Prepararse para fallar

Tengo una relación amor-odio con pintarme las uñas. Comenzando con que nunca me gusta cómo me las dejan en el salón, siguiendo con que las mantengo cortas para no arañar a los niños y para no lastimarme cuando hago karate… Me tardo mucho tiempo en ponerme todas las capas y quedarme quieta para que no se me arruinen.

Invariablemente, se me arruinan. Es inevitable toparse con algo.

Como seres que pueden pensar que existen más allá de un «mañana», nos gusta planificar. La imaginación nos permite proyectarnos y ver las cosas antes que sucedan. Preparamos los ingredientes para un pastel, invitamos personas a eventos en el futuro, queremos hacer planes de cómo sean nuestras vidas… Y rara vez las cosas resultan como las queríamos.

Nunca emprendemos algo para no poder lograrlo. Pero sí está bien que estemos preparados para que no nos salga todo como queríamos.

No se trata de cambiar de metas. Sólo de saber cómo levantarnos cuando nos caigamos. Porque eso sí es seguro. Nos vamos a caer.

Así como es seguro que me voy a arruinar las uñas recién pintadas. Por eso llevo el esmalte entre la bolsa.

Una buena cama

A veces me cuesta decidirme a dormir. Como si mi cerebro no quisiera perderse de ni un minuto de consciencia. Hay tanto qué hacer, que la vida nos queda debiendo tiempo. Tal vez por eso tantas culturas creen en cosas como la reencarnación, porque parece demasiado injusto que no podamos experimentarlo todo. Todo.

En días de mucha intensidad, como que cuesta desprenderse del mundo. Está uno contagiado de un entusiasmo por lo logrado que lo suspende en un estado casi de euforia. Bajarse de allí toma voluntad. Y no siempre se tiene. Tenemos tantos químicos que nos preparan para situaciones extremas, pero rara vez los usamos en nuestras vidas modernas. Que yo sepa, quedan pocos tigres dientes de sable que nos depreden y hay muy pocas tribus que aún cazan para comer. A nosotros todo nos queda cómodo.

Nuestra descarga de adrenalina más segura es dentro de nuestros carros. Y allí ni siquiera la podemos descargar corriendo por nuestras vidas. Porque tenemos quinimil carros frente a nosotros, moviéndose al mismo paso de tortuga.

Pero, de vez en cuando, logramos tener un día especial o estamos con alguien que nos prende una llama. Y allí comienza a girar la galaxia que llevamos dentro.

Esos son los días en los que no me quiero dormir. Y, por esos días, agradezco una buena cama.

Los círculos que se nos deshacen

La Tierra da vueltas alrededor del sol, que a su vez da vueltas alrededor de una galaxia, que a su vez da vueltas… (Elipses, yo sé, pero da lo mismo). Giramos. Avanzamos hacia un camino lateral que nos regresa al punto de partida. O eso pareciera. Porque nunca estamos en el mismo sitio. Ni siquiera los recuerdos que visitamos en nuestras mentes son iguales cada vez. Nos hacemos la ilusión de regresar a lugares amados, pero éstos ya no existen y quién sabe si alguna vez lo hicieron como nos los imaginamos.

Uno arma la vida alrededor de rutinas que parecieran mantener un orden. Como si trazáramos el camino con un hilo sujetándonos de en medio y giráramos. Círculos perfectos y cerrados. Pero eso no es la vida. Eso lo hacen los hámsters en sus rueditas de hacer ejercicio: correr y correr y no ir a ninguna parte.

Nosotros, aunque no lo sintamos, avanzamos. Hacia lugares diferentes. Y, si no nos fijamos, podemos llegar a sitios que no nos gustan. No hay opción. Porque así es. Ningún círculo es perfecto y nunca somos los mismos.

Hay que aprender a aprovechar ese impulso que da el mismo giro y dirigir, hasta donde se puede, la dirección de la rueda que nos lleva. De repente se rompe y nos libera.

El precio que se paga

Pagué tenerte, con las grietas

que se abrieron en mi corazón

dejando escapar el torrente

que se desbordó de mis ojos.

Con el peso de tu ausencia

el vacío que cubría mi piel

en vez de tu mano que me daba forma.

Lo pagué con tristeza y desidia

con las ganas que se fueron tras de ti

con tardes de soledad,

noches de insomnio.

Y, aún así, quedé debiendo.

#EstaMierdaNoEsNormal

Es imposible hablar de algo superficial en estos momentos. La verdad es, que el sistema está funcionando a la perfección: los delincuentes están a cargo de las llaves.

Esa es la realidad que hemos vivido. A lo que estamos acostumbrados. La bebida amarga con la que acompañamos lo que comemos. Pero no es normal.

Y qué bueno que al fin nos damos cuenta.

La llave del dolor

Me encanta planificar. Es parte de la anticipación: gozarme las cosas antes que sucedan. Me las imagino y visualizo y casi saboreo. Es lindo. Hasta que no salen como yo quería. La comida no sabe como me la imaginaba. La gente no reacciona como yo esperaba.

Las relaciones dependen en gran medida de las cosas que esperamos. Todos tenemos deseos y expectativas, aunque no lo sepamos de forma consciente. Eso se nos vuelve un gran problema si no las podemos discernir. Porque lo que no se dice, es imposible que se sepa. Y, aunque ya vamos actualizados en tecnología, aún no somos telepáticos. ¿Cómo podemos pretender que las personas que nos rodean sepan qué queremos de ellas, si ni nosotros lo podemos formular?

Además, nadie tiene obligación de cumplirnos los deseos. Uno tiene que adaptarse y decidir si lo que le dan a uno, es satisfactorio o no. Creo que la clave para estar satisfecho es querer sin esperar. O, por lo menos, saber hasta dónde está la frontera de lo deseado.

Aprender a querer así, sin límites, es una meta fantástica. Y querer que lo quieran así, sin expectativas… eso quiero.

El objeto del deseo

Como a base de antojos. Es muy raro que yo tenga hambre, pero sí muy frecuente que tenga «ganas». De unas macadamias, de ensalada, de chocolate, de sorbete de limón. Es una sensación que se queda en el fondo de mi estómago y que me hace sentir insatisfecha, aún que esté llena.

Pareciera que, como humanos, nos movemos a puro deseo. El querer algo. Y lo escogemos de forma irracional, aunque aprendamos a justificarlo con la mente. Entre dos cosas equiparablemente buenas, siempre vamos a preferir la que más nos gusta. Y, si lo que nos gusta es menos bueno que lo otro, le vamos a encontrar todas las razones del mundo para llevárnosla.

Pocas veces nos damos el permiso de aceptar que tenemos algo, porque es lo que queríamos, a pesar de sus defectos. Es como si tuviéramos qué pedir perdón por desear algo.

Le damos prioridad a lo racional y nos avergonzamos de nuestras emociones. Creemos que tenemos que seguir lo establecido para todos, aún cuando no cazamos. Y rechazamos lo que nos llena de satisfacción, porque no se conforma a lo «normal».

A mí me gustan las t-shirts negras y los Keds y sé que no me miro como «debería», según las reglas de lo que una mujer de mi edad debe seguir. Lo he intentado justificar de forma racional para sentirme bien. He intentado cambiar. Y, ni lo primero funciona, ni lo segundo me satisface. Así que, en días como hoy que voy al súper, regreso a mi ropa favorita.

El deseo a veces no necesita más justificación que sí mismo. Y un helado de limón siempre se me antoja.

Soltar(se)

Las celebraciones me agotan. Tener que coordinar varias cosas a la vez, el estrés de la gente que llega, que el celebrado se sienta contento… Por querer que todo salga bien, me termino sintiendo como un hule demasiado tenso, a punto de salir disparado.

Las cosas que se salen de nuestras rutinas nos mueven el orden, nos hacen pensar diferente, nos tensan. Un cumpleaños, un accidente, algo planificado pero no común o algo completamente imprevisto. No se puede prever todo. Y tampoco se puede tener control de todas las consecuencias.

Lo que sí podemos estar seguros es que todo tiene consecuencias. Aunque sólo las sintamos como dolor de espalda o enfermedades del estómago. Y podemos estar aún más seguros que nunca vamos a poder saber qué es todo lo que nos puede suceder.

Hay que aprender a soltar. A hacer lo mejor que se puede y esperar que las consecuencias sean buenas.

No tengo idea cómo. Porque todavía aprieto la mandíbula. Y dejo de dormir. Y me enfermo. Y me trabo de la espalda.

Al menos hoy, voy a tomarme un día libre. Y espero que la consecuencia sea menos arrugas y que se me vaya el dolor de cabeza.

No tiene nada qué ver

Ni el viento que me despeina

ni el agua que recorre fresca mi garganta

ni el cielo al que se le prenden las estrellas

ni el sol que me envuelve como un manto

ni el sueño interrumpido por las noches

ni mi voz que canta para nadie

ni mi piel que pierde forma sin tus manos

ni mis ojos que se ahogan de no verte.

Nada de eso tiene que ver contigo.

Pero sí.