Con mi papá aprendí a comerme la verdura del cocido con aceite de oliva y vinagre. Luego a él ya no le gustaba así, pero esa es otra historia. De mi mamá tengo la predilección por horarios constantes, aunque ella misma jamás siguiera uno.
Tenemos varias formas de considerarnos: como un conjunto de las cosas de otra gente, o exclusivamente autogestionados. Ninguna de las dos visiones es absoluta, ni errónea.
La existencia es fluida. Cambiamos entre dejarnos moldear por lo que nos rodea, la gente cercana, lo que estudiamos, y querer separarnos por completo, tomar nuestro propio camino, ser independientes.
Fluctuamos y nos adaptamos y nos rebelamos. En resumen: crecemos. Lo externo nos da insumos para procesar y analizar. Nos quedamos con lo que más nos gusta (aún cuando es pésimo, el subconsciente se comporta muy extraño si no examinamos detenidamente). Llega un momento en la vida en el que vemos hacia atrás y deberíamos poder hacer inventario de lo que hemos arrastrado hasta allí.
Yo escribo los números de mi mamá, pero tengo mi propia letra. Sigo comiendo verdura con vinagre, pero le echo mantequilla. Estoy dispuesta a hacer muchísimas ganas, pero no a perderme a mí misma en el proceso.
Me toca revisar mi equipaje. Hay cosas que probablemente sólo me gustan a mí. Y está bien. Son mías.
