Si no lo han notado, soy mandona. O por lo menos eso parezco. Lo divertido es que, mandar, mandar, sólo le doy órdenes a mis hijos. Con el resto del universo, lo que hago es sugerencias directas, pueden o no seguirlas, me tiene sin cuidado. Sigo sin entender en qué momento nos quedamos sin la capacidad de aceptar conversaciones directas.
Es cierto que las redes sociales de caracteres limitados dan muy poco espacio para sutilezas, colores de tonos y demás facilidades del lenguaje. Poco se puede hacer en un tuit más que una invitación. Pero no es como que en un uno a uno yo haga demasiado esfuerzo por echarle betún a mis palabras.
Me he topado muy raras veces con alguien que se siente frente a mí y me pregunte claramente qué es lo que quiero. Es refrescante y bonito y tranquilizador. Pero entiendo que no se puede navegar así por la vida, porque mi tono, mis palabras y mi lenguaje corporal son un poco intensos y no sirven para todos los días.
Lo fantástico es que la gente que me conoce de cerca, ésa que come conmigo seguido, me ve que puedo estar callada y tiene idea que hay alguna medida de suavidad dentro de la coraza, ésa simplemente me ignora cuando me paso de comandante. Lo cuál está perfecto. La única persona que me tiene que hacer caso (a parte de mis hijos) soy yo.
