Y un café

En general, paso mucho tiempo sola. Y me encanta. Lastimosamente, paso sola haciendo actividades de correteo, que implican no estar sola conmigo. Rara vez me puedo sentar a tomar un café en algún lugar, ni para escribir. Y luego, estamos a medias vacaciones de los niños. Allí no sólo no estoy sola, sino que tampoco estoy acompañada.

Los humanos pareciéramos movernos entre la necesidad de compañía y el deseo de retirarnos de la sociedad. La mayor parte de historias de grandes maestros filosóficos hablan de momentos de hermitañismo, largos períodos sin interactuar. Tenemos el perenne mito del hombre sabio en la montaña, solo. No tengo en la memoria una instancia de un iluminado al que se le haya prendido el foco cenando con sus cuates.

Y tampoco conozco historias de grandes enseñanzas que no se compartieron en sociedad. Si ha habido ideas transformadoras que se quedaron en una cueva, muy poco trascendentes resultaron.

Creo que necesitamos momentos para madurar ideas, ordenar pensamientos, encausar sentimientos. Todo eso se logra con introspección y soledad. Y hay que buscar los momentos para hacerlo, adaptándonos a lo que obtengamos en este trajín de vida adulta que llevamos. Y, también, requerimos del calor de la compañía de nuestra mara. Si no, ¿a quién les contaríamos nuestras genialidades?

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