Creer pero no entender

Escucho a veces historias que conozco de ciertas. Casos, sobre todo, de relaciones que se agrian. No lo normal, que es normal un bajón en cualquier intercambio de vidas, sino de esas cosas que verdaderamente parecen de novela fucsia. Y me pasa que las creo, pero no las entiendo.

A veces ese es el problema en sí: querer entenderlo todo, como si pudiéramos llegar a comprender de verdad a alguien más y sólo se justificara nuestra empatía porque nos sentimos identificados. Resulta que, cualquier buen terapeuta de parejas te va a explicar que no necesitas desmenuzar todas las intenciones del otro para aceptarlo. Simplemente hay que ver hacia adentro y decidir si, con lo que uno siente, se sigue adelante, o no.

Los amigos, los hijos, la pareja, cualquiera, a veces no necesita nada más que contarnos su parte. Y uno sólo tiene que sentarse a escuchar. Creer sus sentimientos, que son lo más real que tenemos los humanos, aunque no los entendamos. Y todo el resto del drama, sirve para escribir buenos cuentos.

Decir que no

Los domingos digo que sí a toda la comida que se me ponga enfrente. Y siempre me duele la panza. Como hoy, la cabeza también. Quisiera decir que no más. Lo de ser positivo es muy bonito, pero saber negarse es bueno para la salud.

Los límites ayudan a protegerse. Encontrar las cosas no negociables nos hacen, sorprendentemente, más flexibles. Porque sólo las personas que se sienten seguras, se aventuran.

Aprender a decir que no nos permite decir que sí a lo que nos ayuda.

Y ahora quiero pizza.

Metódica

Las cosas, para mí, tienen un orden. Como que primero me pongo la crema de la cara y luego me echo desodorante. Y si no lo hago así, se me olvida algo. Como ponerle sal a la comida. O lavar la ropa. Todo lo meto en la rutina, para hacerlo. Así me he pasado más de dos años en Duolingo. O escribo aquí todos los días. Los sábados hago hiit. Los domingos inversiones en yoga. Y así, la vida en orden. Porque lo que no soy es ordenada.

El resultado, sorprendentemente, es casi el mismo. Las cosas se suceden unas a otras casi por inercia. Pero me gusta más mi método porque adapto lo que hago al resultado que quiero, y no me molesta (demasiado) cambiar las cosas. Tal vez esté aprendiendo a ser más libre. O la edad me está limando las asperezas.

Lo mismo, pero no igual

Les envidio los desayunos a mis amigos cuando postean nachos y panqueques y pan y pan y pan. Sobre todo al desayuno. Esa hora se presta para fardear. Y siempre les digo que me están apretando la envidia. Que yo no como así, porque exploto. Tal vez hasta consumo más calorías, pero repartidas distinto.

Podemos calcular las cosas para que nos den el mismo resultado, contando distintos factores. O sea, llegamos al ocho sumando cuatro más cuatro o tres más cuatro más uno… igual llegamos al número. Y así con la vida entera, porque cada uno tiene una manera distinta de hacer ciertas cosas, adaptándolas para sí mismo. Más importante aún, cómo les damos la libertad a nuestros hijos para que encuentren su propio camino. Claro que les podemos explicar y enseñar el nuestro, pero pretender que lo hagan exactamente igual es, no sólo iluso, es casi tiránico.

Así que seguiré envidiando las tostadas a la francesa de mis amigos, mientras como tocino.

El reflejo

Encontrar la postura de calma en la meditación no es dejar de pensar, sino fijarse que uno lo está haciendo. Es ser un espejo sobre el que pasa todo, sin imagen propia. Tampoco quiere decir borrarse uno, sólo ser claro.

La parte de fijarme tal vez no me cuesta tanto como la de estar callada en mi mente. A veces hasta música suena allá adentro. El mono de mi cerebro se agarra hasta de tres ramas a la vez. Pero lo poco que me ha quedado me ha servido para cosas tan grandes como una emergencia hasta pequeños momentos de sentirme de mal humor y no dejarme arrastrar. Es poco, pero es un avance.

Reflejamos, al final, lo que tenemos dentro y lo externo nos debe servir para darnos cuenta de eso.

Comencemos por la postura

Desde que me creció el busto, hice los hombros para delante. Una de las posiciones más dolorosas de yoga, con los brazos debajo del cuerpo, me es cómoda. Porque los hago para delante. Es una cuestión de protección, pero ahora no me sirve. Necesito aprender a abrirme.

Las posturas corporales informan al mundo de cómo nos sentimos, pero también nos dicen a nosotros cómo debemos sentirnos. No se puede llorar con una sonrisa, por más que sea fingida. Todo está en la forma que nos presentamos, la apertura que estemos dispuestos a tener, la seguridad de nuestros pasos y el ángulo de las comisuras de la boca.

Trato de pararme distinto ahora. El yoga y la felicidad (al menos su aproximación), me ayudan. Además, es más fácil defender una postura abierta, del lado, que cerrada.

Las cosas cotidianas

Consagrar las cosas de todos los días suena tan etéreo que se nos escapa. Mejor dicho, me suena tan cursi que lo evito. Pero en una de las lecciones de meditación, mi maestro insistió en hacer de la tarea más común un sacramento, ponerle atención, fijarse. Hoy estaba lavando mi olla de cocimiento lento y sentí el agua correrme entre las manos. Fue maravilloso en la sencillez, en fijarme en la bendición que es tener agua corriente en mi casa. No me estoy elevando a ningún plano inalcanzable. Simplemente estoy en donde estoy.

Poco a poco retomo el poder leer sin interrupciones, comer una cena entera sin ver el teléfono, lavar la ropa con intención. Eso lo es todo: la intención. El permanecer en un estado de permanencia. Las cosas cotidianas tienen un elemento sagrado por el simple hecho de que de ellas está hecha la mayor parte de nuestra vida. Si no les ponemos atención, es como pasar dormidos.

Mañana y pasado y el resto de días, no sé si logre esa claridad, pero los momentos que sí lo haga, no se esfumarán de mi memoria. Y allí está lo sagrado.

Todo tiene fin

Hasta el infinito tiene límites. La eternidad se mide en función del tiempo que no tiene y el amor… pues el amor tiene un tope en la muerte. Podríamos quejarnos y sentir que eso hace la vida triste. Lo cierto es que la finitud de las cosas nos las hace más agudas. No sabemos a ciencia cierta cuántas veces nos quedan de lo que hacemos. Una salida al cine, en estas épocas, fue hace seis meses y no sabemos cuándo la volvamos a tener. O cuántos abrazos nos quedan en la cuenta con alguien.

Ponerle atención a eso no es que nos haga perfecta la vida. Las peleas con la niña porque haga (bien) sus tareas siguen siendo el pan diario, pero me consuelo pensando que también tienen fin. Y, aún haciendo el firme propósito de hacer cada interacción especial, me sigue ganando el carácter y me sobrepasa la gana de tener la razón.

Igual, todo termina. Tal vez se me agoten los enojos y eso no está nada mal. Y cada abrazo de mis hijos puede ser el último y eso es hermoso.

El poder de dejar ir

Cuando me enojo, me quedo abrazada al sentimiento. Aclaremos que no me enojo (muy profundo), seguido. Las cosas cotidianas se me olvidan y no ando todo el día amargada por lo que pasó en la mañana.

Pero las cosas que me han dolido, se anidan en mí y tienen alquilado a largo plazo el espacio que ocupan. Sí, me sigue molestando el maltrato que tuve en el colegio. Entiendo que debo dejar ir, pero a veces ese sentimiento de cólera es también una fuente de energía y cuesta tirarla.

Estar disgustados con alguien por mucho tiempo no es productivo. Nos ata a ese malestar, al pasado negativo, incluso a la misma persona que nos lastimó. No es poder sobre ella, es un peso sobre nosotros y no vamos a perder nada bueno al soltar. Tal vez da miedo el cambio. Nos justificamos en nuestros resentimientos. Cuesta ser libre.

Intento caminar sin trabas todos los días. Hay disparadores de mis malos recuerdos que trato de mitigar. No sé si pueda hacerlo del todo, pero sí sé que (al fin) quiero.

Y helado

Domingos de carne, vino y helado. Se caen los límites y como papalinas. Hay sol, saco la parrilla, pruebo hacer mollejas. Los niños se pelean y se ríen. Hubo desayuno. Me sale panza de domingo. Vemos football americano. Hice yoga.

Los domingos hay magia, si uno sabe usarla. Se trata de vivir en el día sin lamentar que mañana es lunes ni recordar el sábado de ayer. Es una pausa, la calma entre otros días. Se vale tomar tequila y cerveza. Ver a los hijos que preguntan mil cosas. No esperar nada. Dejar que salga la noche.

Hasta el gato quiere helado.