Un poco de sol

En mi casa casi hace frío. Tengo puesto un suéter liviano y Keds sin calcetas. Me senté a leer y tenía un poco de incomodidad, nada del otro mundo. Me aguanté. Y no pasó nada. Casi tenía frío, pero no lo suficiente como para taparme más. Al cuerpo le cae bien estar un poco retado por los elementos.

No tenerlo todo resuelto nos hace esforzarnos. Antes teníamos que correr rápido (por lo menos más que el de al lado) para que no nos comiera el tigre. Guardábamos comida para el invierno y sabíamos pasar hambre. Dormíamos en el suelo. Éramos más fuertes, más ágiles y probablemente más aptos para sobrevivir.

Ahora conseguimos comida las 24 horas del día, cambiamos de ropa porque nos aburre, pedimos que nos alimenten de entretenimiento inmediato. Y le huimos a la incomodidad. Como si nos fuéramos a partir en mil pedazos por el menor esfuerzo.

Somos más fuertes, resistentes, ingeniosos y perseverantes de lo que nos imaginamos. Hemos poblado casi todos los rincones de nuestro mundo, sin importar las circunstancias adversas. Trascendemos nuestra propia existencia desde las profundidades de nuestra mente. Transformamos nuestro entorno en belleza a través del arte.

Acoger un momento de incomodidad, de dolor, de sufrimiento, porque sé que me transforma, me fortalece, me hace mejor, es una de mis pequeñas luchas diarias. Claro, luego salgo a recoger a mis hijos a la parada y recibo un poco de sol que me calienta. Me relajo un momento. Y luego sigo.

Complementos externos

Ahora, en vez de multivitamínicos, tomo mis suplementos por separado, porque leí en alguna parte que era mejor. Entonces me trago 12 pastillas de un solo por las mañanas, otras 8 al mediodía, 4 en la noche. Sólo acordarme de hacerlo ya es ejercicio para mi mente… Pero resulta que nuestra forma de vida moderna no nos da lo que necesitamos para estar en nuestro estado óptimo y tenemos que meterle una ayuda.

Pero no puede ser una ayuda cualquiera, tiene que ser de buena cualidad, que la absorba eficientemente el cuerpo, en las cantidades correctas y al momento adecuado. O sea, las cosas siempre son menos sencillas de lo que deberían.

Igual que cuando uno necesita ayuda, sobre todo emocional. No se recibe de la misma forma un consejo de parte de alguien con el que uno vive, que de un tercero con autoridad. Los que tenemos hijos sabemos perfectamente bien el «así me lo dijo la maestra y así es»…

Tampoco estamos siempre en el momento correcto para escuchar las cosas. Los berrinches y momentos de confusión son los peores para escuchar palabras sabias.

Claro que uno ya está grandecito y debería poder separar sus propias tormentas de los faros que brillan para guiarlo. Debería. A veces es difícil navegar dentro de la propia mente sin naufragar.

Pero hay ayuda afuera. Para eso tiene uno amigos, familiares sensatos, parejas amorosas y profesionales preparados. Es sólo cuestión de decidirse a usarlos. Y tragarse las pastillas de la incomodidad.

Un lugar propio

Ha sido la felicidad más grande para mi marido tener su estudio en la casa. Uso la palabra «estudio» con mucha amplitud, porque más parece una tienda de juguetes. Pero es su espacio y él se siente bien entre rojos y azules y superhéroes y demás cosas.

Tener un lugar propio, que refleje lo que uno es y le gusta, aunque sea una mesa de trabajo en una esquina es una forma física de manifestarse. Y eso tiene un valor más allá de lo evidente. Podemos ver qué creemos que somos, hasta cierto punto, y contrastarlo en nuestro interior. ¿De verdad todavía me gusta bordar, o sólo lo sigo haciendo por recordar a mi mamá? ¿Por qué dejé de dibujar, si me daba tanta satisfacción?

Es diferente arreglar un espacio para lo que se quiere hacer en momentos de quietud a amontonar todo lo que a uno le sobra en la mesita de noche. Igual con la vida. Analizar qué queremos conservar de nosotros mismos y manifestarlo al exterior nos ayuda a crecer por donde queremos. Que no es igual a dejarnos llevar por todo lo que llevamos dentro y sólo reaccionar como bien nos vaya en ese momento.

Tener un lugar propio, externo e interno… Ordenado y calmado. Jamás se tomaron buenas decisiones desde la confusión. No importa si para mí mi lugar sea morado y para otra persona azul. La cosa es tenerlo.

(Es)Forzarse

Hacer pesas implica reventarse los músculos. Literalmente. Se hacen microrasgaduras que luego repara el cuerpo y así se fortalecen. Por eso es que siempre hay que cambiar la rutina de forma que siempre exista un poco de dolor. El cuerpo necesita retos. Incomodidades. Rompimientos. 

Y también necesita descanso, alimento, cariño, cuidados. Si no lo recibe, truena.

Así la vida. Si no estamos un poco incómodos, no cambiamos ni crecemos. Ese estado se llama «muerte». Pero tampoco podemos estar sufriendo todo el tiempo a riesgo de nuestra salud mental.

Poder identificar en dónde hay que empujar y pasar dolor y en dónde hay que descansar y dejar ir nos permite ir siendo mejores. Y eso a veces es muy difícil. Nos cuesta dejar las cosas familiares aunque nos duelan, porque nos sentimos cómodos. Nos da miedo hacer cosas nuevas aunque sean buenas, porque detestamos la incertidumbre. Y terminamos forzando situaciones insostenibles en vez de esforzarnos por crecer.

Eso duele y lastima y no nos lleva a ninguna parte. Pero tampoco es fácil. Sencillo, pero no fácil. Tal vez nos ayudaría si pensáramos que el cambio es inevitable y que mejor tomamos las riendas del asunto en vez de simplemente dejarnos llevar.

La incomodidad y el dolor no son malos, mientras nos hagan más fuertes. Igual la vida siempre le sube al peso. Mejor si estamos preparados.

(Re)Conocerse

Ya mero me tocan reuniones de inicio de año escolar. Casi siempre piden que uno diga cómo se llama y se «presente». Me cuesta un mundo hacer eso. ¿Cómo se va a definir uno en menos de un minuto?

Uno de los adagios más útiles, antiguos y difíciles de seguir es «conócete a ti mismo». Teniendo en cuenta que uno es un conjunto complejo y cambiante de factores internos y externos, ese consejo es como el ejercicio para toda la vida. No somos dueños muchas veces de nuestras reacciones emocionales ante estímulos externos. Tenemos una esfera muy pequeña de influencia directa. Nuestros cerebros se quedan dándole vueltas a ciertos pensamientos que cuesta dejar ir.

Autodefinirnos debería de ser un trabajo que nos dure toda la vida. Lo que pasa es que es complicado verse a uno mismo con suficiente objetividad como para aceptar todo lo que uno es (y no). A veces la gente externa encuentra cosas que uno proyecta, con las que tal vez ni nos identificamos.

Hay muchas herramientas para lograr esa «iluminación»: terapia, escribir, meditar. Aún así, no sé si uno llega hasta el verdadero núcleo.

Para mientras, iré pensando qué voy a decir mañana que me toque presentarme.

Terminar

Tengo pendiente hacer un álbum de fotos para mi hija desde hace dos años. Hay proyectos que me cuesta terminar. No sé si es porque me dan nostalgia, como si no quisiera cerrar la puerta de un lugar que me gustó.

Cerrar círculos de forma definitiva suena un poco dramático, pero es muy sano en la vida. Poder romper relaciones con personas que nos hacen mal. Finalizar trabajos, tesis, libros. Ponerse una meta a dónde ir y atravesarla.

También hay que estar consciente que hay cosas que se trabajan de forma constante: la forma de comer, el ejercicio, conservar las relaciones que nos importan. Tal vez lo más importante es saber distinguir qué continuar y qué terminar. No siempre es fácil. Sobre todo cuando algo que no necesariamente nos hace bien, nos gusta.

Allí es en dónde me sirve poder proyectarme al futuro. Las cosas que sé que me van a ayudar a avanzar, a mejorar, a aprender, ésas son en las que sé que tengo que trabajar constantemente. Todo lo que me saca de ese centro y que no me aporta más que una satisfacción efímera, ilusoria, entiendo que mejor la cierro definitivamente y mientras antes, mejor.

Y luego están los proyectos que no tienen ni meta en el tiempo, ni impacto en el futuro. Como el álbum. Pero igual lo tengo qué terminar.

Una tarde libre

La última vez que me dí un descanso de mi vida fue hoy por la tarde. Me cuesta muchísimo que mi cerebro no esté pensando en por lo menos tres cosas a la vez. Veo hacia el futuro en diferentes escenarios. Y se me escapa un poco lo que tengo a mi alrededor.

Esta habilidad me ayudó a ganarme la vida como abogada: poder plantearme cómo se pueden desenvolver las cosas es muy útil en esa profesión. También me hace una excelente organizadora. Pero me convierte en una amenaza para mi propia paz mental cuando se trata de dejar ir las cosas.

Hay un balance precario entre hacer uba sarta de estupideces por «vivir el momento», y perderse lo que uno está experimentando por «planificar». Peor aún, quedarse patinando sobre el pasado, sin avanzar. Los humanos somos esclavos del tiempo cuando no lo manejamos. Nos atropella.

Aprender a cabalgar cada ola que nos tira la vida… Ver la que viene sin caernos de la que nos lleva en ese momento y guardar la experiencia que nos dieron las anteriores. Me gustaría aprender a hacer eso.

Por lo menos hoy por la tarde tuve un breve momento de libertad de mí misma. Espero poder replicarlo.

Un parque

Viajamos con los niños a la Ciudad de México para Año Nuevo. No es el destino común para una familia, pero queríamos que los peques tuvieran la experiencia corta de una ciudad en la que se puede caminar. Ahora mismo estoy escribiendo en la banca de un parque.

Vivimos tan acostumbrados a nuestra propia realidad, que se nos escapan las vidas de los demás. Es difícil entender qué tan metidos estamos en nuestra cajita, hasta que nos mueven de lugar.

Los viajes, los libros, la música y la gente, todo es un portal que nos puede transportar a un punto de vista distinto al nuestro. El mundo está conformado con tantas opiniones del mismo, como hay humanos. Es una delicia encontrarlos, porque nos enriquece nuestra propia existencia.

Para un par de niños que vive en una ciudad que sólo recorremos en carro, caminar por la calle ha sido liberador. Para mí también. No me puedo llevar el parque de regreso a casa, pero sí ya sé el tipo de sensación que me gusta tener. Habrá qué ver cómo replicarla.

Ver con otros ojos

Desde cualquier punto de vista, el de uno propio es la primera referencia. Yo no puedo ver a través de los ojos de otra persona y casi sólo puedo identificarme con lo que me cuenta, ya sea por experiencias similares, o proyectándome en lo que estoy escuchando. Y a veces allí está el meollo de todo desastre. Porque tendemos a ponerle nuestros pensamientos y a interpretar lo que nosotros queremos en los gestos y voces y palabras y miradas de los demás.

Hay que ser muy evolucionado para entender que no todo lo que hacen las personas a nuestro alrededor, incluso las más cercanas, es personal. ¿Cómo no va a ser personal si me afecta? Y tal vez tomaron decisiones que no tenían qué ver con nosotros.

Eso no exime de afrontar las consecuencias de las decisiones que se toman, ya sea tomando en cuenta a terceros o no. Aunque no somos responsables de las reacciones de los demás, tenemos que tragárnoslas cuando son provocadas por lo que hacemos.

La vida es complicada. Las interacciones humanas van cargadas de un montón de cosas que no son sólo las que están en ese momento. Y, muchas veces, tenemos que aprender a ver a través de los ojos de la persona que tenemos al lado. Sobre todo cuando queremos seguir compartiendo espacio.

Decisiones

Hacer maletas siempre es un ejercicio de autocontrol para mí. Quisiera llevar dos mudadas para cada día, porque no sé qué me voy a poner, o cómo va a estar el clima, o a cómo va a estar la demás gente. Ni qué decir la ropa de los niños. Tres mudadas me parecen pocas. Un amigo me acaba de contar que se va a la playa ocho días y lleva dos trajes de baño. Casi muero.

Siempre tomamos decisiones. Lo que implica escoger una cosa que nos parece mejor que otra. Comer carne o postre. Hacer ejercicio o dormir. Seguir en una relación o estar solos. Todo tiene ventajas y desventajas y sólo nosotros sabemos qué pesa más en nuestras balanzas personales.

Muchas veces las decisiones son duras, porque sacrificamos mucho de lo que queremos en lo personal por lo que nos parece mejor en su conjunto. La clave es aceptar que hay cosas que trascienden a uno mismo y encontrar satisfacción en eso. Lo bueno de escoger conscientemente es que sabemos valorar las cosas que tenemos, sobre todo cuando lo que dejamos de hacer también tenía valor.

Me gusta pensar que uno se hace el destino con cada paso que toma. Hay un rumbo que tiene el camino. Y siempre podemos cambiar la dirección. Así como siempre puedo comprar cualquier cosa que se me haya olvidado. La maleta puede llevar menos cosas.