La última cosa conocida

La playa nos enseña la orilla de lo que conocemos. Nada tan familiar como el límite antes de lo oculto. Para eso están las paredes, de las que sabemos hasta el último ladrillo, las rejas, las líneas en los mapas, las reglas, los tabúes. Una prohibición que nos acerca todo lo que podemos al fuego sin quemarnos. Hasta que alguien alarga la mano y se muere. O no.

Salirse de lo conocido significa simplemente ampliar un poco las líneas de nuestro marco, hacer propias las cosas extrañas. Requiere fuerza, valentía y desapego, lujos que no siempre tenemos.

Lo verdaderamente extraño es que siempre estamos caminando hacia lo nuevo porque nada permanece igual. Y a veces gastamos demasiadas energías en conservarlo todo como era antes, porque creemos que era mejor. Pero, como cualquier cosa idealizada, nada es tan bueno como lo recordamos ni nada tan malo como lo imaginamos.

Todo tiene un límite que nos acerca a lo siguiente y a veces, sólo es cuestión de no pensarlo y dar el paso. Porque es mejor darlo a que lo empujen.

Las cosas no apropiadas

Tengo un par de botas altas negras que podrían no ser apropiadas. Esa calificación, la de ser o no “apropiado”, sólo sirve en contextos sociales particulares. Yo misma le digo a la niña que no lo es salir en piyama. O pienso que no debo ir a Misa en minifalda. Le han recalcado a uno que no se ría muy recio, sea muy efusivo, diga malas palabras.

Ahora que lo pienso, casi todo aplica a mujeres siendo abiertas, sin filtros, expresándose. No tengo respuesta para un porqué y sí sé que yo misma me adhiero a muchas normas.

Pero estas mis botas son muy lindas y me las pongo con vestidos muy cortos.

Cuestión de horarios

Es martes y ya no hay mucha diferencia con los lunes. Tal vez es el día con menos personalidad de la semana. No tiene ningún mérito propio. Es demasiado temprano para justificar un vino. No es lunes para renegar y termina aún siendo la mitad de la semana. Podríamos cambiarle el nombre y seguiría siendo un día muy sin gracia.

Lo que ayuda a pasar los días así son los horarios y la rutina, que se siente como la bajada por una colina sobre un cartón. Al final ya hay velocidad.

Así, escribo y espero que sea hora de cenar porque mañana es miércoles y ya va pasando la semana.

Un cuaderno de apuntes

Me encantan los cuadernos vacíos. No me gusta arruinarlos con cosas y a veces los dejo así. Sin usar. La posibilidad de una hoja que contiene todo en potencia hace que lo único que se puede hacer con ella es eliminar todas las demás cosas que no se pusieron. Como los silencios en los que caben todas las palabras.

El problema es que la vida no transcurre en el vacío y se necesita llenar, hasta de manchas, para que sirva. Una hoja en blanco es un principio.

Tengo un cuaderno nuevo tan lindo que estoy dispuesta a llenarlo de cosas que no sean perfectas.

Sin temor

¿Cuáles son las peores pesadillas? Para mí, las que no me dejan hablar o correr o pegar. Se me va todo el poder. Sentirme desvalida es horrible. Para otros eso se manifiesta en cosas como aparecer desnudos frente a mucha gente. Igual creo que viene de sentirse vulnerable.

Estamos hechos para vivir en cooperación. Los humanos somos esencialmente sociales y necesitamos de los demás para sobrevivir hasta en el plano psicológico. Nuestros mayores temores son quedar fuera de la tribu y nuestra mayor enfermedad moderna es no tenerla. Nos quedamos en una sociedad con reglas tácitas poco claras y muy cambiantes. Así, cualquiera puede quedarse fuera.

Supongo que seguiré soñando de vez en cuando que no puedo correr, sólo para darme cuenta cuando despierto que igual detesto hacerlo.

Un talento inútil

Tengo muchas destrezas que no sirven para poner en el cv. Por ejemplo, a nadie le puede importar la facilidad que tengo para encontrar buenas películas en Netflix. Y así, varias. Son esas cosas que nos dan una satisfacción puramente personal, forman parte de nuestra composición psicológica y no nos traen ningún beneficio material.

Todas las pequeñas cosas que hacemos, es en mucho lo que somos. Y cómo las hacemos define perfectamente si vale la pena estar con nosotros. Muchas aptitudes se pierden en una miasma de mal humor y la persona mejor calificada resulta tan intratable que de nada le sirve. En cambio, llenarse de pequeñas alegrías triviales y personalísimas, creo que ayuda a desempeñarse mejor en las cosas que sí son trascendentales.

O tal vez no, pero sí me da mucha satisfacción poder hacer cosas tontas, bien.

No creo la medida

Necesito medirme. La pesa se arruinó, nunca encuentro el metro y la pinza para sacar el porcentaje de grasa la uso a mi antojo (mi marido se rehúsa a hacerlo seguido). Resulta que no tengo forma objetiva de saber cómo estoy, porque los números que yo me saco no me convencen y lo que yo miro en el espejo no tengo idea que sea cierto.

Hay una línea delgada entre el sentimiento y lo fáctico. Y es que, no importa que tan verdadera sea la realidad, todo lo coloreamos conforme nos hace sentir. Tenemos algo los humanos (no sé si sea defecto o no), que no podemos experimentar nada sin asignarle un valor emocional. Dejemos del lado una comida; nos importa sentimentalmente el color de una nube cuando se pone el sol. Esa capacidad hace que hasta lo más pragmático nos haga sentir sentimientos.

Supongo que todo eso está bien, pero a veces los hechos objetivos informan el color de nuestro día, más que nuestra propia percepción, porque ésta seguro está torcida en algo. Así que necesito una medida que sepa que es constante y a la que le pueda creer.

El portal de los sueños

Inception es una de esas películas que siempre quiero ver, pero a la que no le pongo tanta atención siempre. Es visualmente avasalladora y pierde un poco su dimensión en la tele. Sin embargo, más allá de lo meramente artístico y de que la trama al final sea un poco melodramática para mi gusto, he estado pensando en ella un poco las últimas noches. Y es, simplemente, porque he soñado (o he recordado mis sueños), más de lo usual.

Llama la atención que alguien diga que soñó con uno, como si uno hubiera hecho una visita nocturna a la psique de esa persona. ¿Y qué? ¿Dejó uno de ser uno y se metió en la mente del otro para aparecerle allí? En la película dicen que todo el que aparece en los sueños es uno mismo, y, si no estuviera poniendo atención a detalles, tal vez se me hubiera escapado ése en particular. Y, sí, todo lo que soñamos no es más que algo de nuestra mente que nos dice algo acerca de nosotros mismos y poco o nada de otros.

Que no deja de ser importante. Es una herramienta vital para nuestra supervivencia, allí terminamos de negociar complicaciones diarias y botamos lo que no entendimos. Así que, ojalá me permita soñar cosas bonitas, porque tener pesadillas y que simplemente sea yo misma la que las produce, es una pendejada.

La espuma del chocolate

Por las tardes hago chocolate caliente. Al menos mi versión. Sin azúcar, sin leche. Es algo con qué tomar colágeno. No sabe nada feo y siempre le saco espuma. Hay cosas pequeñas, la orilla tostada del huevo estrellado, una mora especialmente dulce, la almohada puesta de la forma correcta, que hacen mejor las cosas grandes.

La vida en general está armada de piezas pequeñas, los fundamentos sobre los que se construyen los días van de hora en hora, con saludos y rutinas. Nada extraordinario nos molesta tanto como que lo cotidiano esté fuera de lugar. Claro, el eje de nuestros mundos se muda con cataclismos, pero, al igual que el ambiente, una desviación en un solo grado puede ser casi igual de fatal. Es igual que cambiar un poco el rumbo, con sólo un paso en falso, la meta ya no se alcanza.

Pero, lo bueno, es que una cosa grande también se alivia con los detalles. Un abrazo en el momento de dolor, una palabra amable. Por eso trato de ponerle espuma al chocolate.

Las semillas tardías

Con mi mamá mirábamos mucha tele por las noches, mientras bordábamos. A mí ella me crió con hábitos de dama de compañía del siglo XVII, pero eso es tema de otro día. Entre sus programas favoritos estaba el de Doughy Howser M.D. y le encantaba cómo terminaba siempre con una entrada en su diario personal. Me dijo más de alguna vez que yo hiciera lo mismo. A mis 12 años, eso me parecía bonito en teoría y una hueva en la práctica.

Tengo dos niños a quienes estoy criando como puedo. En estos tiempos tan extraños, es aún más claro que todos los planes que uno tiene se van por el caño en un estornudo y que la habilidad de adaptarse es hasta más importante que cualquier otra. Pero… no dejo de pedirles que lean, escucho música siempre con ellos, les dejo ayudarme en la cocina y los hago que sean medio útiles en casa. Semillas que uno siembra poco a poco aunque nunca mire sus frutos. De eso se trata, para mí, la maternidad. Que todo lo que hagan cuando no estoy enfrente sea un buen reflejo de lo que les pido.

Algunas cosas saldrán hasta cuando yo no esté. Como esto que hago todos los días. A mi mamá le hubiera encantado leerme.