Sentirlo todo

Hacer pesas es un ejercicio en masoquismo. Levantas más peso del que te queda cómodo. Te duele al día siguiente. La siguiente semana lo haces mejor. Le aumentas el peso. Te vuelve a doler. Y así. Te gustan los resultados, detestas el proceso.

Lo que nos dejamos sentir es igual. Por supuesto que se puede pasar por la vida tratando de evitar todas esas emociones «feas» como la tristeza. Todavía el enojo lo prefiere uno, porque lo hace sentirse a uno con ganas de hacer algo.

Pero estar decepcionados, nostálgicos, nos apacha, nos apaga. El problema es que, casi siempre que nos alejamos de nuestros sentimientos dolorosos, también lo hacemos de los lindos.

Sentir profundamente puede ser como llevar una piedra caliente y pesada que nos oprime el corazón. O tener alas que nos llevan por encima de las nubes. Ambas son inevitables, parte de la experiencia humana plena y bien vivida. Hasta la tristeza es rica a veces cuando sale de algo bonito.

Es lo que es. El miedo al dolor no debería impedirnos querer sentir. Todo nos hace mejores. O debería. Si no, hay que meterle aún más intensidad. ¿Quién quiere entregarle a la muerte un corazón intacto, nuevo?

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