Querer más

Hace ya varios años me gustaban los Cheetos. No comía muy seguido, pero cuando lo hacía, me acababa la bolsa grande entera. Obvio me enfermaba. Es demasiada cochinada junta. Pasaban meses antes que yo quisiera volver a comer un Cheeto. Y así, ese ciclo tonto de comer hasta dejarme impregnado el anaranjado hasta en lo blanco de los ojos.

Ya no como nada de eso. Ni siquiera se me antoja. Y lo que como no puedo comer hasta rebalsarme. Pero nunca se me deja de antojar.

Hay cosas que pareciera que no se pueden dejar de hacer, por mucho que uno sepa que va a parar lamentándolas. Todas son deliciosas cuando pasan y nos dejan un vacío después. Luego hay otras que, si bien no son tan espectacularmente llamativas, igual son ricas y que se pueden aprender a apreciar.

No podemos alimentarnos de Cheetos. Es más, es muy probable que los lleguemos a detestar. Pero a veces necesitamos ese estrago para darnos cuenta que no son buenos.

Supongo que hay un momento para todo. Yo recuerdo hasta con cariño esos dolores de estómago. Pero me gusta más no tenerlos. Hasta que me ponen un plato de sushi enfrente y tengo que comer, aún cuando sé bien que me va a doler mucho el comer arroz. En fin.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.