Las transiciones

El miércoles 21 de septiembre me toca mi examen de karate y siento el estómago como si me hubiera tragado una piedra de la ansiedad. La kata, en vez de salirme mejor, cada vez le encuentro más defectos que no había visto y que tengo que corregir. Hoy, por ejemplo, mi shihan me señaló que un movimiento era una transición y que por eso había que hacerlo fluido. Joder. Si yo le estaba haciendo pausado porque no me salen las posiciones de pies de otra forma.

Las transiciones son difíciles, en todos los aspectos de la vida. Y no entiendo por qué todavía nos sorprenden. Si la vida entera es una etapa de cambio de un estado efímero al otro. ¿O acaso ustedes se han logrado quedar para siempre en el mismo lugar de sí mismos?

Lo bonito es que «trascender» tiene la misma raíz. Sólo podemos llegar al otro lado, a ese lugar que nos llama, si nos movemos de donde estamos en este momento. Y, sí, es difícil e incómodo. Pero es la única forma.

Para cambiar sin rompernos la cara hay que practicar. Para hacer las cosas mejor cada vez, hay que fijarse en todo lo que nos hace falta para hacerlas perfectas. Y para poder cambiar de cinta en el karate, tengo que aprender a mantener el «flow» en mi kata. Permiso, me voy a practicar.

Sí y no

Mi umbral del dolor es altísimo. Logro encontrar el punto en el que sólo se vuelve una sensación neutra y ni modo, allí se va. Pero parezco la princesa del guisante si hay una arruguita en la cama. Me vuelven loca las etiquetas. Todas las costuras de las calcetas me molestan.

No somos planos, unidimensionales, con sólo una línea recta para describirnos. Como seres humanos nos llenamos de contradicciones que cohabitan en nuestras vidas. Generalmente no nos hacen daño. Pero, cuando son cuestiones conflicto entre lo que decimos que pensamos y lo que realmente hacemos, nos hacemos daño a nosotros y a todo el mundo a nuestro alrededor. Las contradicciones nos hacen humanos, nos balancean, nos nivelan. Creer en la justicia Y la misericordia nos salva como especie. Querer estar feliz y cómodo, pero desear algo más, no nos deja ni estar eternamente insatisfechos, ni completamente aletargados.

Aceptar que en la vida nos puede gustar algo que es completamente contrario a otra cosas que también nos atrae, nos amplía el mundo. Podemos contener muchísimas cosas aparentemente chocantes dentro de nuestro ser. Y por eso somos complejos e interesantes y, a veces, inaguantablemente erráticos.

Poder aguantar el dolor me deja hacerme tatuajes y dormirme. Mi sensibilidad exagerada me hace estirar la cama y despertarme a media noche porque está doblada la sábana. Espero que sea uno de esos defectos adorables y no simplemente algo más cómo caer como patada entre las cejas. O podría ser ambas.

El lado oscuro

En la casa somos fans de Star Wars. Los niños reconocen la musiquita desde la primera estrofa, mi protector de pantalla es un BB8, no hemos «rallado» los DVDs, sólo porque la tecnología nos ampara. Las historias distan mucho de ser perfectas (por favor, no me comiencen a decir que sí lo son, o que las películas I, II y III no deberían haber existido jamás). Lo que atrae de la narrativa, por lo menos a mí, es que establece una dicotomía fatal entre el bien y el mal. Nada en medio.

Si la vida fuera así de radical, sería muy sencilla. Ser «bueno» o «malo» deja que escoger se nos haga fácil. Nadie quiere ser malo, siempre cree que está actuando en el mejor interés posible, aún cuando hace daño. Todos creemos que somos buenos, que lo que hacemos está bien, justificamos las cosas que estamos seguros van a herir a alguien con argumentos que no le creeríamos a alguien más si nos los diera.

La vida se mueve entre decisiones que pesan. Unas más que otras. Así guiamos el barco en el que navegamos, metiéndonos a veces en la tormenta porque creemos que lo que queda más allá vale la pena. O nos dan ganas de quitarnos la ropa y tirarnos al mar, que la corriente se lleve el barco, ya qué.

Todos tenemos capacidad de hacer cosas buenas y malas. Todas las cosas que hacemos tienen ventajas y desventajas. Sólo nos toca asumirlas y cargar con ellas. Cada quien hace tan pesado el bulto como quiera. Igual a mí me sigue gustando Darth Vader.

Hasta la próxima

Invitar 4 amigos con hermanos y papás requiere, para mí, más preparación que invadir Normandía. Lugar, comida, bebidas, entretenimiento, piñata, dulces. Que si llueve, que si no. Que si alcanza el pastel. Que si sobra. Al final termino acabada.

Salirse de la zona de confort inmediatamente nos hace fijarnos más en los detalles. Es como cuando ya conocemos un cuarto tan bien que lo atravesamos a oscuras, pero nos perdemos los detalles. Llegamos a un lugar nuevo y estamos pendientes de lo que hay a nuestro alrededor.

Cada vez que estiramos esa cajita en la que nos asentamos cómodamente, que nos hacemos un poco de violencia para lograr cosas que no nos gustan, expandemos nuestros mundos. Las ideas nuevas nos conectan más neuronas. Los sabores diferentes nos dejan ampliar el paladar. Hasta los músculos necesitan que los rompamos para ser más fuertes.

Querer quedarnos encerrados en un lugar conocido es válido. Es más, no tenerlo es quedarnos cual perros sin hogar a la intemperie. Pero el mundo es enorme y hay que salir a verlo. ¿Quién quita y somos buenos para más cosas?

Estoy agotada. Pero la cara de felicidad de la niña compensa la pelada de nervios que me acabo de dar del estrés. Además, es sólo una vez al año.

Cuando todo se mide

Si les preguntan a mis hijos, el estómago tiene un compartimento extra para el postre. Si no, ¿cómo se explica que les cueste terminarse la carne y el arroz, pero que 8 bolas de helado se desaparezcan como si nada? Lamentablemente, para todo el resto de cosas en la vida, antes de meter algo nuevo, generalmente hay que quitar lo viejo.

Alguna vez escuché que la mente de un niño es como un teatro vacío que hay que aprovechar de llenar de cosas buenas. Así igual pareciera que las cosas que hacemos desde hace mucho ya llevan su aviada en nuestras vidas. Sobre todo ésas que se hacen en automático y que ya no se aprecian como al principio.

Existe un riesgo cuando queremos incluir cosas nuevas que varían radicalmente de nuestros hábitos: el de romper con la vida que ya llevamos. Lo peor que podemos hacer es estrellar el cántaro de nuestras vidas contra una pared nueva, sin considerar qué vamos a hacer después con los pedazos. Y no es que nunca haya que cambiar. Al contrario, el cambio es inevitable. Pero somos mucho más felices cuando medimos el precio que hemos de pagar por lo que nos llama la atención. Cuando dimensionamos que eso que nos gusta tanto, nos gusta menos que lo que ya tenemos, volvemos a darle valor a lo que alguna vez también fue nuevecito.

Siempre dejamos de hacer cosas. No hay tiempo suficiente para aprenderlo todo, ni dinero para comprárnoslo todo, ni atención para agradar a todos. Hay qué escoger y ser feliz. Porque, en esta vida, sólo hay un compartimento extra para el helado.

Tres opciones

Conocer gente nueva es una buena oportunidad para volver a concerse uno mismo. Hace unos día fui a una fiesta en donde estuve con amigos de redes. O sea, gente con la que «platico» en Tuiter casi todos los días, pero que miro tal vez una vez al año. Y fue fantástico. Poder escuchar qué pasa en sus vidas más allá de lo que postean, reafirma la leve impresión que dejan sus 140 caracteres: son personas interesantes, simpáticas y divertidas.

Pero eso no me sorprendió. Lo que saqué de cosa nueva fue el haber salido de mi zona de confort usual y lograr pasármela tan bien. Yo siempre he dicho que soy alguien con quien es muy difícil convivir. Algo así como una ducha fría: o me aman o me odian, siendo los más los segundos.

Los extraños, como los espejos, nos reflejan lo que estamos proyectando. Ante esa imagen, tenemos tres formas de afrontar la realidad que vemos. 1. Quitamos el espejo para no volver a vernos. 2. Aceptamos con resignación la imagen y decimos que somos así. 3. Agradecemos lo que nos gusta y trabajamos por cambiar lo que no.

Si, consistentemente, caemos como patada entre los ojos, tal vez no sea el mundo el que sea tan injusto. Y, aunque no va a cambiar uno para caerle bien a todo el mundo con el que se topa, sí podríamos mejorar lo que no nos gusta a nosotros.

Yo me la pasé feliz. Todos me parecieron encantadores. Y salí satisfecha. Ahora, de regreso a cambiar la montaña de cosas que no me gustaron.

Reventar la burbuja

Yo quiero pensar que me relaciono con muchos tipos de personas, que varían en edad, gustos, ideologías y hasta idiomas. Para mí, una de las mejores enseñanzad del colegio en donde estuve fue la variedad de realidades que convivíamos juntos y cómo el mérito que más se reconocía era el del esfuerzo propio. Poco importaba el apellido que seguía al nombre al profesor alemán que venía a dar clases por unos años.

Mi círculo de conocidos cordiales es bastante amplio, pero, si hemos de ser completamente sinceros, no paso de salir de una burbuja para entrar a otra. Cada grupo homogéneo de personas comparten un set de reglas particulares, que van desde conformarse a las más conservadoras, hasta tratar de hacer casi que todo lo contrario.

Pero todos los grupos son, por definición, excluyentes. Porque, como humanos, nos definimos más por lo que no somos, que por lo que podemos ser. Es más fácil decir qué nos disgusta, qué no podemos comer, qué nos cae mal. La lista en positivo de nuestras preferencias a veces se vuelve interminable. Y eso nos hace enfocarnos mucho más en lo que no tenemos en común con la gente que se encuentra afuera de nuestra chibolita.

Para hacer amistades nuevas, los lazos de las cosas compartidas son mucho más fuertes que todo lo que nos diferencia. No es mucho lo que necesitamos para abrirle un pequeño agujero a la caja de nuestro diario vivir y dejar entrar aire con olor nuevo. Nadie dice que necesariamente debemos aceptar y adaptarnos a todo. Pero cerrarse de entrada a buscar lo que nos une con alguien más, es igual a negarse a probar una comida porque es nueva. ¿Cómo vamos a saber si nos gusta?

A mí me gusta mi burbuja. Y también me gusta acercarme a otras y ver si podemo unir gustos. El material que rodea mi vida es fluído y da para mucho. También da para hacerse pequeño cuando quiero.

Juez de pueblo sin gente

Si me preguntan por qué estudié Derecho, contestaría que porque me gusta la argumentación lógica. Pero si me inyectan suero de la verdad, tendría que contestar que miraba una serie que se llamaba «Night Court» y que me fascinaba el personaje del juez. Era súper inteligente, culto, divertidísimo y manejaba una lógica jurídica que quedaba muy grande para los casos de poca monta que le llevaban.

Tomar decisiones como profesión. Eso quería yo. Y, resulta, que todos, todos, hacemos eso todo el tiempo. Desde con qué actitud nos vamos a levantar, hasta la posición en que nos vamos a dormir. Cada una de esas decisiones, nos toman un momento de concentración mental. De energía. Por eso cuando tomamos alcohol, lo primero que tiramos por la borda es nuestra capacidad de decidir, porque nos dejamos ir.

Yo decido por mí y eso ya es suficientemente pesado. Pero también me toca dirimir conflictos de los dos enanos que tengo que educar. «No, no te puedes ir vestida de Blanca Nieves al colegio.» «No, los deberes se hacen antes de salir a jugar.» Y todo esto, esperando también dejarles suficiente espacio para que, cuando yo no estoy, tomen las decisiones correctas.

Hoy, así cansada como estoy, quisiera no tener que servir de Salomón ni una vez más. Quiero llegar a mi cama, quedarme dormida como caiga y no despertar hasta que los dos ya vivan en otro lado. Y, mientras escribo esto, ya estoy pensando en qué les voy a poner en la lonchera y cómo los voy a llevar el sábado…

Las soluciones evidentes

Ya casi pasó un mes desde que tosí viendo hacia el lado equivocado y me dio un espasmo de película en la espalda. De ésos que molestan para levantarse y sentarse y levantar la tapa del baño. Nadar y el karate y las pesas no me dolía, pero bajar y subir al carro era una tortura. Yo, que no necesito mucho, me pasé con un nivel un poco más elevado de enojo que el que manejo normalmente. Sí, me inyecté y tomé medicina y fui a la acupuntura y probé con yoga. Nada. Ya hace unos años me pasó algo similar y, luego de una serie de exámenes el doctor me dijo que estoy defectuosa y que eso me va a seguir pasando. ¡Santo consuelo!

Hay cosas que nos duelen en el ánimo, que se manifiestan en momentos claves y que nos empujan o arrastran a cambiar lo que nos hace daño. Esa imposibilidad de levantarse en la mañana para ir a un trabajo que nos tortura. O el lazo que estruja el corazón cuando se supone que tenemos que ver a alguien al que ya no aguantamos. El ácido que nos come el estómago antes de entrar a un examen para el que no estamos preparados. Y probamos de todo: ponemos más temprano la alarma, nos arreglamos para esperar a esa persona, rezamos quinientos rosarios antes del examen. Probamos de todo menos lo que verdaderamente tenemos qué hacer.

La vida generalmente tiene soluciones sencillas, evidentes, aunque a veces no nos sean fáciles. Como mi dolor de espalda. El doctor, en ese entonces, me recetó un par de plantillas que metí en un par de tenis viejos y que no uso seguido, porque taaaaan fachuda no soy. Hasta el lunes. Y el dolor desapareció.

La incomodidad

Mi vida transcurre en un colchón de horarios que me dan paz. Meterle nuevas cosas a mi rutina se puede, pero hay que planificarlas con cuidado. Me acaba de recordar Facebook que mis tres palabras más odiadas son «cambio de planes».

Todos tenemos una zona de confort. Ese cauce tranquilo al que podemos tirarnos en una llanta y transcurrir felices viendo el paisaje. Avanzamos, sí, pero no demasiado rápido. Es el camino seguro, ese que sabemos perfectamente bien a dónde nos lleva. Tenemos que tener un lugar así. ¿Cómo recargaríamos las baterías? Nuestro ser interior nos tiene que dar esa paz.

Pero todo lo demás… Eso hay que moverlo y ponerlo de cabeza cada cierto tiempo. Porque quedarse estancado en cualquier cosa, es quedarse atrasado del cambio. Los hijos crecen y necesitan cosas distintas de nosotros. Nuestras parejas también crecen y tenemos que conocerlas de nuevo. Hasta nosotros mismos cambiamos. Llega el momento en que lo único que se vale que mantengamos cómodo, son los zapatos.

Hasta ahora, hemos sido un núcleo contenido entre nosotros cuatro y nos ha bastado. Pero los enanos ya tienen otros intereses fuera de su casa y necesitan llenar sus necesidades emocionales con personas distintas a nosotros. Eso me implica cambiar de rutinas, abrir mis planes, ampliar mi círculo. Por mucho que me cueste. Mejor dicho, sé que lo tengo que hacer, precisamente porque me cuesta.