Creces pensando que el secreto de la felicidad está en un recipiente que lo contiene todo. Allí vas a ver la sonrisa de tu madre y sentir la caricia de tu padre y las cosquillas del primer beso, el placer del primer orgasmo, el dolor que te hala el corazón del primer amor. Guardas tu corazón y lo mantienes intacto, porque alguna vez te dolió que te hicieran un raspón y piensas “No, esto lo voy a guardar para mí, porque duele demasiado enseñarlo.” Tienes relaciones, unas buenas, unas malas, unas magníficas, otras pésimas. Pero guardas en una caja blindada tu vulnerabilidad y te entregas de a poquito. Porque no lo has encontrado todo en un solo lugar. Amas. Creces. Y te cuidas. Siempre te cuidas.
Eres feliz, tienes hijos que ensanchan tu corazón y te quitan un poco el cuidado porque con ellos tienes que ser vulnerable, porque no puedes dejarte no conmover por una manita que necesita la tuya para todo. Pero abrir el alma duele.
Hasta que de verdad te rompen la vida y quedas con el universo sin centro. El dolor transforma. Pasas la tormenta. Ya no eres igual. Todo duele. El mundo entero se vuelve una piedra que llevas encima.
¿De qué sirve haber cuidado el corazón si de todas formas sientes hasta el viento que te quema?
La felicidad no es un cuadro terminado que se mira entero.
Es un rompecabezas que armas poco a poco y que no siempre tiene cohesión. Es un edredón que vas tejiendo de diferentes imágenes. Son tatuajes en la piel que se unen porque están en tu cuerpo.
El verdadero secreto de la felicidad es saberla reconocer en donde te la pone la vida y vivirla en la faceta que te toca. Es apreciar el conjunto de lo que va a permanecer en tu vida y agarrar lo efímero por el tiempo que dure. Es entregarte sin temor al dolor, aún cuando sabes que viene, más tarde o más temprano.
Aprender a vivir la vida en pedazos es apreciar cada cambio en el paisaje. Está bien tomar algún desvío en el camino. Retomar el rumbo de lo que permanece. Agradecer lo que se recibe temporalmente.
Abrir el corazón sí duele. Entregarse es arriesgado. Sentir da miedo. Vivir de cualquier otra forma es un desperdicio de oxígeno.
