Pez fuera del agua

Hablando de evolución con el quinceañero y de cómo no necesariamente se puede diseñar, pensé en ese proceso que nos ha llevado hasta acá y no estoy segura que el lugar sea el correcto. Hay demasiadas desadaptaciones y pareciera que no estamos cómodos con lo que somos y necesitamos.

Wilso habla de una evolución cultural que puede ir muy rápido y una biológica que va muy lento. Cuando la diferencia entre ambas es demasiado grande, se viven momentos fuertes de cambios sociales. Porque nuestro imperativo natural se sobrepone al diseño intelectual. Siempre. Es una simple cuestión de utilidad, de herramientas disponibles. Una cubeta no está hecha para volar, por muchas veces que uno la lance al aire.

Creo que sería bueno revisar para qué evolucionamos, cómo funciona de verdad nuestro cerebro y qué nos hace más felices como especie. Y tratar de adaptar la cultura a eso. No al revés. Porque, si algo tenemos los seres humanos, es un mundo de contradicciones adentro que hacen que sea demasiado difícil diseñarnos. Menos mal.

No me gustan las de miedo

Uno de mis escritores favoritos es Stephen King. Su prosa es impecable, la manera de meterle a uno una imagen, un sentimiento de zozobra o elación o cualquier cosa. Los personajes tan reales y los diálogos naturales. Es casi perfecto. Cuando era joven no podía leer suficiente de todo lo que escribía. Y ahora no puedo leerlo. Punto. Me perturba demasiado.

Tenemos necesidad de contarnos historias macabras porque necesitamos desarrollar un escenario para nuestros miedos más profundos y encontrarles una solución. Las películas de horror modernas son los cuentos de hadas de antes. En todas las culturas hay espantos y monstruos, algunos que son derrotados, otros nos. Y, más allá de advertirnos del peligro de adentrarnos en el bosque oscuro donde vive la bruja, nos la presentan, nos dan la oportunidad de enfrentarnos al terror y seguir viviendo.

No me gustan las ficciones de horror. Creo que la realidad lo tiene suficiente. Pero me sigue fascinando Stephen King y su prosa. Tal vez, si está muy soleado y estoy acompañada, me anime a volverlo a leer.

Coherencia

Una de las características de personas inteligentes es que pueden considerar dos verdades aparentemente contradictorias a la vez. En términos valorativos, por ejemplo, se acepta que la justicia y la misericordia son loables aunque en la práctica puedan chocar. La misma luz es dos cosas a la vez y no por eso una niega la otra.

Pero todo eso no tiene nada qué ver con la coherencia. Y allí es donde fallamos muchas veces, sobre todo a nosotros mismos. Vivir dentro de los postulados electos nos acerca a la felicidad. No siempre lo logramos y allí es donde caemos. Lo importante, lo único importante, es levantarse, reevaluar y seguir.

Se puede convivir entre dos verdades. Y se puede tratar de ser coherente. Y todo lo que pase entre esas dos realidades, es lo que nos hace humanos.

Bueno y “me gusta”

Hay estándares de belleza objetivos que tienen que ver con armonía, balance, proporcionalidad. Cuestiones de sabores que son biológicamente imperativos o repugnantes. Acordes que resuenan en lo que sólo podemos llamar nuestro espíritu. Hay todo eso y uno puede señalarlo y decir que es “bueno”.

Pero hay un nivel adicional: el de “me gusta”. Y éste es paralelo al anterior. Es esa preferencia que nos toca personalmente, que no necesariamente compartimos con el resto del mundo. Generalmente vienen de las experiencias que hemos adquirido y que nos forman (a veces deforman) hacia un gusto. Es la mañita que les transmitimos a nuestros hijos cuando les servimos huevos duros con vinagre y sal. O cualquier cosa semejante.

Lo objetivo nos hace humanos. Nos forma en lo estético, nos avanza hacia lo sublime como especie. Lo segundo nos distingue como individuos. Ambos coexisten y está bien. Sería demasiado aburrido que nos gustara a todos lo mismo.

¿Hace frío o son mis nervios?

Tomé café fuera de mi casa y ahora estoy ansiosa. Pero igual vivo en este país y no sé si es por eso. O porque, otra vez, no dormí bien anoche. O simplemente puede ser el café. Es esa sensación de no poderle poner nombre a las causas y navegar el día como si uno quisiera correr una maratón. Nunca voy a correr una maratón.

Resulta que mucha de nuestra salud mental se genera en el aparato digestivo. El universo de bichos que tenemos dentro producen muchos de los químicos cerebrales que nos dictan las emociones. Y las emociones nos dicen qué decisiones tomar. El adagio que dice que uno es lo que come, es más profundo aún que el simple físico. Es esa persona contenta, estable, ecuánime, que puede tomar decisiones que no sólo tomen en cuenta ese sentimiento de angustia que se acumula en la boca del estómago.

Escribo esto a mil por hora, con ganas de entrenar tres horas de karate y sin mucho qué poder hacer. Y tengo frío. ¿Hace frío, verdad? ¿O son mis nervios? Tal vez me caería bien tomarme un café.

En otros idiomas

Recibo noticias en varios idiomas. La newsletter que más me gusta es de un museo lejos, lejos, al que fui una vez. No creo regresar, pero es chilero recordarme cuando estuve allí. Igual que ver películas que sacan escenas en lugares donde uno ha estado.

Hablar, el lenguaje como tal, sirve desde siempre como puente entre un cerebro y otro, que es lo mismo que entre un mundo y otro. Facilita la convivencia, hace atajos de cariño, multiplica las ideas. Es una pena cuando se manipula para otra cosa. El dicho “hablando se entiende la gente” parece tener menos importancia ahora.

Leer artículos y noticias y comentarios en un idioma distinto al materno es abrir ventanas al mundo. La habilidad más valiosa que les voy a heredar a mis hijos es poder pensar en varias lenguas. Aunque eso no les afloje la propia cuando me hablan a mí. Pero estoy segura que, cuando ellos mismos quieran abrir las puertas de sus mundos, el poseer las llaves idiomáticas se los va a facilitar. Y eso es una excelente noticia.

La vida en días

Tener días lunes sirve para acordarse que hay días viernes. Y no es que no me gusten, es que es el llamado para volverse a subir al tren de la rutina. Si los vagones son desagradables, no es culpa del conductor, sino de uno mismo. La repetición puede ser un bálsamo o una tortura.

Lo que pasa es que siempre llega el día lunes, como la necesidad de lavar ropa y hacer comida. Hay realidades ineludibles y es mejor aceptarlas con estoicismo que quejarse de ellas. Despotricar contra el paso del tiempo es protestar contra la sal del mar. Es lo que hay.

Este lunes llega igual que la semana pasada e igual va a regresar la siguiente. Tal vez me hubiera gustado tener dos sábados, pero como eso no sucede, mejor acompaño al día que tengo en casa. Tal vez si le ofrezco un café sea más llevadero.

Las cosas en común

Tuvimos un almuerzo con los amigos del karate. Invariablemente hablamos de las experiencias compartidas, de las cosas que se acuerdan nuestros compañeros de más edad, de lo que vamos aprendiendo. No conozco mucho de las vidas personales de algunos, pero les conozco cómo se paran al avanzar en un golpe y cómo se sienten sus huesos contra los míos cuando entrenamos.

Armamos tribus con las personas que coincidimos y, en las relaciones más personales, el secreto es que esos puntos de intersección sean más y más seguidos. Nunca vamos a estar juntos en todo, pero sí en las cosas importantes. La cosa se jode cuando cada uno agarra por su lado y quedan pocos nudos qué unirnos.

Se vale tener muchas tribus con las diversas actividades y saber que cada una cumple un propósito. Se vale también que uno vaya perdiendo el interés y se mueva hacia otro lado. Algunas relaciones tienen un propósito y no es el fin del mundo si se acaban. Y se vale que uno activamente busque recuperar cosas en común con las personas a las que uno quiere, no importa cuánto haya estado alejado. Los caminos tienen desvíos, pero si conservan un destino común, terminan volviendo a unirse.

Consecuencias no previstas

Hace un año, esperábamos que nos trajeran al primer perro de la familia. Llevaba diecisiete años negándome a tener uno, menos del tamaño que lo querían en casa. No me gustan los perros. No sólo por mi experiencia personal, sino porque no son mis mascotas favoritas. Prefiero los gatos.

Uno toma decisiones con la información que tiene a mano. El problema es que, dentro del universo de la realidad, uno ni siquiera sabe qué es lo que no sabe. Pero si esperáramos a tener toda la ruta detallada, no caminaríamos jamás. La vida pareciera estar hecha para ser recorrida medio a ciegas y por fe. Si Bruce Lee aconseja ser como el agua, para adaptarnos a lo que venga, coincido totalmente. Uno fija el curso y ajusta.

Ya pasó ese año, vino el perro y ahora tengo dos, porque una viejita necesitaba casa. Son encantadores ambos y nuestra familia definitivamente cambió con ellos, para mejor aún poniendo sillón destrozado, trastos comidos y diversos desastres en la balanza. Siguen sin gustarme los perros. Pero me gustan los míos.

Notas de gerencia

He aprendido a ser creativa en mis comunicados con mis hijos. Desde regaños silvestres hasta calendarios con premios. Pero es una cuestión evolutiva rápida y lo que funcionaba ayer, no lo hace hoy.

Criar gente es de la gran madre y muchas veces fallamos. Los psicólogos siempre tendrán trabajo porque, si hay una certeza de ser padre, es que uno la va a cagar en algo. Me acuesto muchas veces haciendo el recuento de las cosas mínimas que logré y, si todos están vivos, gano.

Al menos he aprendido. Y sigo haciéndolo. Ahora recurro a “notas de La Gerencia” para hacer comunicados oficiales. Entienden mejor así y no regaño. Hasta que eso no funcione.