En mi casa casi hace frío. Tengo puesto un suéter liviano y Keds sin calcetas. Me senté a leer y tenía un poco de incomodidad, nada del otro mundo. Me aguanté. Y no pasó nada. Casi tenía frío, pero no lo suficiente como para taparme más. Al cuerpo le cae bien estar un poco retado por los elementos.
No tenerlo todo resuelto nos hace esforzarnos. Antes teníamos que correr rápido (por lo menos más que el de al lado) para que no nos comiera el tigre. Guardábamos comida para el invierno y sabíamos pasar hambre. Dormíamos en el suelo. Éramos más fuertes, más ágiles y probablemente más aptos para sobrevivir.
Ahora conseguimos comida las 24 horas del día, cambiamos de ropa porque nos aburre, pedimos que nos alimenten de entretenimiento inmediato. Y le huimos a la incomodidad. Como si nos fuéramos a partir en mil pedazos por el menor esfuerzo.
Somos más fuertes, resistentes, ingeniosos y perseverantes de lo que nos imaginamos. Hemos poblado casi todos los rincones de nuestro mundo, sin importar las circunstancias adversas. Trascendemos nuestra propia existencia desde las profundidades de nuestra mente. Transformamos nuestro entorno en belleza a través del arte.
Acoger un momento de incomodidad, de dolor, de sufrimiento, porque sé que me transforma, me fortalece, me hace mejor, es una de mis pequeñas luchas diarias. Claro, luego salgo a recoger a mis hijos a la parada y recibo un poco de sol que me calienta. Me relajo un momento. Y luego sigo.
