El último viaje que hicimos, casi pierdo diez años de la poca juventud que me queda cuando me di cuenta, cuatro días antes, que los pasaportes de la niña y el mío estaban vencidos… Di mil vueltas y los sacamos bien, pero fue carrereadito y decidí que nunca más me iba a volver a suceder. Muy aplicada, apunté en mi calendario electrónico todas las fechas de vencimiento, con seis meses de plazo de anticipación. Efectivamente me salió la notificación de renovar el pasaporte del niño y yo, muy atinadamente organicé írselo a sacar ahora en vacaciones.
Mi vida organizada me da paz, porque siento que la puedo echar a andar sobre rieles y que se maneja sola en un montón de aspectos de los cuales ya no me tengo qué preocupar. Al final de cuentas, para eso existe la planificación. Hay muchas decisiones que nos quitan el cerebro y que ni siquiera deberían estar entre nuestra cotidianidad. Hasta la ropa. Tan fácil que sería no pensar en qué ponerse todos los días.
El problema es que no se puede detallar todo. Hay que dejar espacios en la previsión para los imprevistos. Esas cosas que se escapan a nuestra imaginación y que siempre surgen como malas invitadas. Y no siempre son externas. A veces nuestra propia mente nos hace las malas pasadas.
Como con el pasaporte. Ya habíamos hecho la cola, ya estábamos sentados, ya casi nos llamaban… decidí pasearme por la nostalgia y revisar fotos del niño cuando era bebé. Estaba vigente. Hasta dentro de dos años. El que vence es el de mi marido. Ni les cuento lo feliz que se puso.
