El camino del dolor, pero despacio

Las mujeres somos eminentemente pragmáticas. Pregúntenle a cualquier Lady Macbeth que le ha quitado las dudas morales a su esposo con tal de ver a su familia avanzar. No estoy diciendo que no seamos emocionales también, pero sí creo que la idea de vernos hechas un llanto eterno tiene más en común con la frustración de no poder realizar los planes que tenemos que por cualquier falta de control.

El pragmatismo, como yo le entiendo, es la capacidad de ver las cosas como son y tomar las decisiones que sean necesarias. A veces las decisiones son estúpidas, como enamorarse sabiendo que va a terminar con el corazón desperdigado por el suelo. Al menos uno lo sabe y compra el pegamento de antemano.

La vida está llena de dolor, está bien. Querer ignorarlo es comprarse el único billete de una lotería de decepción que da premios todos los días. Sólo pensar en eso es pagar vacaciones en una isla de depresión en la que siempre llueve y hace calor con mosquitos. Saberlo y reírse en medio de las lágrimas, eso es el camino del dolor que me gusta tomar. Al menos se va más despacio y uno se entretiene con el paisaje. Porque después del dolor, hay otras paradas y eso también vale la pena saberlo. Y planificar el vino que uno se toma en los lugares bonitos. Suficientes lágrimas se dejan en las espinas.

Entender las reglas

Tengo que cortarme el pelo, creo que llevo un año sin hacerlo. El dilema de querer dejarlo largo o quitármelo del todo siempre me ocupa espacio mental y quisiera no desperdiciarlo en cosas tan tontas. Recuerdo perfectamente que a mi edad, mi mamá tenía dos o tres peinados “aprobados para señoras” entre los cuales escoger y de allí no pasaba. No digamos al llegar a los 50’s. Todos tenemos a la tía con permanente y pelo azulado que dormía en tubos, los más afortunados, o que salía así al súper.

En todas las sociedades hay reglas no escritas de lo que se espera de sus miembros. Generalmente éstas rigen conductas llamadas “morales/privadas” que afectaron en algún momento a la tribu y que se arrastraron a la modernidad sin tener en cuenta su valor actual. Pero muchas otras se meten con la apariencia personal, como qué largo de falda es apropiado a qué edad o cuántos años puede una llevar el pelo largo. Para mi dicha (y pérdida de tiempo), ya no hay un manual con guías específicas y tengo la libertad de escoger muchas cosas, quedando a mi criterio si son adecuadas o no.

Supongo que las únicas dos tablas contra las que debo medir mi apariencia es, una, si yo estoy contenta y, dos, si yo estoy contenta. Si hay algo más que no quepa allí, puede ir a buscar su lugar en siglos pasados.

Fijarse en los errores

La piel necesariamente debe servir de frontera, no sólo contra los elementos, sino de contención a nuestras propias tormentas internas. Solemos ser muy leves con los errores que cometemos e incisivos con los de los demás. Supongo que es más fácil ver lo que queda afuera, eso de cerrar los ojos y analizarse requiere una buena dosis de valentía. Tan feo que es verse uno los defectos, si uno es perfecto.

Encontrar errores debe servir para mejorar nosotros. ¿Me cae mal el tono de voz con que me están hablando? Es buen momento para fijarme en el mío, seguro que esa inflexión petulante no es agradable. ¿El desorden me saca de quicio? Excelente idea recoger el relajito que he dejado en las gavetas sin abrir.

No me gusta hacerlo. Quisiera pasar desapercibida, sólo luces señalando mi camino. Pero no. Todos nos exponemos al escrutinio externo, porque lo que hacemos se manifiesta allí, afuera. Me gusta encontrar las cosas que no me parecen, para traerlas a la mesa de mi mente y examinarlas. Espero aprender a no hacerlas yo.

Ya todo está dicho

Cada cosa que ha valido la pena decirse, ya la dijeron mejores escritores. Hay poemas sublimes que describen a la perfección cualquier sentimiento que se tenga. Canciones malas, buenas, buenísimas, con la letra precisa para el momento. No hay nada que se pueda decir nuevo. Ninguna emoción por descubrir. Ya todo está dicho.

Pero seguimos uniendo sílabas, queriendo comunicarnos, hacernos entender. Como si nos inventáramos el día que amanece, la sangre que nos recorre el corazón, la imagen que nos ensancha la pupila. Nada más viejo que un enamorado nuevo. Y aún así… ¿Qué sería del mundo si no quisiéramos volver a vivirlo? Mejor dejarlo allí, como un monumento que se come la sal.

El secreto, la clave, el misterio que uno descubre es que, no importa cuántas veces haya sentido lo mismo, nunca ha sido igual y, si uno puede ponerle atención, lo de hoy siempre es mejor que lo de ayer. Simplemente porque nos está sucediendo por primera vez, cada segundo que pasa es nuevo y ese beso… ese beso no nos los habían dado antes.

El conocimiento disperso

Parece frase de profesor, pero es increíble cómo se olvida uno que no lo sabe todo. (Más aún las cosas que uno no sabe que no sabe, pero ese es otro tema.) Creo que aprovechar la edad ayuda a escuchar a otras personas, porque siempre aportan algo. Hasta un punto de vista distinto alcanza para darle otro sentido a lo que uno está viviendo.

Me sucede mucho hablando con amigos que me contradicen. Cosa que detesto, obvio, pero que voy aprendiendo a apreciar cuando es justificado. ¿Qué mejor regalo que el de compartir cosas que uno sabe?

La realidad puede ser una, pero todos tenemos una versión ligeramente distinta de ella, simplemente por el hecho que la asimilamos diferente. Si nos quedamos sólo con lo que nosotros vemos, hacemos cada vez nuestro mundo más angosto.

Un momento antes

“Después de la tormenta llega la calma” es el refrán común. Pero he sentido muchas más veces la quietud de la anticipación previa al estallido que la paz subsecuente. Es como la retención del aliento en los pulmones justo antes de soltar un grito desesperado. No tiene ni un ápice de calma, es todo su contrario, en quietud.

Todos los momentos duros de mi vida los he podido pasar teniendo ese pequeño espacio de silencio. Aunque sea ominoso. Me ha dado tiempo para pensar, clavar los pies, encontrar asideros y enfrentar el desastre. Se logra uno hacer una especie de colchón que, aunque no quita del todo los golpes, los esparce un poco. Los peores dolores de mi vida los he sentido cuando no me he permitido ese escape.

Hay que aprovechar todos los momentos callados. Allí encontramos de dónde atarnos para permanecer una vez deja de soplar el viento. Porque lo deja de hacer, eventualmente y, sí, llega la calma.

Los recuerdos falsos

Hace poco conté un recuerdo que, según yo, ya era conocido. Resulta que nunca lo había hablado, a pesar de ser fundamental en mi crecimiento. Tal vez por lo mismo, por no sacarlo e inspeccionarlo, siguiera nítido en mi memoria. Igual de duro, de doloroso, los colores perfilados y con sabor a angustia.

Es sorprendente que cambiamos nuestros recuerdos con cada “uso”. Como si se tratara de figuras moldeables a las que les imprimimos una nueva huella cada vez que las tocamos. Puede ser que examinamos el momento desde un par de ojos distintos, que se mezclen con otros sucesos o que, simplemente, olvidemos los detalles.

Podría angustiarme, suponiendo que nada de lo que recuerdo realmente sucedió así. Pero, como no se trata de la Historia de la humanidad, sino de la mí propia, si la forma en que tengo memoria de las cosas me ayuda a la que soy hoy a mejorar, da lo mismo que no sean precisamente un video fiel. Pueden ser falsas y sentirse verdaderas, mientras lo que suceda sea que me sirvan.

Un poco más

Salirse de la rutina hasta donde no la perdamos. Tal vez ése sea el verdadero secreto de las escapadas. Todo lo que me gusta que no hago siempre, como comer mucho, me aleja del aburrimiento y me hace añorar la constancia. Por eso hago ejercicio hasta de viaje y trato de seguir cierto orden. No suena necesariamente alegre, pero no me da miedo el aburrimiento.

Para no desviarme tanto que no encuentre el camino, me alejo sólo un poco de la ruta. Hago los cálculos de cuánto me pueda tomar regresar a mi vida normal. Y tomo las decisiones que quiero. A veces no con los mejores resultados.

Tal vez un poco más.

Las últimas veces

Tomando café, después de almuerzo, tuve un pequeño momento de nostalgia futura para cuando el mundo vuelva a «funcionar» y esos momentos de intimidad ligera se nos desvanezcan de nuevo entre el tráfico. Mala costumbre esa de arruinar el ahora por su posible desaparición mañana. Lo cierto es que, de todo lo que hacemos, tenemos un número finito. De lo bueno y de lo malo. Es la verdad de la muerte, que nos va quitando días sin parar una sola vez a considerar que tal vez necesitemos otro para darnos cuenta que sólo ése nos queda.

Apreciar el trago de agua fresca que nos quita la sed toma un cierto ejercicio de estar presentes que a veces da pereza hacer. Es más fácil dejarse rebasar por la existencia de todos los días. Como cualquier hábito, hay que instalar una cierta atención y decidir continuar haciéndolo todos los días, hasta con las cosas pequeñas.

He encontrado dos formas de recuperar mi capacidad de asombro por la vida, la de un miércoles cualquiera a las cuatro de la tarde. Una, verla a través de los ojos de mis hijos, quienes están estrenándose en muchas cosas y que me ayudan a reconsiderar sus experiencias primeras. La segunda, considerar que pueda ser la última vez que haga lo que estoy haciendo. Cualquiera de las dos cosas me reenmarca (sí, palabra inventada) el momento y puedo disfrutarlo. Termino el día con pequeños cuadros muy vívidos que puedo archivar bajo «viví». No hay cosa mejor que pueda hacer.

Un tiempo aparte

Todo pasa en el momento que debe. Si es cierto o no, da lo mismo. No tenemos opción. Los minutos se suceden, dicen ellos que siempre a la misma velocidad, aunque yo dudo un poco de eso. Nunca es tan pegajoso el transcurso de un momento como cuando hay dolor ni tan resbaladizo como cuando hay placer. Podría deberse a que nuestros propios corazones se aceleran. Observo desde lo que puede ser la mitad de mi vida los años que pasaron y cómo se repiten sobre mis hijos. Hay diferencias enormes entre la edad que tengo y gente diez años menor. Puedo ver las marcas que se acentúan cada día y me sé envejecer. Está bien, tendría qué durar un poco más de tiempo en buen estado hasta que ya todo se me desborde. Lo bonito es que parezco una pieza rota y vuelta a armar con un poco de imaginación. No todo caza como cuando fui nueva, pero hasta las grietas se miran bien. Fueron reparadas con esmero.