Estoy preocupada

La domesticidad me sostiene en su rutina de cosas concretas que puedo lograr hacer mejor. Desde la comida hasta la ropa, esas pequeñas tareas que uno completa con éxito nos dan una semblanza de progreso, aunque no sea más que una ilusión tipo Sísifo.

En mi vida he aprendido a que muy, muy poco está en mi esfera de control y que casi todo no. Desde el clima del día hasta la enfermedad de un hijo, todo son circunstancias sobre las que no tengo influencia alguna. Sólo me queda actuar de piel hacia adentro. Y no se trata de un positivismo escapista, porque hay momentos como ahora en los que estoy verdaderamente afectada. Sino de una toma de espacio entre lo que me está pasando y cómo reacciono.

Escribir es parte de esa higiene espiritual. Aunque a veces ni siquiera yo sepa de qué va a salir el post porque aquí también hablo para pensar. Siempre sé que me siento mejor después. Y, sí, sigo preocupada, pero un poco menos.

Todas las consecuencias

Estábamos hablando con un grupo de mujeres acerca de cómo la maternidad está sobre-romantizada y cómo está bien decir que uno no puede con todo. Tener hijos, como todas las decisiones que tomamos, es andar en un camino a media luz. Uno tiene idea qué hay, pero sólo un trecho relativamente corto. El resto del recorrido está nublado. Uno nunca sabe la totalidad de las consecuencias.

Lo cierto es que, tal vez aunque lográramos imaginar todo lo todo que puede pasar, no lo asimilaríamos y tendría el mismo resultado. La ignorancia muchas veces es una bendición y le da a uno atrevimiento. Total, cada día es una incógnita y toca navegarlo con lo que uno tenga. La única opción, el no moverse, sólo se les concede a los muertos.

Mi maternidad está llena de retos. Como todas. Y muchos días siento que quisiera no estar, estoy cansada, frustrada, confundida. Pero hay otro día mañana. Y hay que seguir. Aunque no esté segura del siguiente paso en específico, tengo un faro en el horizonte y hacia allí trato de ir.

El premio es para…

Hago yoga en mi clóset. Con un app. Creo que es de las rutinas que más me cuesta mantener, porque lo hago al final del día y las excusas se me ponen en fila. La más evidente es que ya estoy cansada. Pero no me meto a un estudio porque, cuando logro hacerlo, me encanta no tener a nadie con quién compararme. El espíritu competitivo me posee siempre y es de los que más me cuesta amarrar.

Las competencias, con sus premios y primeros lugares, sirven para divertirse, para establecer marcas intrascendentes, para vender anuncios durante los juegos. Están bien, hay gente que vive de eso. Pero tienen poca relevancia un martes por la tarde en la vida de la mayoría. No estoy abogando por darle una medalla a todo el mundo, si compites o ganas o pierdes. Punto. Pero eso no debe ser el fin último.

He aprendido a hacer varias poses de yoga en mi soledad que no sé si hubiera logrado con más gente. Porque sigo compitiendo, pero contra mí misma y lo hago para ser mejor, no sólo para aparentarlo. No dan premios por eso, más que la satisfacción que me queda. Y eso es suficiente.

Detalles

En las relaciones las cosas pequeñas apuntalan las grandes. La gente rara vez se divorcia por un acontecimiento inesperado. Más bien, el vaso se derrama con la última de muchas pequeñas gotas. Al revés pasa igual. Las mejores experiencias están llenas de detalles que se complementan y ayudan a afrontar los grandes retos que siempre manda la vida.

Allí es donde ayuda conocerse y saber qué puede aguantar en lo cotidiano y qué no. Probablemente importe más cómo mastican que cómo reaccionan ante el ataque de un león, porque lo primero pasa todos los días.

A mí me llenan las palabras amables y los gestos pequeños de cariño. Obvio no me quejo de grandes cosas bonitas. Pero pueden estar esparcidas.

Hacer compañía

Qué alegre es tener una tribu, sobre todo para compartir. Hablando con una amiga acerca de la maternidad y lo agobiante que resulta a veces, hacíamos la observación que los humanos estamos hechos para tener estas experiencias en grupo. Que las generaciones anteriores de mujeres nos enseñen qué hacer y nos sostengan. No es lo ideal hacerlo solas.

La compañía también es buena en las ocasiones felices, las alegrías compartidas se multiplican. Los éxitos se pueden celebrar, no para hacer demostraciones, sino para esparcir la felicidad. También ayudan a saber que suceden cosas buenas.

Desde que vivimos tan aislados y las familias son más pequeñas y están dispersas, no tenemos necesariamente el beneficio de este apoyo. Pero hay que buscarlo. Que nadie nos haga sentir mal por no poder hacerlo todo solos. Se vale compartirse.

Reconocimiento

Llega el día en que ya no te toman de la mano para caminar. Ya no les gusta lo que cocinas. Ya no quieren que les cantes su canción para dormir. El cerebro descontrola las relaciones precisamente para que haya un rompimiento. Es uno de papá al que le duele, ellos están siguiendo el imperativo biológico y Dios nos libre de interferir. Truncamos la vida que debe transcurrir en su propio cause.

Yo creo que el problema moderno no ha sido alargar la adolescencia, sino pretender que no la tengan. Se perpetúa la dependencia, la falta de acción, el levantamiento de la toma de decisiones y estar resguardados de sufrir las consecuencias. Cero responsabilidad. En tiempos antiguos, a los adolescentes se les integraba como parte productiva de la sociedad.

No estoy abogando por sacar a los niños a sobrevivir desnudos en el bosque a los trece años. Pero sí a dejar de querer que sean parte de uno. Aunque me duela que ya no quieran estar siempre conmigo.

En la mente

Hace algún tiempo, hice una terapia que incluía sanar la relación con mi papá, quien aún en ese momento, ya llevaba varios años de muerto. La visualización fue intensa y sentí que, efectivamente, entre nosotros ya sólo quedaba cariño.

El mundo sólo podemos percibirlo a través de nuestros sentidos. El cerebro es el intérprete. Las emociones el sabor. Nuestras reacciones el resultado. Y todo eso pasa adentro nuestro. La subjetividad es universal y sólo porque hemos evolucionado para vivir en sociedad es que encontramos formas de converger.

Independientemente de por qué, lo importante es que tenemos la capacidad de trasladarnos, proyectar nuestro interior. Y hasta cambiar lo que nos rodea con un simple ejercicio mental. Que podo importa que sea o no “real”, sirve. Al final del día, todo está en la mente.

La repetición

Fallar goles en repetición es imposible. Mal chiste, yo sé. Pero es ilustrativo porque así precisamente es como no funciona nuestra memoria. No tenemos estanterías llenas fotos y videos de momentos específicos que sacamos para observar. Más bien, son figuras maleables que, al manipularlas, se deforman.

Las nuevas técnicas de terapia para personas con trauma consisten en redimensionar los eventos. Darles un nuevo significado y colocarse uno en una posición distinta. También hay ejercicios de abrazar al niño que fuimos y, aunque suene demasiado kumbayá, no deja de ser efectivo. No se trata de borrar lo sucedido. Es verlo desde un punto que nos ayude.

Repetir patrones nocivos es un intento mal llevado de alcanzar esa sanación. Tal vez en la segunda, tercera, enésima vuelta pueda hacerlo distinto. Mejor ir al primer evento y cambiarse uno. Eso sí se puede.

No te recuerdo

Qué pena, cuando me saluda gente en un entorno distinto de donde los conozco, generalmente no sé quién es. Me da tanta vergüenza, porque sé que sé, pero no. Me acaba de pasar y no va ser la primera, ni la última vez.

Los humanos hacemos claves para navegar en nuestro entorno. Tomamos los detalles una vez y luego ya sólo las características principales. Hacemos eso con todo, sobre todo con las caras de gente familiar. Desperdiciaríamos demasiado espacio de atención si volviéramos a contarles las pecas a nuestras parejas. Podemos suponer, con algún grado de certeza, que las cosas van a continuar igual. Pero… eso ayuda a que encasillemos las cosas a sus circunstancias y luego nos cueste sacarlas de allí.

Estoy tratando de no fallar en este ámbito. No me ayuda el cansancio en el que vivo, ya una vez olvidé el nombre de mi hijo. A los que me conocen (y yo no a ellos), les ruego paciencia. Lo único bueno es que no se me va a notar cuando me entre el viejo. Siempre he sido así.

Los atajos

Hay dos cosas clave en el cuento de la Caperucita. La que siempre me ha llamado la atención es que, conociendo el bosque (si no fuera así, la mamá jamás la hubiera mandado sola), no identificara que el camino ofrecido por el lobo no era el más rápido. El lobo no le promete riquezas ni golosinas, sólo una forma más rápida de llegar.

Los atajos son maneras eficientes de llegar a un destino, pero aún los verdaderos no son siempre los más convenientes. Entre la rapidez se pierden los detalles y allí va mucho del conocimiento útil. Uno debe conocer las cosas a detalle antes de saltárselas. Las reglas sólo pueden romperse cuando se conocen.

Los atajos son útiles. Ayudan en la comunicación de cuestiones generales, para llegar a tiempo a una cita y hasta para dar una respuesta angostamente correcta. Pero no para fijarse en lo que hay alrededor. Y, a veces, hasta se vuelven más largos.