Perder el lugar seguro

Mis hijos me abrazan cuando quieren sentirse seguros. Recuerdo muy bien esa sensación, yo sentada sobre mi mamá en el sillón de bordar. No es de una infancia remota el recuerdo. Lo seguí haciendo bastante entrada en años, apoyando la mayor parte del peso de mi cuerpo en los brazos del dichoso sillón.

Supongo que necesitamos un lugar seguro en dónde refugiarnos de la vida de vez en cuando. Una iglesia, un rito, una cama. Unos brazos. Los ojos de alguien que nos puede ver y decirnos que «todo va a estar bien» aunque no tenga ni la más peregrina idea de cómo sea eso. Aunque nos mientan.

Es imposible tener garantizado nada en la vida. Hasta el amor se escapa a veces por la ventana y no hay forma de predecirlo. Las palabras de aliento se las lleva el viento. Los brazos se voltean hacia otro lado. Y uno se queda solo. No siempre. Pero sí a veces. Y allí toca pararse al espejo, verse a los ojos y decirse que «todo va a estar bien». Y más vale que uno se lo crea, porque es muy difícil seguir sin esa esperanza.

Cuando mis hijos me piden que los haga sentir seguros con un abrazo, me siento segura yo también. Porque si se los puedo decir a ellos, me los puedo decir a mí misma.

Mi catarro es más fuerte que el tuyo

Mi mamá solía decir que las cosas de cada uno son importantes, porque le pertenecen a esa persona. Sus dolores son más fuertes, sus alegrías son más vívidas, sus amores son más eternos. Porque le pasan a uno. Porque uno es el testigo, protagonista, juez, medida, balanza y lente a través de los cuales experimenta la vida.

Digamos que todos partimos del mismo punto: de dentro de nosotros. Todo lo que nos pasa, lo procesamos dentro de nuestro cerebro. No podemos hacerlo de otra forma. No tenemos otro cerebro. Sin embargo, una de las habilidades básicas para vivir feliz en sociedad y tener relaciones duraderas es poder empatizar, ponernos en los zapatos de nuestro vecino, tratar de ver las cosas desde su punto de vista. Escuchar qué es lo que motiva algunas acciones incomprensibles, observar qué dispara ciertas conductas, reconocer las reacciones emocionales ante estímulos que, según nosotros, no van a tener mayor impacto.

Entender a los demás nos amplía el mundo. Es como aprender a comer diferentes tipos de comida. A apreciar otro tipo de música. Al menos a tratar de darle una oportunidad. Y saber en dónde poner el límite. Porque, por mucho que lo entendamos con la cabeza, muchas veces las consecuencias de las acciones de los demás nos duelen tanto, que mejor nos alejamos. Por nuestro bien. Porque, al final del día, somos nosotros los que sentimos nuestro dolor y sabemos si podemos regresar a ponernos en la misma situación. O no.

El precio de la paz

He aprendido, a lo bruto, que a los niños no les gusta hacer siesta. Aún que se mueran del sueño, tengan los ojos rojos, estén insoportables y ya no puedan más. Es como si sus mentes se rebelaran en contra de la posibilidad de dejar de vivir un sólo momento. Cosa que, ahora que considero las siestas como uno de los placeres fundamentales y necesarios de la vida, simplemente miro como un desperdicio de oportunidad.

Tener paz a veces nos cuesta. Porque queremos seguir haciendo cosas, porque tenemos mil pendientes, porque nos cuesta enfocarnos en una sola cosa. O porque, a veces, tener calma exige que dejemos ir. Sobre todo, nuestras expectativas. Esos espejismos de las vidas perfectas que teníamos trazados como mapas del tesoro.

Nos movemos entre tener horizontes claros y caminos tortuosos. Entre ver un faro a la distancia y navegar por un mar sin compás. Es imposible prever todo lo que nos puede suceder. O hacer todo lo que queremos.

La paz se compra con calma. Y ésta sólo se consigue soltando. Dejando ir un poco. Relajando esa mano con la que nos aferramos a lo que creemos, aún cuando nos hace daño.

En el momento de escribir esto, ya me levanté tres veces, escribí cuatro tuits, hablé con cinco personas por el WhatsApp. Porque a mí también la vida me parece corta y no me quiero perder ni un poco. Espero alguna vez poder pagar el precio que se necesita para estar en paz. Por ahora, me conformo con hacer una siesta de veinte minutos.

Algunas verdades no sirven

Hay cosas que todos sabemos y que no nos hacen más o menos sabios. Como cuando aumentamos de peso y lo podemos ver en un espejo. O practicamos un deporte para el que no somos demasiado talentosos. O cuando vemos que las arrugas ya comienzan a hacer un mapa en nuestra cara. A veces, asumimos esta información, otras, la ignoramos. Porque son cosas que no se pueden evadir. Es lo que es. Y ya. Como la muerte. Todos sabemos que vamos a morir. ¿Y?

El problema es que, siendo la muerte nuestra compañera de vida, tenemos el final ya escrito, pero tenemos que desarrollar todo lo que hay en medio. Saber que tenemos un tiempo limitado, a algunas personas las hace vivir al límite. A otras las paraliza

En mi vida, la muerte de seres queridos, amigos, padres, ha sido un marcador. Hay antes y después. Y todo sigue en medio. Qué va uno a saber. Lo cierto es que uno tiene que vivir sabiendo que todo se va a acabar. Sin excesos destructivos porque igual ya todo se va al trasto. Sin paralizarse. Simplemente viviendo.

Saber el final, pero no todo lo que pasa antes. Le da un enfoque a nuestra existencia y también le quita mucha gravedad.

Cuando es mejor no seguir hablando

Tengo un pequeño problema entre mi familia: la mayor parte de mis parientes no tiene filtro para decir las cosas y salen directo sin pasar por la cabeza. Así, mi tía me ha dicho que estoy gorda y/o demacrada en la misma frase, mi papá se burlaba de mí por hacerme un cumplido y más de un tío me hizo pasar un momento incómodo. Mi madre, que tampoco tenía muchos filtros, me decía que las palabras no podían sólo escaparse del corazón, que tenían que ser digeridas primero por el cerebro.

Cosa que me es sumamente difícil, porque me efervescen las emociones y siento que se me salen hasta de los poros. Cosa que es sumamente divertida, si no es para tomar decisiones permanentes. En una conversación seria, de esas que se convierten en discusiones tipo batallas, perder la calma es lo peor que puede pasar.

Para cualquier tipo de relación, laboral, de amistad, de parentesco, sacar todo el sentimiento puede ser muy satisfactorio. En el momento. Pero es como tirar la computadora al carajo cuando no enciende y sentirse estúpido por haberla roto en el proceso. Las palabras hieren. Porque tienen poder. Porque evocan sentimientos y se quedan grabadas y no hay borrador que las quite. Ni el alcohol. Por eso es bueno tener semáforos internos para ponerle fin a conversaciones que, aunque uno quisiera continuar hasta ahogarlas a puro argumento, no tienen ninguna finalidad constructiva y sólo nos van a dejar con los pedazos de la relación en la mano.

Ponerme un bozal me cuesta. Yo siempre quiero tener la razón. Pero sentirme mal después de haberlo hecho todo añicos, me cuesta aún más. Así que, estoy aprendiendo a levantarme y pedir una pausa para poder continuar en otra ocasión.

El doble gancho de las relaciones

Siempre he dicho que mi corazón es como uno de esos hotelitos pequeños que están de moda ahora en los que cabe muy poca gente. Pero en realidad me he dado cuenta que es como esas butacas de las óperas que tienen asientos reservados casi de por vida. Se necesita un evento catastrófico para que otra persona ocupe el lugar ya previamente abonado.

Hacemos vínculos con las personas a quienes nos entregamos y nos enganchamos emocionalmente. Para algunos, esos vínculos son más fáciles de cortar que para otros. No es ni malo ni bueno, sólo es. Lo malo es no saber en qué lado del espectro se encuentra uno. El autoconocimiento es la llave de, tal vez no la felicidad, pero sí de un mejor sentido de navegación por la vida. Lamentablemente, este es el tipo de cosas que uno sólo conoce después de un par de trancazos en el camino. Al final, para eso es la vida, para enseñarnos aunque duela.

Me gustaría pensar que la gente recibe lo que uno da, sabiendo hasta qué medida lo está entregando uno. Que lo apreciaran en la misma medida en que para uno es valioso. Pero no es así y lo único que uno puede hacer es saber que la falta no está en uno. Que, no ser apreciado no quiere decir no ser apreciable. Y seguir. Porque yo no voy a dejar de ser binaria. Pero sí puedo ser mucho más cautelosa.

Hoy como garnachas y churros y no levanto pesas

Tengo tres meses de estar entrenando pesas muy duro. Me he gozado el circuito, porque es una de esas cosas en las que uno puede medir un progreso facilón al que sólo hay que meterle tiempo. No es una kata qué aprenderse o un libro qué escribir. Simplemente hay que mover una cosa que pesa de la misma forma varias veces y listo. Pero, como con todo, no puedo seguir haciendo lo mismo todo el tiempo, porque el cuerpo se acostumbra. Así que toca descanso.

Coincide eso con la feria de la ciudad y no tardé en ir a comer garnachas, churros y tomar cerveza. Cosa que mi estómago me está recordando vehementemente.

Las rutinas son deliciosas y nos encarrilan en la vida. Quitarnos decisiones poco importantes como qué nos vamos a poner y qué vamos a comer de encima, libera nuestro cerebro para pensar en cosas más trascendentales, como qué serie de Netflix escoger. Pero no se puede vivir en la rutina permanentemente, porque nos volvemos cómodos.

Por eso existen las vacaciones, los cambios, los retos, el tiempo mismo que pasa y nos deja en lugares diferentes cada vez que nos damos cuenta. El músculo necesita descanso y volver a comenzar, preferiblemente con algo nuevo que se nos convierta en rutina hasta que sea viejo y haya que cambiar lo de nuevo. Igual que la ropa. Igual que la comida. Igual que la vida.

Me cae un poco mal saber que, probablemente al final de esta semana, mis jeans ya no me queden flojos otra vez. Pero nadie dice que no puedo volver a ponerme igual. Además, las garnachas estaban deliciosas y la feria termina hasta el fin de semana.

Talentos potenciales

Seguir instrucciones es uno de mis talentos más útiles. Lo aprendí de mi mamá, que podía seguir los pasos de cualquier manual y salir con una maravilla. Así cocino, así he retapizado muebles, así escribo. Creo que vale la pena encaramarse sobre lo que ya han descubierto otras personas y hacerlo propio.

Las instrucciones, los planes, las reglas, todo eso son atajos probados una y otra vez. Así aprendemos a escribir, a sumar, a pensar. No es lo mismo caminar por primera vez sobre un terreno plano que sobre piedras y atravesando pantanos.

El talento de cualquier cosa que llevamos dentro es más sencillo que lo descubramos primero dentro de un ambiente seguro. Las reglas nos agarran de la mano. Y luego hay que soltarse. Hacer el mundo de uno mismo, sabiendo en dónde está lo conocido y descubriendo qué hay más allá.

Tomamos fotos de las mismas cosas de forma diferente. Contamos la historia más vieja del mundo, para hacerla nueva porque es nuestra. Tocamos un instrumento leyendo una partitura e imprimiéndole nuestro propio sabor.

Los talentos se instruyen, moldean, regularizan. Y luego se dejan volar. Así se sigue bien una receta. Se da bien un beso. Se vive bien la vida.

La eternidad

Me dijiste que me amabas para siempre

mientras salías por la puerta con tu vida empacada en dos maletas

sin intención de regresar jamás.

Ahora sólo estoy esperando

que me digas que nunca será igual

y que regreses para quedarte.

Para siempre.