Las cosas sin fórmula

El hummus es cuestión de gusto del momento. O de lo que tenga a mano. Los ingredientes son siempre los mismos, pero nunca uso receta y me queda un poco distinto cada vez. Igual me gusta siempre.

Entre todo lo que se puede hacer, todo tiene ya una fórmula qué seguir. Pregunten entre la gente que hace repostería si no es más parecido a la química que a la cocina. Todo tiene medida y procedimiento. Luego viene el día que uno se entera que puede mezclar los ingredientes secos antes que los húmedos para hacer magdalena y se cuestiona el universo.

Las reglas de siempre funcionan y tienen el mérito de darnos resultados consistentes, pero hay que probar salirse de ellas de vez en cuando porque todo es susceptible de mejorar. Un beso no puede ni debe ser igual a otro, pero siempre debe ser rico. Así con todo. Sobre todo con el hummus.

Las respuestas esperadas

Nuestros planes se cambiaron, como los de todos, con estas circunstancias mundiales. Es más, se cambiaron dos veces y ahora estamos viendo cómo solucionar una cosa más entre las inesperadas. Pero… nos vino a dar lo que estábamos pidiendo, sólo que para otra fecha.

Darse cuenta que muchas veces importa más el resultado que el proceso, o hasta el momento, libera de presiones de forma. No estoy diciendo jamás que el fin justifique los medios, pero sí que la flexibilidad en la planificación ayuda a no quebrarse cuando llegue la tormenta, que seguro llega alguna vez. Es un poco lo que sí acepto de «dejar que fluyan las cosas» y no forzarlas. La gente cree que eso quiere decir que no hay que es-forzarse, pero lo único bueno que sale sin esfuerzo es respirar y ni eso a veces.

Así que, tratando de cambiar la ruta, tendremos el resultado que hemos venido pidiendo. Y tal vez hasta mejor.

Cosas grandes

Empezé a leer un libro enorme hace poco. Lo tuve guardado dos años, como si el mero peso fuera una montaña inalcanzable. He leído otros, hasta más grande, pero éste es “importante” y no quería que no me gustara. Tener que leer este ladrillo a la fuerza debe ser horrible, peor que comer algo feo.

Tal vez el secreto de hacer cualquier cosa es simplemente hacerlo y tenerse cofianza a uno mismo. Primero, para asegurarse que uno siempre va a hacer su mejor esfuerzo. Segundo, para saber que uno se es amable con uno mismo. ¿En serio no te gustó aunque lo intentaste bien? Va. Ni modo. Tal vez probamos de nuevo en un tiempo.

Lo lindo es que el tetunte me está fascinando y, probablemente, lo voy a terminar demasiado rápido.

Un pequeño esfuerzo

Hice hígado por primera vez y tuvo tres votos de cuatro. Al niño no le gustó pero igual se lo comió. Agradezco la gentileza de su parte. Tiene todo el derecho que no le guste.

Las preferencias por la comida son irrefutables. Nadie nos puede decir que sí nos agrada algo que detestamos. Casi igual a las personas. Pero, como con todo, hasta el paladar cambia y vale la pena probar cosas nuevas. Lo peor que puede suceder es que tampoco nos gusten una siguiente vez. Creo que el paso difícil es salir del prejuicio. El esfuerzo se hace antes de meterse la comida a la boca, antes de decidirse a estudiar algo complicado, de hacer ejercicio en la mañana. Cuesta el primer paso porque nos acerca siempre a lo desconocido y es demasiado trabajo empezar.

Pero quedarse en un mundo cómodo es el equivalente de sólo comer pan y tomar agua en un universo de sabores. Qué aburrido.

La próxima vez que haga hígado, también va a probarlo el niño. Lo más que pasa es que siga sin gustarle.

Frío por dentro

Noviembre comenzó congelándonos las ganas. De todo. No quiere uno ni bañarse. El sol está escondido entre agua, el viento se mete entre los poros y mi cuerpo tiembla. Trato de entrar en calor haciendo ejercicio, tomando té, abrazando niños, pero no hay mucho éxito en el emprendimiento.

Hablar del clima, como parte de la conversación, es de los temas tranquilos que se pueden tocar con todos. Porque son evidentes, el todos tenemos la misma información y no hay mucha carga emocional. Claro, salvo para los que discuten hasta de gustos personales.

Es un buen momento para agarrar a los engendros y meternos a ver películas. Que salga el sol otro día.

Descubrir cosas evidentes

El niño ya se puede sentar adelante en el carro. Casi pesamos lo mismo y ya está más alto que yo aunque me cueste admitirlo. No hemos salido mucho y eso poco ha sido a lugares conocidos. Pero… los está viendo desde un ángulo distinto. Y todo lo parece bonito. Calles con árboles que hacen un arco con las ramas, las casas desvencijadas del Centro, hasta las luces. Puede ver el tablero con la música, hacerme bromas en voz baja, tener otro punto de vista.

Me ha sorprendido esta nueva forma de manejar, aunque ya me ha pasado varias veces que las cosas viejas son nuevas con los ojos que descubren de mis hijos. Tal vez creí que ya no había nada por ver otra vez y estaba completamente equivocada. Porque hasta yo tengo primeras veces por vivir.

Lo evidente de la vida es que siempre está allí. Que no hay nada nuevo, sólo cómo lo percibimos. Y que el niño a finales del año va a ser más grande que yo.

Las familias

Somos familia porque transmitimos mitos. Desde que salimos de las cuevas, contando las hazañas en común, ahora nos quedan los recuerdos del tío que se fugó del colegio para enlistarse, o la prima lejana que se huyó con el novio.

Hay más que cuentos en las cosas que se dicen en una mesa llena de gente que comparte genes. Yo tengo poca relación con mi sangre, pero les aliento a mis hijos esa pertenencia. Porque los humanos somos tribales y nuestras mejores características se potencian en un grupo que nos apoye.

Esta época es esencial para seguir las tradiciones, que no son otra cosa que marcas tribales. Como un trampolín: anclado al suelo desde dónde saltar. Aunque yo misma soy ave rara, de ésas solitarias, aliento a mis pichones a tener parvada. Los pájaros suenan más bonito en coro.

Una pequeña pausa

Todas las tardes tengo la costumbre de tomar una taza de chocolate caliente. Tengo excusa médica: debo tomar colágeno. Y no lo voy a mezclar con agua caliente. Así que saco la cocoa, le pongo crema y el bendito colágeno, todo sea con tal de no arrugarme (más). Como todo en mi día, es parte de una rutina que me ayuda a pasar a mejores cosas sin pensarlo mucho. Es la pausa de la tarde, a la hora en la que nada pasa aún y faltan horas antes de la cena. Está bien, eso de las pausas, ayudan a tomar inventario de lo que hay. A veces no hay nada, el día está gris. Otros, hay mucho trabajo y niños gritando. Y otras, como hoy, sólo está la computadora y la taza de chocolate caliente.

Tal vez la aproveche para llenar la pantalla de todas las palabras que nadé por la mañana.

Las causas próximas

Ver una roncha y aplicar ungüento alivia lo externo. A veces eso es suficiente. Pero si no se encuentra la causa inicial de la molestia, de poco sirve. A mis hijos les daba sinusitis muy seguido y realmente fue angustiante. Eran muy pequeños y tenían que tomar antibióticos: el ungüento. Desesperada, comencé a investigar qué más podría estar pasando y resultó ser un caso crónico de reflujo. Curado el reflujo (la causa inicial), nunca más tuve que aplicar el ungüento.

No todo tiene soluciones tan elegantes que hacen que todo funcione bien. Pero quedarse en lo superficial es peor que enmascarar un mal olor con perfume.

Lo más importante es tener abierta la mente a qué más puede haber. Claro que cae bien aplicar remedios para lo próximo.

No alimentar para que no crezca

Hay un principio fundamental para lograr cualquier cosa: uno lo cuida, lo persigue, lo practica, lo alimenta. Cualquier pasión hay que mantener con combustible y seguirle la pista, agregarle lo que necesite. Pero hay cosas que uno no quiere en su vida e igual les da de comer.

La ansiedad es uno de esos monstruos, porque se come nuestras propias ganas de evitarla. El insomnio. Los celos. Cada vez que uno les pone atención, los vuelve más grandes, porque abre aún más el agujero que nos carcome. Lo sé, porque soy experta en pensamientos obsesivos.

La verdadera clave es sustituirlos. Aunque cueste sacar al inquilino de la mente cuando ya lleva mucho tiempo aprovechándose de ocupar un espacio sin pagar renta.