Viscoso como ámbar

Mi mamá tenía unos aretes de ámbar con un mosquito atrapado. Igual que el mosquito de Jurassic Park al que le sacaron la sangre del dinosaurio, pero en chiquito. Me encantaban. Se los robaron.

Hay cosas que se quedan así, en suspenso en nuestra memoria: el sabor de una comida especial que nos preparaban de pequeños, la sensación del primer beso con frenos y todo, el dolor del parto de los niños y la dulzura de de sus pieles recién estrenadas. Guardamos esos momentos entre la resina de nuestra memoria y los mantenemos quietecitos para sacarlos cuando los queremos admirar.

Entre muchos de los recientes descubrimientos de cómo funciona realmente nuestro cerebro, resulta que cada vez que «sacamos» un recuerdo y lo examinamos, lo cambiamos efectivamente. Pareciera que somos incapaces de interactuar con nada, ni siquiera algo que ya sucedió, sin manipularlo. Así, tal vez el pastel que siento que me llena la boca con el sabor de los años pasados, no era tan rico como quisiera creer. Ni el parto fue tan traumático. Ni ese beso fue tan malo (aunque eso sí lo dudo, fue fatal).

Nuestra vida entera está hecha para cambiar. Por muy seguramente que nos guardemos, la misma sustancia en la que nos movemos es viscosa, tiene movimiento y, si no nos montamos y la dirigimos un poco, nos arrastra. Hasta los mosquitos de los aretes de mi mamá cambiaron de lugar. Deseo fervientemente que, quien los tenga, no trate de clonar a un T-Rex.

Darse a conocer

Eso de tener hasta diferente idioma para comunicarme con mis hijos, me pone inmediatamente en situación de comportarme de forma distinta con ellos. Y menos mal, dudo que tendría muchos amigos si los estuviera taloneando como hago con los peques. O que tuviera mucho éxito educativo con los niños si los molestara como hago con mis cuates.

Nos comportamos distinto en diferentes situaciones. Eso es un hecho. Lo cuál no es lo mismo que decir que seamos personas diferentes, con diferentes valores. Los modales, el vocabulario, el nivel de relajación y de familiaridad, eso es lo que necesariamente cambia. Y eso hace que no todo el mundo nos conozca hasta lo más profundo. Todavía hay algo más profundo: a veces necesitamos de alguien que nos sepa todas las mañas para poder reconocernos a nosotros mismos, porque hay cosas que nos gusta ocultarnos.

Dejarse conocer no es sencillo. Porque no todo lo propio nos gusta y es mucho más fácil que sólo le miren lo bonito a uno en dosis cortas y superficiales. Pero permitir que alguien se zambulla de cabeza en nosotros y llegue hasta nuestro verdadero fondo y que el resultado sea alguien que regresa con la mirada clara, una sonrisa y ganas de estar con uno, para eso existe la felicidad.

Que lo conozcan a uno y lo quieran así, es de las pocas cosas externas que aportan un verdadero bienestar. A mí me da pánico y el único valiente que lo ha hecho, ha sido lo suficientemente cauteloso como para acercarse de a poquito y sin que me dé mucha cuenta. Y es por eso que caminamos bien juntos.

El fuego que limpia

Mi emoción básica, esa que se me pone en «default» y a la que apelo con más frecuencia es el enojo. Supongo que para mí es más fácil sentirme enojada, que triste o frustrada o con miedo. Creo que me da alguna sensación de control y me impide quedarme de brazos cruzados esperando que sucedan las cosas.

No creo que sea la más feliz de las circunstancias, pero, en el momento adecuado, un buen enojo es positivo. Así como los grandes bosques necesitan de fuego para purificarse, una buena rabia controlada ayuda a limpiar muchas cosas que ocultan cosas más profundas. Si entendemos la depresión como la ausencia del sentimiento, por lo menos encachimbarse es sentir algo.

Podemos usar la energía de una cólera para combatir una injusticia. Para defendernos de algún atropello. Para cambiar el rumbo de una relación que no nos gusta. Para alejarnos de la gente que nos hace daño. O simplemente para hacer un buen berrinche, quedar exhaustos, llorar a mares y sentirnos más limpios al final del alboroto.

A pesar que es la emoción que más fácilmente identifico, no me considero una persona «enojada». Paso muchísimo más tiempo sonriendo que con el ceño fruncido (mejor las patas de gallo de risas, que los surcos en la frente). Pero, si la ocasión lo amerita, si me disparo unos enojos de campeonato. Lo más simpático es que sonrío cuando estoy más enojada.

Es nuevo, para mí

Nunca había escuchado Led Zeppelin. No sé, entre Beatles y Queen y Stones y Clash, este grupo británico se me escapó. Traté alguna vez, pero seguro no era el momento. La melodía que se esconde detrás de la disonancia aparente no me enganchó.

Hay libros que tienen momentos para leerse. Por lo que no entiendo en absoluto por qué ponen a los pobres adolescentes en el colegio, en la mera edad de las aventuras, a leer estulticias como esa novela romántica tan mala que ni de su nombre me acuerdo en este momento. Lo mismo con la comida. Hasta con las personas.

Todo tiene un momento para hacerse, ya sea que le llega a uno como por atracción cósmica, o porque uno se hace la ocasión. Hasta pareciera que las cosas que más le cuestan a uno que le gusten, son las preferidas más adelante. Algo así como con el sushi. Ése sólo a los marcianitos de mis hijos les pudo haber gustado a la primera.

No siempre es necesario «hacerse el paladar». Pero, últimamente, me he sorprendido con mi cambio y amplitud de gustos musicales. Y, aprovechando, le dí una buena oportunidad a Led Zeppelin. Toda la mañana me acompañó. Tal vez no sea mi banda favorita, pero qué bueno que me dí a esa tarea. Y, yo sé que no es nuevo, pero fue nuevo para mí.

Las reglas que se ignoran

En la casa de mis suegros, los niños son felices y gloriosos porque se despojan de todas las reglas de su casa. Comenzando con que al señorito le compran un muñeco de champurradas, le sirven un guacal de café con leche y le dejan rellenarse frente a la tele en estado cuasi catatónico. Y eso está perfecto. En casa ni hay pan dulce, ni café para los niños.

Hay mucho espacio para hacer las cosas conforme a las reglas externas. La casa desde la forma de bañarse, hasta la hora de acostarse. El colegio. El karate. Hasta algunos juegos tienen lineamientos estrictos que rigen su funcionamiento.

¿Y a qué horas vive uno? ¿En qué momento podemos salirnos a respirar, tal vez boca abajo y en ropa interior?

Salirse un momento del guión, aunque sea para descansar, es tan importante como identificar los límites que estamos dejando atrás. A mí en lo particular me encanta mi horario regimentado y mi predictibilidad diaria. Pero también siento la presión de demasiadas cosas que «tengo qué hacer» y la adolescente que queda dentro a veces pregunta ¿por qué tengo que hacerlo?

Tal vez lo más importante de esos momentos de pequeña rebeldía, sea exactamente el poder cuestionarnos por qué estamos haciendo lo que hacemos. Si tenemos suerte, volveremos a encontrar la motivación necesaria y nos daremos cuenta que siempre sí nos gusta. Pero para eso, tenemos que tener un espacio en donde nos reciban con nuestra propia versión de champurradas y café.

Jugar con uno mismo

Esperar que alguien juegue con uno es una de esas frustraciones de la niñez. Yo fui hija única y era rara la ocasión en la que tenía con quién compartir mis juegos. El resultado es que aprendí a disfrutar de actividades solitarias, como la lectura. Y que tengo comportamientos un poco desesperantes entre un grupo.

Los humanos tenemos necesidad de vivir en sociedad para sobrevivir como especie. Desde siempre hemos existido en grupo de aproximadamente cien personas, dividiéndonos el trabajo y compartiendo penas y alegrías. Hay estudios que demuestran que somos más felices y colaboradores en este tipo de sociedades. Cuando llegamos a la urbes inmensas, nos vemos constantemente rodeados de personas, pero nos sentimos más solos. Es una cuestión de pertenencia y conocimiento. Pocos lazos afectivos puedo pretender establecer con miles y miles de personas a las que apenas vislumbro entre la muchedumbre.

Y allí es donde tenemos que violentar un poco nuestra naturaleza tribal y buscar en nuestro interior la compañía que siempre tenemos: la de nosotros mismos. Estar preparados para pasar satisfechos, aún estando solos, irónicamente nos abre a establecer mejores relaciones con otras personas.

A mí todavía me cuesta esa transición. Me siento cómoda estando sola, me cuestiono constantemente qué tan mal le estoy cayendo a la gente a mi alrededor. Lo bueno es que, poco a poco, he encontrado gente fantástica que está dispuesta a tenerme paciencia. Para todo lo demás, juego sola.

El resultado de la necedad

Tengo dos años de hacer karate. No es nada y, si se trata de poner como meta la cinta negra, me queda más del doble. Pero esa no es mi meta, aunque obvio que quiero llegar a esa cinta. Lo que yo más quiero es hacer bien un zuki con paso. Es el movimiento más básico del deporte: un golpe de mano dando un paso con el pie del mismo lado. Suena tan sencillo. Y luego muevo mal el pie de enfrente, no hago bien la reacción, no desarrollo el brazo…

Podemos hacer miles de cosas y hasta nos pueden quedar aceptables. Pero hay una satisfacción especial en hacer una cosa perfecto. Hasta un avioncito de papel hecho con cuidado y que logre volar lejos es un aporte al mundo. Porque todo lo que hacemos repercute de buena o mala forma en nuestras vidas. Y uno puede guardar como algo especial la satisfacción de ser excelente en algo.

Ni siquiera nuestras habilidades determinan en dónde vamos a tener excelencia. Irónicamente, mientras más fácil nos salen las cosas, menos empeño les ponemos y nos conformamos con hacerlas «bien».

Yo no quiero hacer algo sólo «bien». Yo quiero hacer mi oi zuki perfecto. Todas las veces. Y para eso me sirve la necedad que pelea contra mi falta de talentos naturales. Me queda mucho tiempo para ejercer esa virtud.

¡Ay, qué pena!

Hoy en el súper, no había bolsas grandes en el área de verduras en todos los dispensadores. Sólo en uno. Uno de los muchachos que trabajan allí me llevó a donde estaban las deseadas bolsas. Allí había otra señora. Parada. Inmóvil. Como estaba frente a los bróculis Y las bolsas, le pregunté si ella también quería una bolsa. Me movió las comisuras de la boca hacia arriba y me dijo que no. «Que no tuviera pena.» A lo que yo procedí a halar el tanate de bolsas que uso para guardar la montaña de comida que inhalan en mi casa. Me tardé. Halé dos veces. Quise cortar la última bolsa. Se trabó. Tuve que hacer esfuerzos que no corresponden con lo frágil del material para separar mi tira de la del dispensador. Al fin, terminada la tarea, me alejé. Y la señora procedió a halar bolsas para ella…

Saber ser amable y educado abre muchísimas puertas. Pero no ser asertivo nos empuja a atravesar las que no queremos. Pocas veces nos encontramos con alguien que, con una sonrisa agradable, nos da las gracias pero siempre no quiere ir a lo que lo estamos invitando. No tengo ni idea de cuántos «amables» estarán clavados en clubes a los que nunca quisieron pertenecer. «Mire, esto que hizo está mal hecho, vuélvalo a hacer, por favor.» No. Preferimos tragarnos algo a medias antes de quedar mal. «No gracias, no quiero salir con usted, muy amable.» Pero terminamos con parejas a las que no supimos quitarnos de encima.

Ser claros, directos, se confunde con ser pesados y malcriados. Nada más lejos de ser cierto. Un «no» dado a tiempo ahorra desgastes emocionales y pérdidas de tiempo que no se pueden traer de nuevo.

Ni qué decir que la famosa señora de las bolsas se me quedó viendo con cara de «¡Qué jode!». La vi a los ojos y le dije: «¿Verdad que sí quería una?» y me alejé con mi tira.

Perderse

Las crisis de la mediana edad se caricaturizan con un carro deportivo rojo, cambio de imagen y hacer sencillo a la pareja. Y es que, llegar a lo que ahora viene siendo la mitad de la existencia, es un jodido alto en un camino que dista mucho de terminar, pero que ya va bien avanzado. Nos entra el veneno de la duda ¿será que he hecho algo que valga la pena? ¿Qué me queda por hacer ahora? ¿Cómo puedo arreglar los cagadales que he dejado regados?

A mí, la década me está trayendo una sola pregunta que me pesa en el esófago: ¿soy la persona que quiero? Es una pregunta cargada de todas las carencias que aún no resuelvo. La verdad, es que primero debería uno preguntarse, quién quiere ser uno. No se puede serlo todo, por lo menos no al mismo tiempo. Y abrir una puerta, tomar un camino, nos aleja de otro rumbo.

Me encanta esta etapa jodida. Mi vida los últimos diez años ha corrido sobre rieles que tendí hace mucho tiempo y estoy llegando al final de la pista. Aún me queda mucho qué recorrer y tengo la oportunidad de ajustar el compás. Tal vez, hasta pueda tomar algún desvío y ver el horizonte, antes de regresar a la carrera. Total, ya sabemos que la meta siempre es la misma para todos.

¡Muy feliz cumpleaños!

En algún momento del fin de semana, logramos quitarnos años de encima y regresar a los niños que éramos cuando nos conocimos. Viéndote a los ojos, te pusiste nervioso y no pudiste sostener mi mirada. Ha sido de los momentos más dulces de los últimos años llenos de niños y trabajo y casa…

Hay una conexión especial entre los dos, que siempre nos ha halado a la par del otro, aún sin proponérnoslo. En estos años de compartir cambios de cifra contigo, no hemos tenido ni uno aburrido. Ya nos los dijo un amigo, ustedes van a vivir en una montaña rusa, pero lo van a hacer juntos.

Me encantan tus cumpleaños. Por verte feliz, por darte regalos, por despertar a los niños para que te den un abrazo. Sobre todo me gustan, porque ya puedo estar tranquila que otra vez eres más viejo que yo.

¡Feliz cumpleaños Amor!