Esperar al sol

Encendí una candela

y me dormí esperando al sol

la noche oscura, mi sueño sin sueños

ardió sin consumirse

yo desperté antes que la luz

las palabras en las manos

queriendo contar lo que no entiendo

cómo no muero al dormir

cada despertar no es un milagro

con la luz no viene claridad

la cama caliente no quita el frío

y la soledad no se va.

Ayer lo quemé todo,

angustia, desamor, enfermedad

la vela encendida quemó el resto

ojalá se lleve lo que queda de mí.

Fuego

Quiero hacer fuego

Serlo de noche

Arder sin color bajo el sol

Quemar, destruir

Dejar nada en mi lugar

El recuerdo del calor

Una chispa que pudo saltar

El peligro compartido

Apenas una posibilidad

Que dejamos pasar

Dejamos que se apagara

Sin consumirse.

Una expectativa

Se quedó mi boca

a la espera de la tuya

el espacio sin cruzar

los labios expectantes.

¿A dónde llegan

los besos que quiero

y no me das?

¿Te los comes por las noches

entre risas y olvidos?

¿Los guardas como recuerdos

de las cosas que no suceden?

Si te pesaran, esos besos sin entregar,

caminarías encorvado, son demasiados.

Los fui anotando en una libreta

y ya está tan llena, que suspira.

Ojalá se hicieran agua

una corriente que te arrastrara hasta mi faro.

Probaría la sal acumulada

en la comisura izquierda de tu boca.

Me debes muchas cosas

mi lugar seguro, el fin de la tristeza,

el compañero en la batalla,

la vejez entrelazada.

Y todos los besos de tu boca,

que debió ser mía

pero que pediste de vuelta.

Entrego el corazón

Ponemos el corazón en un altar

para que lo sacrifiquen y nos lo devuelvan en pedazos,

pero para eso es la mesa y el cuchillo y el sacerdote,

para destazar, cortar y ver la sangre caer,

aunque luego sirva de unción, o de ofrenda.

O lo entregamos al fuego

porque queremos arder y nos duele el calor,

pero para eso es el fuego y la leña y la llama,

para encender, iluminar y consumir

y terminar hechos cenizas, o carbón encendido.

También lo enterramos para que la tierra lo pudra,

pero para eso es la humedad y lo oscuro y lo oculto,

para descomponer, transformar, regenerar

y tener un mundo nuevo germinando de la muerte.

Aunque a mí me gusta ocultarlo en una caja,

rodeado de cadenas, protegido por fuego,

puñales, monstruos. Por mí.

Es lo único que me queda de los pedazos que me dejaste.

El rugido interior

Escuché un rugido distante dentro de mi cabeza

el ruido del mar atormentado en la distancia

un grito desesperado de alguien solo

una bestia gruñendo en la noche.

Me sentí invadida por mi interior

estuve al borde de un pozo

y quise saltar

dejarme abrazar por la sombra del fondo.

Escuché mi locura

la que siempre se deja con puerta cerrada

acercar la boca al cerrojo

e invitarme a pasar. Allí adentro está muy sola.

Las olas no alcanzaron el límite de mi sanidad

sólo llegué a mojar un pie

no sé si vuelva a tener la oportunidad

de ahogarme en mí misma. Y no sé si no lo haría.

Para lo que sirven las cosas

Vamos a hablar hoy de cosas pragmáticas, para variar un poco;

específicamente de las cosas y para lo que sirven.

Como una cuchara, que sirve para abrir frascos,

insertada en la tapa, deja salir el vacío.

Una silla, queda perfecta en su respaldo,

para poner el saco al entrar a casa, mientras se recibe un beso.

Una manga de camisa, de tela suave de preferencia,

seca lágrimas sin lastimar los ojos que las derraman.

El cuchillo y su punta redonda,

le dan la vuelta al tornillo en cruz.

Y la cama recibe los saltos de los niños

que juegan a volar.

Todas las cosas sirven para algo,

las palabras que son cosas también.

Como las tuyas, dulces,

que usaste para partirme.

Vine al mar

Esperé la siguiente ola

parada sobre la arena sumergida

mi agua mezclada con la del mar.

Sin sol, sin luz,

los ojos en el horizonte

detrás de nubes.

Vine buscando calor

algo por fuera que me encienda

tengo frías las entrañas.

Dejé las ganas de flotar

en el lugar en donde dejé el alma

y no las encuentro aquí.

Estar a la orilla del mundo

como al borde de tus ojos

me dan ganas de volar.

Pero ni me voy

ni me quedo

sólo me muevo en el mismo lugar.

Tal vez a eso vine

a encontrar que no tengo nada

y dejarlo ir.

Tengo sujeta una tormenta

El techo no me responde lo que debo hacer

con la tormenta que tengo sujeta en mi mano izquierda

— la derecha me está sirviendo para sostenerme a mí –.

La podría soltar y esperar que amaine por sí sola

o que destruya el puerto en donde está mi barco

que lleva mucho tiempo sin salir al agua.

O podría salir a su encuentro, velas extendidas,

dejarme llevar hasta el otro lugar que conocí en un relámpago

confiando en poder regresar.

Mientras la tenga en la mano, me va a doler,

no se hicieron para estar quietas,

las promesas de felicidad que se dicen con los ojos.

Dime adiós

Antes de irte,

porque te vas a ir,

dime adiós

aunque la palabra me corte.

Prefiero caminar sobre sangre

que no saber si te fuiste

o te perdiste.

Dime que se acabó

y recojo los pedazos del alma

que dejé regados en el suelo

para ofrendártelos.

Vísteme de claridad

como haces ahora con tus manos

no me tengas compasión

no la tienes para tomarme.

Yo sabré qué hacer después.

Lugares para guardar

Llevo la cuenta de los besos ofrecidos

al lado del lugar donde guardo tu voz diciendo mi nombre

De los besos saco intereses

tu voz se me escapa cuando la recuerdo

me seguiré cobrando lo que me debes

y pidiéndote que vuelvas a nombrarme.