El hoyo en las canastas

Del cuento de la Caperucita, lo que siempre me llamó la atención fue lo que llevaba en la canasta para la abuelita. Todo lo que describían y que variaba de versión en versión, sonaba delicioso. Además, que la imagen de una canasta de mimbre, de esas que tienen tapadera firme y que se llevan en el brazo es tan romántica. Siempre quise hacer picnic, aunque fuera en mi jardín. Ante las objeciones firmes y categóricas de mi mamá y su argumento de hormigas y demás bichos, jamás realicé mis fantasías del mantel a cuadros rojos y blancos y golosinas maravillosas saliendo como tesoros de un cofre.

Todos llevamos una canasta con maravillas dentro de nosotros. De ésas que nos hacen sentir bien, como la autoconfianza y la valentía y el amor propio y la resilencia y la empatía. Sentirnos amables (dignos de ser amados), protegidos, apreciados. Todas esas cosas van dentro de un lugar que, primero, llenan nuestros papás. Y, como los papás distamos muchísimo de ser perfectos, no llegamos con todo eso lleno a ser adultos. Es más. muchas veces no sólo nos hacen falta cosas, sino que la mentada canasta tiene un hoyo y se nos caen las que logramos acumular.

Buscar en alguien más lo que nos hace falta a nosotros mismos es la receta de todas las relaciones disfuncionales. Porque el hoyo sigue allí y, no importa que la pareja sea tan generoso como queramos, siempre nos va a hacer falta algo. Lo difícil es que cuesta reconocer en dónde fallamos. En dónde está nuestro agujero emocional. Y, por alguna extraña razón, duele repararlo y da hueva y da miedo depender de nosotros mismos. Porque nuestro compañero de espejo, ese que se nos asoma en el reflejo, es un dictadorcito de pacotilla que se goza haciéndonos sentir mal cuando no lo hemos educado.

Yo quiero reparar mi canasta para que no se me caigan las cosas bonitas que logro encontrar para mí. Y quiero estar con alguien que me acompañe a llenarla, no que me oiga pedirle que la llene él. A ver qué tal me va de tejedora de mimbre.

Sentir sin hundirse

Durante la mayor parte de mi vida, he creído que la única forma de no hacerme pedazos contra la pared de mis sentimientos es no sentir. Mantenerme alejada de una sensibilidad que llevo dentro y que, las veces que dejaba que saliera, me arrastraba hasta dejarme peor que un gato bajando una catarata dentro de un barril. Recuperarme de cada uno de esos desastres me ha tomado años. Así que, siempre no, muchas gracias.

Los humanos somos un conjunto complejo de piezas que cazan, precisamente porque son opuestas. La mente racional que busca explicaciones lógicas, el corazón que nos convence por puro sentimiento de hacer cosas que luego no entendemos, el cuerpo que llevamos a todas partes y que no siempre podemos controlar. Descuidar cualquiera de estos aspectos nos hace menos. Dejarnos que sólo uno nos mande también.

Todo crecimiento conlleva una parte de dolor. Entrenar cualquier deporte o hacer ejercicio de verdad, hace que los músculos se desgarren un poco y duelan y se vuelvan más fuertes. Aprender implica invertir horas en el estudio. Sentir… pues sentir es abrirnos a la posibilidad de ser lastimados.

Pero no sentir es cerrarnos, enfriarnos, dejar de apreciar lo que nos conmueve. La clave es sentir sin culpas. Aceptar la posibilidad que nuestra confianza puede ser rota, que nuestro amor puede ser despreciado y darnos permiso para que eso no nos despedace. Porque sentir no es vergonzoso. Dejar de hacerlo es una tragedia.

Todo está a medias

Desde que estamos arreglando la casa, se me ha caído un pedazo de techo, se entra el agua por las gradas, se van desalineando las puertas, descomponiendo las conexiones eléctricas y otra serie de pequeños desastres domésticos. Lecciones en ironías de la vida que le dicen.

A veces, cuando necesitamos arreglarnos, vamos destapando lugares por donde ya no pasábamos. Porque los habíamos olvidado, porque ya eran parte de nosotros, porque creíamos que no necesitábamos visitar. Y resulta que las cosas que no se tratan en el momento oportuno más cercano, se pudren y se infectan y luego todo lo que se construye encima está inestable.

A todos nos ha pasado que nos lanzan una palabra que va sobre las alas de un tonito sarcástico, pero no decimos nada por no hacer más grande la historia, sólo para sacar el ejemplo días después, pero ya con tiempo acumulado.

Saber qué pedir, arreglar, cortar y cuándo hacerlo. A veces es más fácil atacar las cosas pequeñas que dejar que crezcan. Hay monstruos que, ya hinchados, son difíciles de vencer.

Mi vida necesita arreglos. No sabía cuántos. Seguro que, después de esta experiencia no dejo que pase tanto tiempo sin revisar. Como la casa. Mejor estar sobre lo pequeño en vez de pasar días con un plástico en el techo.

La cara que ponemos

Convivir con un grupo de gente relativamente extraña es una excelente oportunidad para fijarse uno en las cosas que hace. Como hablar demasiado o aislarse o reír mucho o no participar en actividades grupales. Después de cierta edad, el impulso por pertenecer a toda costa va desapareciendo y uno evalúa cuándo y dónde compartirse.

Todos tenemos una cara que enseñamos al mundo. Y todos somos editores de la historia que contamos de nuestras vidas. No es que mintamos, es que no decimos todo. Porque no es necesario.

Se pueden tener varias caras con qué salir a la calle. No somos iguales en todos los aspectos de nuestras vidas. Pero sí es cierto que, mientras menos diferencias radicales hayan entre un rostro y otro, mejor nos sentimos acerca de nosotros mismos y menos conflictos internos tenemos. Es muy difícil ser personas diferentes, porque confundimos nuestro interior.

Lo lindo de crecer y dejar atrás los dilemas de una adolescencia que se mete hasta ya bien entrados los treintas, es que se puede escoger los pedazos de uno que más nos gustan. Construirnos a partir de lo que nos hace mejores personas y afinar el resto, es uno de los ejercicios más satisfactorios que podemos hacer. Y, aceptar que uno no es, ni quiere ser el centro de atención en donde vaya uno, libera. Aún y cuando la niña que llevo dentro me pregunte por qué no me quedé hasta las tres de la mañana jugando futío. Mi adulto descansado de hoy tenía razón.

El fin de todo

Dicen que hasta el universo acabará,

el infinito tendrá un «hasta aquí»,

el tiempo terminará.

Y yo lo creo,

porque hasta mi tristeza encontró su fin,

en el fondo de tus ojos.

No todo lo puedo

Ni de cerca. Resulta que me quedo corta para muchas cosas. Y aprender eso es una lección dura. Porque uno (yo) quiere hacerlo todo. Especialmente porque se le mete que las cosas tienen que ser de cierta forma. Y luego va la vida a reírse abiertamente de uno.

Porque uno no puede más que lo que es hacia adentro y eso hasta después de aprender a autorreconocerse. Si hasta las emociones nos pasan llevando como trenes descarrilados.

Tener un círculo de soporte, una familia, pareja estable, nos debería permitir dejar ir esa gana de hacerlo todo. Porque hay cosas muy básicas que necesitan hacerse entre dos, comenzando con un abrazo que consuele. Dejarse ayudar, sobre todo emocionalmente, es abrirse y exponerse, claro. Y no siempre la experiencia es buena. Pero lograr esa vez que uno necesita apoyo y obtenerlo redime a la humanidad y pega un poco el corazón cuando se rompe.

Yo no lo puedo todo. Por lo menos no todo lo que quiero. Y tengo que aprender a pedir ayuda, compañía, apoyo. Porque no vivo en una isla y porque me gusta que me abracen.

Rendir cuentas

En las nuevas teorías de educación, he escuchado, se trata de no ponerles calificaciones a los niños, pues éstas son estandarizadas y no reflejan el verdadero conocimiento y menos el potencial que puedan tener los alumnos. En el colegio de mis hijos, no siguen esta corriente y claro que les ponen notas a los trabajos y exámenes. En mi casa, ese numerito tenía un peso que iba mucho más allá de cualquier cosa ponderable. La felicidad de mis padres parecía depender de cuánto podía yo sacar en mis clases y los honores con que me gradué de la universidad eran para ellos algo tangiblemente grandioso.

Todos tenemos qué rendir cuentas. Con las consecuencias de nuestros actos. Con el resultado de nuestros esfuerzos. Con la facilidad con que podemos vernos al espejo. Hacemos cosas deseando un desenlace específico y nos entristecemos si no lo obtenemos. Y, cuando no tenemos ni idea de qué pueda suceder, también medimos el éxito de lo que hicimos con qué tanta satisfacción nos dio.

En lo que hago, que es criar un par de personas, las cuentas se las rindo a mi paciencia, a mi expectativa contra lo que sucede en la realidad, a mi cansancio al final del día. Y soy la más exigente de las jefes. Menos mal que, cuando reviso las calificaciones, lo que busco no es el numerito. Siempre pregunto si se esforzaron lo suficiente. Ellos también tienen que aprender a rendirse cuentas a sí mismos.

Regresó el negro a mi vida y con él, la felicidad

He tratado muchas veces de quitarme el vicio del color negro. De verdad. Hasta al punto de pedirles a mis amigas que me lleven a comprar ropa para que no todo lo que agarre sea de ese color. Pero me gusta mucho y regreso a él en la menor ocasión.

En general, tenemos estilos de ropa, lugares de paseo, comidas, música, olores que nos hacen sentir una medida de comodidad y de seguridad. Por eso regresamos muchas veces a pedir que nos hagan el «plato de la abuelita» para nuestro cumpleaños. O añoramos con regresar a ese puente de esa ciudad en donde nos sentimos libres, jóvenes, felices. Agarramos «el» traje especial para sentirnos con poder. Guardamos la ropa interior que más nos gusta para las noches en que queremos que nos la quiten.

Rituales. Lugares seguros. Certidumbres. De algo tenemos qué asirnos, porque la vida no trae ninguna garantía. Puede que sea infantil, pero un poco de ayuda psicológica nunca le ha hecho daño a nadie. Si ponernos esos tenis antes de salir a correr nos hace creer que lo hacemos mejor, si tener puesta ropa que nadie nos mira nos da una sensación de bienestar, si comer un pedazo de pollo frito nos recuerda que teníamos un lugar feliz, qué mejor.

Porque terminamos de comer, nos quitamos la camisa de la suerte, salimos del lugar bonito y seguimos con nuestras vidas. Aunque sea siempre vestidos de negro. O azul. Pero mejor negro.

Los lugares comunes

Todos los que vivimos en el mismo momento del tiempo compartimos referencias culturales. No hay forma de escaparnos de, aunque sea, haber escuchado las mismas expresiones populares, haber oído hablar de los mismos programas de televisión, la misma música… Tengamos afinidad con ellos o no.

Las cosas que nos unen son de lo más sencillas, por supuesto, pero nos amarran como sociedad y nos dan un sentido de pertenencia con un grupo. Pocas cosas nos definen como humanos como pertenecer a un grupo.

Es cuando nos salimos de esos espacios en los que todos nos sentimos cómodos, que nos comenzamos a separar del grupo al que creemos que pertenecemos. No hay forma de ser un individuo sin diferenciarnos de los demás y eso muchas veces implica no estar de acuerdo. Con actitudes, con valores, con expresiones. Y está bien. Todos tenemos derecho de ampliar o estrechar el círculo de cosas que estamos dispuestos a adoptar en nuestra existencia.

Yo tengo mucha afinidad por cosas muy estrechas. Y por eso es que me cuesta entablar amistades, porque espero un comportamiento específico de  la gente que quiero y eso no siempre se obtiene. Mi mundo emocional es pequeño y yo ya aprendí a estar en paz con eso.

Los lugares comunes son simpáticos, pero no siempre coinciden con los de otras personas. Y eso está bien.