque me gusta reservarme los términos pesados para las cosas que en verdad lo ameritan. Adicionalmente, les agregamos a su valor intrínseco, quién nos las dice. La importancia se potencia y no es lo mismo que un desconocido nos halague a que lo haga alguien cercano.

Básicamente, ¿de qué me sirve gustarle a alguien que no podría ni reconocer en la calle? Es un pensamiento tajante, sobre todo en esta época de buscar validación de personas lejanas. El círculo de gente a quienes de verdad les importamos se limita a aquéllas con quienes sí tenemos relación, a quienes hemos invitado a un café, con quienes compartimos algo de vida real.

Me gusta guardarme mis palabras con filo y sólo recibirlas/aceptarlas de quienes me importan. Los demás son un bonito acompañamiento, pero no puedo cantar sus canciones en mi vida diaria, me volvería demasiado dependiente de música que no tengo cerca y, cualquier día de estos, desaparece.

Un momento a solas

Con mi mamá mirábamos los partidos de básket en su cuarto, bordando. Era una especie de compañía difusa. Bastante tiempo calladas, pláticas profundas y, ella vestidos, yo cuadros. Hasta hoy, no puedo ver tele sin hacer otra cosa, para desesperación de mi marido.

Algo de ermitaña me heredó mi madre, que ansío momentos a solas, como ahora que cocino el desayuno y le pedí a mi hija veinte minutos para mí. Luego ya los reúno y pasamos la mañana juntos.

Aprender a estar solo, a escucharse, me parece tan valioso como a estar en sociedad. Espero que mis hijos puedan.

El rompimiento

Llegar a ver cómo se derrumba la vida que uno tenía meticulosamente planificada es uno de esos eventos catastróficos. Primero es un ladrillo, luego un balcón y, cuando se asienta el polvo, sólo quedan los escombros. Y uno no sabe si volver a construir con los pedazos, largarse y dejar que otra persona recoja o todo lo contrario.

Nada es como uno se lo imagina y pocas cosas como uno las recuerda. Pretender que la vida puede trazarse sin cambios en el camino es lo más ingenuo que uno hace de joven. Y está bien, al menos un rumbo hay qué tener. Pero de allí a creer que eso va a seguir vigente el resto de los años que nos quedan, sólo causa dolor.

No me gusta el desorden y estoy limpiando lo que queda, escogiendo las mejores partes y retirando el resto. Creo que sólo voy a usar lo que vaya necesitando y, aunque tengo la idea general de qué es lo que quiero, estoy segura que hay muchas formas del cómo. Trataré de ir aprendiéndolas.