La importancia de no fijarse

Tenemos la dicha de ser la casa a donde quieren ir todos los amigos de mis hijos. Aunque no lo entiendo, porque yo trato a esos niños como a los míos y eso no es especialmente dulce. Tal vez es porque comen bien y los dejo ir a gritar como acuchillados al jardín. Lo cierto es que no ando encima de ellos, viendo qué hacen. Así como era en mi tiempo. Yo no soy de las mamás que andan organizándoles la agenda a sus hijos cuando tienen visita. De lo que más me gustaba era hablar con mis (escasas) amigas. Apenas tenía noción de tener que hacer algo con ellas más que estar.

No fijarme también ayuda a darles espacio. Deben estar desesperados por tener un tiempo sin mí. Es extraño, sobre todo porque en casa no se mira tele todo el día, ni se tienen aparatos electrónicos pegados a las manos. Tal vez esa sea la idea.

La lista del año

Hago una lista de canciones por año. No son las más nuevas necesariamente, sino las que me van gustando ese año en específico. Termino a veces con un collage que, más que buscar cohesión musical, narran un momento emocional. Son mi diario de sentimientos.

Increíble, pero la pl de este 2020 tiene más canciones alegres que otros años menos macabros. Aunque tal vez la razón sea porque éste año en particular no ha sido tan malo. Me ha hecho concentrarme, hasta físicamente y eso ha sido maravilloso.

Cierra con música que suena a mejores cosas por venir. Y por eso estoy cantando.

Voy a llevarme a donde quiera

Hay un momento en cualquier reunión familiar o de otra cosa en que son las cuatro de la tarde. Y a las cuatro de la tarde, me quiero ir. Es algo instintivo, me ha pasado en otras latitudes, siempre a la misma hora, sea donde sea. Y es una sensación de necesidad de irme. De donde sea.

Habemos personas que queremos ser sociables, pero en espacios cortos. O que necesitamos toda la atención, pero no todo el tiempo. Es una buena cosa conocerse, porque aprende a estirar y encoger la tolerancia.

Al menos no es que me quede dormida en la sala de mi casa, ya no. Lo he hecho otras veces. Hay una libertad de saber hasta dónde llega uno y cómo pedirlo. Además de no pasar por pesada, se es totalmente feliz.

Externo / interno

Mis últimos cinco años tienen nombre. Y no precisamente por cosas buenas. Describen cambios grandes de mi vida que vinieron de fuera, que he tenido que sortear como piedras en el camino. Ese camino no es el mismo que vi hace veinte años, ni siquiera sé si termina en el mismo lugar. Ha sido eminentemente frustrante que las cosas me sucedan.

Los cambios son inevitables, porque crecer y moverse son las dos definiciones de estar vivo. Si uno deja de hacerlo, algo malo está pasando. Cuando uno es joven, uno tiene más influencia en las modificaciones a la existencia, sobre todo las decisiones grandes, como qué carrera estudiar, con quién salir, con quién casarse, tener hijos, el trabajo y tantos otros etc.

Pero van pasando los años y uno ya deja atrás las cosas que tuercen veredas hacia direcciones radicales, porque de eso se trata también la vida, de ir encaminado. Hasta que algo pasa, de fuera, que le recuerda a uno cómo no son las cosas.

Los cambios autogenerados son una bendición, más aún a cierta altura del partido. Este año que viene pareciera ser uno en el que yo pueda escoger el nombre y, sinceramente, estoy muy emocionada. Ojalá así sea.

El tiempo intermedio

Ver una película en casa es poder pararla para ir al baño. O comer, o dejarla para el otro día. Algo imposible de hacer en un cine, que no detiene la función porque uno quiere ir a comprar poporopos. Por eso antes daban intermedios, sobre todo en las películas más largas. Cosa que aún se vive en las obras de teatro (porque duran tres(cientas) horas y hay que estirar las piernas, hacer cola para ir al baño y quedarse con las ganas de una cerveza).

En la mitología maya existían días en el año de pausa. No eran los más afortunados del calendario, al contrario, nacer en ellos se consideraba de mala suerte. Si ustedes, como yo, pasaron un poco en pausa el 2020, pueden entender muy bien por qué los momentos intermedios se siente pesados. Como estar entre dos paredes enormes que casi se juntan, ese espacio que no se angosta, pero así se siente.

Lo mejor que he podido hacer en ese vacío de actividades normales es llenarlo de las propias. Así, entre el colegio en casa, los libros al fin leídos, la cocina y la ropa, se va acabando un año que tal vez mejor no hubiera comenzado. Aprender a usar el tiempo, no al revés, es de las mejores lecciones de fines de semana sin salir. Ahora, cuando ojalá retomemos el frenesí de lo que hacíamos antes, tal vez tome unas horas expresamente vacías.

Las historias bien contadas

A veces hay más arte en la forma que en el fondo. Un poco como transformar ingredientes simples (arroz, ajo), en algo extraordinario: sólo es necesario aplicarles tiempo y atención. Los ingredientes más finos necesitan simplicidad.

Una historia bien contada, con cariño, vale más que el mejor argumento del mundo. Tal vez por eso regresamos a los cuentos que conocemos y queremos. Es la razón por la que perduran las leyendas más sencillas. Y es por lo que les contamos a nuestros hijos las palabras que escuchamos de nuestros padres cada noche.

Me gustan con mayor frecuencia las películas bien narradas en las que no pasa mucho, pero se dice de forma importante. La vida es igual.

Una ciudad sobre ruinas

Las construcciones son especiales. Buena hija de ingeniero, entro a alguna parte y puedo decir si una columna está torcida. Y siempre pienso en los fundamentos de un edificio como lo más importante. Así, poco importa lo de afuera, se puede reconstruir.

A veces, sin embargo, es necesario tirarlo todo y comenzar de nuevo. Cualquier ciudad moderna, tiene capas y capas de civilizaciones antiguas sobre la que está construidas. Así somos en nuestras propias vidas: las piedras fundamentales sirven una y otra vez para edificar realidades distintas con cada reinvención que hacemos de nuestras realidades. Lo más importante es sobre lo que nos desarrollamos, aunque haya que tirarlo todo y volver a comenzar.

Me da miedo, lo admito. Pero ahora estoy más ilusionada que temerosa. Puedo volver a edificar, porque tengo todo lo importante para hacerlo.

La falta de vergüenza

Me gusta hacer bien las cosas. Lo bueno es que no me da pena hacerlas mal. No siempre ha sido así. En casa, mi papá no me dejaba cocinar, porque no le gustaba cómo me quedaban las cosas. No lo culpo, quedaban horrendas. Pero, sin mi mamá que me haga las cosas, no me ha quedado más remedio que probar yo.

La única manera de aprender es cometiendo errores y no volverlos a hacer. Tal vez tiene mucho qué ver con falta de vergüenza, de esa en la que uno se permite admitir que no sabe. No me da pena decir que no sé. Como hoy que hice el oso de pedir ayuda cinco o siete veces en la estación de autopago en el súper. La próxima vez ya lo hago mejor. Espero. Igual no seré la única que necesite asistencia. Pero si no pruebo, me pierdo de algo que puede ser mejor que lo viejo.

La vergüenza debe servir sólo para las cosas malas, no para los errores. Hacer el ridículo no es malo, es educativo. Y siempre se puede volver a hacer otro pastel.

Un poder especial

Poner límites de forma amable es, a veces, imposible. Simplemente porque uno está sacando a la gente de su territorio y diciéndole: “aquí no”. El acto es de protección y tiene que ser firme. Claro que depende del otro cómo se lo tome, al fin y al cabo el trangresor es el que se mete donde no debe. Pero…

Me ha costado aprender que tengo derecho a cercar mi espacio personal y que no tengo obligación de aceptar que cualquiera opine de mi vida. Porque me enseñaron primero a ser amable y a no ofender antes que a ser firme. Sacarme esa pena no es un hecho concluido, más bien un proceso de aprendizaje. Pero es una cuestión de niveles de incomodidad y qué pesa más.

Lo bueno es que, con los años, también se aprende a que el silencio es igual de poderoso como protección que cualquier otra cerca. Hasta que toca poner un alto. Y se me puede llegar a olvidar la amabilidad. Espero que no la educación.

Un último día

Pareciera que hablar del tiempo es una necesidad. La misma percepción de cómo pasa es sujeto de investigación, no digamos su importancia en la estructura de la realidad. Una cuarta dimensión que sólo puede medirse en movimiento. Que se define a sí mismo cuando queremos salir de él: la eternidad sólo tiene sentido como medida de un tiempo indefinido.

Tal vez por eso es la única cosa que se acaba sin posibilidad de regresar. No hay máquina que nos rellene de minutos la vida. Y es la forma en la que medimos los esfuerzos y hasta nuestro concepto de nosotros mismos. El tiempo, como tal, no existe, pero sí nos cambia.

Las últimas veces existen. Para cada uno. Y pensar que cada cosa que hago es tal vez la última, le da dimensión de lo importante, aunque aún me queden miles más.