La domesticidad me sostiene en su rutina de cosas concretas que puedo lograr hacer mejor. Desde la comida hasta la ropa, esas pequeñas tareas que uno completa con éxito nos dan una semblanza de progreso, aunque no sea más que una ilusión tipo Sísifo.
En mi vida he aprendido a que muy, muy poco está en mi esfera de control y que casi todo no. Desde el clima del día hasta la enfermedad de un hijo, todo son circunstancias sobre las que no tengo influencia alguna. Sólo me queda actuar de piel hacia adentro. Y no se trata de un positivismo escapista, porque hay momentos como ahora en los que estoy verdaderamente afectada. Sino de una toma de espacio entre lo que me está pasando y cómo reacciono.
Escribir es parte de esa higiene espiritual. Aunque a veces ni siquiera yo sepa de qué va a salir el post porque aquí también hablo para pensar. Siempre sé que me siento mejor después. Y, sí, sigo preocupada, pero un poco menos.
