Hay reglas en todas las sociedades, grandes y pequeñas. Cada núcleo se rige con distintos parámetros y se cambia de necesidades con el tiempo. Por ejemplo, mi casa es una dictadura ilustrada, hay foros para discusiones más o menos civilizadas y la que toma las decisiones soy yo. Toca, sobre todo porque estamos entrando en la adolescencia con el niño y en estos tiempos de pandemia se han borrado muchas de las normas usuales.
Trato, en serio que trato de explicar las motivaciones detrás de un «no, no puedes hablar con tus amigos toda la tarde viendo cómo juegan Fortnite porque es una pérdida de tu tiempo, desperdicio de mente, no has practicado batería, no has leído, no has salido a que te dé el sol en semanas y sería bueno que te bañaras, otra vez». Mis razones no le son suficiente al engendro, obvio, y terminamos con un perentorio: porque esa es la regla que quisiera evitar.
Así pasa. Yo trato de sacarlos de su comodidad y ellos se pertrechan aún más profundo. Hasta que sean ellos mismos quienes pongan las reglas en sus casas y, cuando les salgan mis palabras de sus bocas, tendrán que reírse del sabor agridulce que les dejan.
