Aquí vamos de nuevo

Cada cumpleaños de uno de los niños, se me juntan la alegría y la nostalgia y el miedo.

Y me siento completamente inadecuada para ser mamá. Con todas las limitaciones tan gravemente evidentes que tengo. Con la responsabilidad que recae sobre cada una de mis palabras, porque todo los marca. Con mi falta de capacidad de demostrar el cariño que me llena por dentro.

Amo a mis hijos como no amo a nadie. Con la intensidad de un sol al centro de una galaxia. Y, así de tanto como los quiero, quiero que puedan vivir sin mí. Que no me necesiten. Que salgan con facilidad de mi círculo de influencia.

Y eso me hace ser más dura de lo que quisiera.

La niña hoy cumple 7 años y es inmensamente dulce, con una capacidad de empatía que se me escapa de la comprensión. Tiene una suerte de habilidades que tuvo que haber sacado del aire, porque mías no son.

Y eso me da miedo. Porque no quiero apagar esa chispa de cosas que tal vez no comprendo.

Sólo espero que el paso del tiempo nos sea gentil y pueda verla desarrollar su potencial, sin ser obstáculo.

 

Se me sale el demonio

A mi papá era muy fácil hacerlo enojarse. Es más, creo que al igual que Hulk, él se mantenía enojado. Así que una erupción volcánica de ira era más fácil de obtener que una de esas que se hacen con bicarbonato y vinagre.

Si algo tiene en común el ser humano, son las emociones básicas como el miedo, la alegría, la tristeza y el enojo. Incluso se manifiestan en nuestras caras de la misma forma. Una de esas programaciones que trae nuestro hardware tan primaria, que no la tenemos qué aprender. Y eso que hasta a comer aprendemos.

Lo que sí tenemos qué aprender a hacer con las emociones, es a manejarlas. Porque no nos podemos dejar arrastrar por ellas sin el menor de los controles. A mí, me lleva muy fácil el enojo. Lo tengo que mantener muy amarrado para que no me deshaga todo lo que me ha costado construir a punta de esfuerzo.

No hay excusas para no mesurarnos. Ya sabemos que lo podemos hacer. Es sólo cuestión de probar.

Buena luz / mala luz

Soy fanática de Seinfeld. No hay serie cómica más genial en su brutalidad. Uno de los capítulos más divertidos es cuando Jerry sale con una chava que, depende de la iluminación, se mira bien o mal. Mi mamá decía que había gente de «dos carreras»: una para irlos a ver y otra para salir corriendo cuando los miraba uno de cerca.

La luz resulta reveladora para todo. Así como la verdad brutal. Bajo el brillo de un sol al mediodía, las cosas hasta se ven borrosas, porque están demasiado iluminadas. Tenemos que cerrar los ojos. Poco podemos distinguir. Duele. Decir las cosas sin el menor de los filtros, sólo porque es «cierto», también hace que las cosas no queden del todo claras. Porque la verdad sin consideración a todo lo demás, tiene el mismo peligro de un chimpancé blandiendo un bisturí. Es innecesariamente dolorosa.

Un edificio bien iluminado, de noche, se ve lindo. Y no deja de ser el mismo edificio. Es sólo que se esmeraron en presentar las partes positivas, aún y cuando uno bien sabe que no todo es así de bonito. Las cosas que decimos, también deberían llevar ese cuidado. Porque muy pocas veces el daño innecesario, la honestidad sin clemencia, la sinceridad sin consideración, tienen algún efecto positivo. Sólo sirven como armas en las manos de las personas con mucha consideración para sí mismos y lo que «tienen qué decir».

Todos tenemos nuestros momentos de luz buena y mala. Hay qué tenerlo en cuenta cuando nos acerquemos a los demás. Tal vez sólo se trata de cambiarnos de lado para encontrarles un mejor ángulo.

Fantasías que nos definen

Creo que todavía conservo un par de jeans de cuando tenía 20y pico de años, sólo para ver qué tanto voy cambiando. Como si me gustara tenerme guardada para compararme contra algo que ya no existe.

Las imágenes que tenemos de nosotros, las cosas que decimos que somos, pesan a veces más de lo que realmente somos. Peor aún cuando nos llevamos lo que éramos de adolescentes a nuestra adultez. ¡Con la cantidad de cosas sin completar que éramos en ese entonces! Tenemos una imagen falsa, magnificada, de nuestros defectos y cualidades. De lo que nos decían nuestros papás y le escuchábamos al grupo en el que nos movíamos.

La realidad es que hay muy pocas cosas que no podamos cambiar de nosotros mismos. Salvo las limitaciones obvias de talento, todos podemos llegar a desarrollar las habilidades que queramos. Hasta el carácter es moldeable.

La maravilla de ser adulto es ver el marco en el que uno mismo se ha puesto y escoger si le gustan o no esos parámetros. Hay cosas que, obviamente tenemos que mejorar, porque nunca se termina de crecer. Pero otras que podemos decidir que están bien.

El resto es simplemente la historia que nos contamos. Y que nos podemos hacer realidad. Mis jeans viejos me recuerdan lo que era. Y me los pongo para llevar mi pasado a lo que soy. Y porque todavía entro en ellos.

La sustancia de las cosas

El objeto poseído es feliz de tener dueño.

El hechizo sólo sirve cuando lo invocan.

El fuego sólo arde cuando lo prenden.

Y yo sólo existo cuando estoy contigo.

Como una oración esperanzada que se convierte en realidad.

Guardar selfies

Los 40s no llegan por gusto. Hace que uno se cuestione la vida, porque estadísticamente hablando, la llevamos a la mitad. Y uno ya no está ni joven, ni es viejo. Aún reconoce a la veinteañera en los músculos que responden y mira a la sesenteañera que se asoma en las arrugas que comienzan a asomarse. Y está bien.

Ahora la facilidad de tomarse uno fotos sin pedirle favor a nadie nos abre un poco la puerta para llenar nuestros dispositivos de imágenes banales. El almuerzo de hoy, la blusa nueva, los zapatos favoritos. Una salida con amigas debe ser adecuadamente documentada.

Me pasé buena parte de un año utilizando mi Instagram como lo que llamaba medio en serio medio en broma, mi «muro al ego».  Subiendo fotos mías que, aunque sin filtro, mostraban una buena cara siempre. Momentos de crisis en los que se busca aprobación aunque sea de ajenos, supongo.

Regresé a tomar fotos sólo de cosas importantes. De los momentos con personas queridas, de las risas con mis hijos, de algo que verdaderamente me conmueve.

Conservo dos fotos mías. Una extremadamente triste y otra feliz. Como ejemplos de un extremo del que quiero salir y de un estado al que quiero regresar. Algo así como separadores de libros.

Las demás, las boté. Me puedo ver en un espejo y la gente que no me conoce, dudo que tenga interés.

A ver si no me pasa algo así con los 50s.

Lo que uno hace bien

De pequeña, mis papás me metieron a clases de tenis. No lo hacía mal. Pero no me gustaba. Para nada. Y era un sufrimiento cada vez que tenía que ir. Preferiría montar a caballo. Cosa que no hacía bien, pero que me fascinaba.

No siempre nos gusta lo que nos sale bien según nuestras habilidades. Pareciera que es muy fácil dejar a un lado lo que nos viene natural, como si nuestra naturaleza humana retorcida necesitara sufrir para sentir que se merece algo. Desde los hobbies esos en los que gastamos horas de horas y jamás llegaremos a ser famosos, hasta las relaciones imposibles que mantenemos vivas en nuestro corazón.

Vivir y sentir dolor son uno y lo mismo. O no. Tal vez esforzarse y sentir satisfacción sí son consecuencia uno del otro. Y tal vez aprendemos a no ser masoquistas y apreciar lo que se nos hace fácil.

Pero igual el tenis sigue sin gustarme.

Hasta dónde sentimos

Yo veo a mi hija dar volteretas por la casa porque se puede quedar con las flores de unos arreglos. Canta y baila como si fuera la emoción más grande de su vida. La veo y me emociono. Pero ya no como ella. Esa capacidad de entregarse a un sentimiento es algo que, no sólo ya no conozco, sino que evito a toda costa.

La adultez pareciera ser una lima que nos suaviza las partes punzantes. Entre ellas, la los sentimientos puros. Nos enseñan a no gritar muy fuerte, a no cantar en público, a no llorar frente a la gente. Aprendemos a no enojarnos sin medida. A no fantasear con amores apasionados que duran toda una vida.

Qué triste. Yo veo esa felicidad transparente de una niña que baila y baila y baila, sólo porque tiene una rosa. Y sé que no lo puedo evitar. Porque tengo mucho tiempo de estar atemperando mis reacciones. Yo no quiero que el enojo se me salga. Y me da vergüenza llorar frente a otras personas. Mi risa ya no tiene el mismo volumen. Y me río cuando un cuento termina en «y vivieron felices para siempre». Porque sé cómo es la vida.

Tal vez hay momentos en los que hay que olvidar todo eso que aprendemos.

La función de las cosas

Escuchar a mi papá decir que todo tiene un modo y que, generalmente, es «suavecito», era un detonante seguro para sentirse exasperado. Porque tenía razón. Y porque no siempre aplicaba eso a su vida personal.

Todo tiene una función para lo que está diseñado y es uno de los mejores axiomas de diseño el que define que «la forma sigue a la función». Como un buen carro que no tiene adornos superfluos que le quiten aerodinamismo. O la ropa que queda perfecta porque no tiene vuelos extra.

Igual las relaciones que llevamos. Todo es mejor tenerlo bien claro y poder poner las cosas sobre la mesa. Pero suavecito. Porque hay mucho que se puede decir, que se debe decir, cuando uno quiere que los lazos perduren y se fortalezcan. Sin embargo, hacerlo a quemarropa y sin la menor consideración por el daño que se pueda causar es el equivalente de utilizar un martillo para matar una hormiga. Efectivo, pero innecesariamente destructivo.

La función de una relación laboral es intercambiar habilidades por dinero. La función de una amistad es dar cariño y apoyo y contexto a la persona. La función del amor es complementarse y apoyarse y crecer juntos. Si no se cumplen con las funciones, no hay forma que las salve. Y si no se cuida el modo, no hay función que valga.

Todo tiene una función específica. La cosa es hallarle el modo.

Préstame tus ojos

Para navegar en un océano de noche

un infinito brillante sin estrellas.

Sujétame con ellos

para que no me ahogue

y no salga volando para siempre.

Envuélveme de negro

y llévame contigo

cuando parpadeas.

Préstame tu ojos

y no me dejes ir.