Volver a explicar

Uno quiere que sus hijos sean independientes. Les enseña a tomar decisiones propias, a tener opiniones y carácter. Y luego quiere que le hagan caso sin cuestionar. La hipotenusa.

En la adolescencia hay un proceso inevitable de alejamiento entre los hijos y los padres. Cortan el cordón umbilical y uno tiene que darles espacio. Para que se estrellen, pero no tanto. Porque si no lo hacen ahora, en chiquito, les toca después, en grande. Las cicatrices es mejor si uno se las cuida. Pero hay que dejarlos y eso cuesta.

Me toca volver a enseñar modales en la mesa. Graduar volumen de voces. Poner reglas. Y volverlo a hacer. Estoy segura que más de algo se les queda.

El entreno

Hay habilidades naturales que son esenciales. Ningún talento, sólo la capacidad del cada ser humano de aplicarse a lo que hace. La perseverancia es mil veces más importante que la capacidad. Pero se nos escapa que esa característica también es susceptible de agrandarse.

Loa humanos tenemos el equivalente de un contenedor limitado de fuerza de voluntad que vamos usando durante el día. Una vez se acaba, es más difícil hacer lo difícil. Comemos mal, dejamos de hacer ejercicio, no nos aplicamos. Pero hay un truco perfecto para no usar esa dote de disciplina: no pensarlo. Suena el despertador, se levanta uno y ya. Es hora de hacer ejercicio, lo hace. La rutina, lo vuelvo a decir, sirve para no tener que usar la fuerza de voluntad.

Entrenar es mucho más importante que el talento. Y aprender a entrenar es de lo mejor que uno puede hacer. No es un defecto el no aplicarse, es sólo falta de experiencia. Y eso es fácil de adquirir.

Partirse

Cuando iba a tener a mi hija, tuve un pequeño momento de pánico: ¿cómo le iba a hacer para quererla tanto como al primero. Tonto, viéndolo hacia atrás.

Pensamos en nuestras relaciones en términos de escasez: damos y recibimos algo en las mismas, pero es finito. Cuando en realidad lo que constituye un cariño es esencialmente inacabable.

Los quiero a los dos y hubiera podido tener dos más y quererlos. No me parto.

Lo que no se ve

Hace poco hablé con una señora que conozco desde hace años, pero con quien no había conversado. Por alguna razón, de un tema trivial, llegamos a hablar de sentimientos muy profundos. Fue un momento de conexión, de sentirnos entendidas. La mejor conversación que he tenido últimamente.

Uno pasa por la vida sin enseñarse a los demás. Es lo adecuado. En primer lugar, porque no es del interés general conocer nuestra vida íntima. En segundo, porque la vulnerabilidad es un animalito frágil, fácil de quebrar. Pero lo opuesto, el no abrir el alma jamás, no nos deja crecer.

Creo que está bien no compartirse con todo el mundo. Qué cansado. Y estoy aprendiendo a hacerlo de vez en cuando. No tanto por mí, por el abrazo que pude darle con verdadera compasión y entendimiento a otra mujer que ha pasado por cosas similares. Para eso es que uno está roto, para dejar salir luz por las rendijas. De nada sirve un candil debajo de la cama.

En otra época

Nos encanta pensar que en tiempos pasados las cosas fueron distintas. Y, sí, no había drenajes, ni antibióticos, ni anestesia. Ni libros, exposiciones, música fácil de escuchar. Pero también es cierto que la vida era menos agitada, el ambiente menos sucio.

Y nada de eso refleja el corazón del asunto: no importa qué tan distintas sean las circunstancias externas, el ser humano sigue siendo igual. Con lo bueno y lo malo, sólo con mejores herramientas.

No me gusta idealizar tiempos en los que no estoy porque me distrae de la verdad más grande: uno sólo puede hacer lo mejor que puede con lo que tiene. Ahora.

Ser amable

Uno puede elegir entre ser amable o ser sincero. Casi siempre es uno o lo otro. Sobre todo cuando la gente que uno quiere hace preguntas espinosas. Esa línea entre no decir toda la verdad o enseñar algo… No siempre se encuentra lo ideal allí.

Los valores absolutos no tienen verdaderos opuestos en el sentido que uno sea mejor que el otro. La justicia no es opuesta a la misericordia, sólo se deben aplicar diferente. Y la toma de decisiones no es más difícil entre algo bueno y algo malo. Pero sí lo es entre algo malo y algo peor. Si uno sólo tuviera que escoger entre lo deseable y lo indeseable, la vida sería simple. Pero lo es todo menos eso.

Ser demasiado sincero, cuando la verdad desnuda no edifica, no tiene nada de meritorio. Ser amable y engañar para no herir tampoco ayuda. Pero decir suficiente de la verdad, guardando el aguijón, creo que por allí va la cosa.

La puerta de la memoria

Uno mira fotos de cuando era pequeño y recuerda el momento. O al menos eso cree. Todas las memorias son plásticas. Las manipulamos y adaptamos. Recordamos mejor lo que nos contaron que lo que hicimos. Es una cuestión del cambio que atravesamos nosotros mismos.

Lo que permanece, a veces más que los hechos, son los sentimientos asociados. La sensación de miedo antes de la primera vez en una montaña rusa. La emoción desbordada cuando nos agarran de la mano. La tristeza ante un abandono. Eso se vuelve a vivir. Y, también muchas veces, lo que nos abre esa caja son los olores. Puede ser que sea la naturaleza etérea de un aroma que se asemeja más a una emoción que a algo concreto como un color.

Me pasa con un collar de mi mamá. Tal vez me lo estoy imaginando, pero aún huele a ella. Y eso me trae a la memoria la sensación de sus manos suaves. Su voz. La forma de arreglarse. O cuando huelo el tabaco de una pipa y me trae a la mente a mi papá. De cualquier forma, hay llaves para recordar. Y, aunque ese recuerdo no sea fiel, fáctico, exacto, si nos hacen pensar en los nuestros, poco importa.

Las fechas no importan, pero sí

La repetición de los ciclos es una manera de darse cuenta si hay o no progreso. Cambio, seguro. Progreso… Por lo mismo celebramos cumpleaños, aniversarios, graduaciones y otro montón de cosas ficticias. Conceptuales, tal vez es mejor palabra. No existen como elementos materiales, uno no se puede comer una fecha de nacimiento, pero sí hacerle pastel.

Las fiestas que uno comparte como sociedad, además de marcar el calendario, también nos aglutinan bajo un mismo sentimiento. Pasar el año, recordar una festividad en común, reunir a la familia para conmemorar a los que ya no están. Y todo nos hace pensar en lo mismo. Eso forma en no poca medida una identidad cultural. Al ser humano, le quedan pocos de estos puntos de encuentro y, con eso, poca identificación con una tribu. Necesitamos de tribus.

Las fiestas vale la pena celebrarlas, recordar aunque duela. Abrirnos a compartirlas y, con eso, darnos nosotros también. Es el tipo de conexión que nos devuelve a la pertenencia.

Hacer ruido

Cuando uno quiere calmar a un niño, puede probar distraerlo. El arte de hacer un ruido que se hale la mirada ayuda muchas veces a tapar la fuente de los llantos. No es que se haya solucionado la razón del descontento, pero sí se le quita atención.

El problema es que, aún de adultos, nos seguimos dejando llevar por las cosas más llamativas en vez de ponerle atención a los detalles. Mientras más escandalosa la noticia, mejor. Y de paso dejamos de preocuparnos por cosas importantes.

Lo mejor que uno va a aprendiendo es a dejar un espacio entre el estímulo y la reacción. Sirve para no herir sentimientos, para no comer de más, para guardar la calma. Y también sirve para mantenernos enfocados en lo que molesta para cambiarlo, aunque no haga ruido.

Nadie más sabe

Cuando estoy planeando algo, desde el almuerzo hasta una fiesta, trato de recordar lo que me decía mi mamá: no importa si no sale exactamente como tú querías; nadie sabe qué era eso exactamente. Y, sí, sólo quien hace los planes conoce cómo deben salir al detalle.

Los seres humanos operamos bajo la impresión que tenemos control sobre nuestras circunstancias. Al menos en alguna medida. Cuando lo cierto es que nuestra esfera de influencia es muy reducida y, aunque hagamos planes que se desarrollan, éstos van cambiando bastante conforme todo lo externo los mueve. Hay que pensar que, más que un escenario que uno dirige hasta el último detalle, la vida es un cuadro cambiante que uno más o menos dibuja con lo que tiene a la mano.

Lo mejor de esto es que uno puede adaptar hasta las propias expectativas. Si no todo sale al centavo, pero el resultado es agradable, ¿importa realmente? Creo que no. Total, a veces hasta a mí se me olvida qué quería en un principio.