Me cuesta estar sin nada qué hacer. Como si la vida me fuera a pasar factura de cada segundo desperdiciado. El problema es que mi definición de «desperdicio» es muy estricta. Pareciera que, si no tengo algo qué me ocupe la mente, las manos, el cuerpo, no estoy cumpliendo mi propósito en esta vida. Resulta que no siempre es así el asunto.
Uno de mis entrenadores «famosos» favoritos es Shaun T (el de Insanity, con el que mantengo una relación amordio de la cuál él obviamente no está ni enterado). Por él comencé a hacer ejercicio recién nacida Fátima y gracias a él no lo he dejado hasta el día de hoy. Resulta que el hombre, al que se le marcan hasta los pensamientos, recomienda hacer por lo menos tres días de descanso entre ciclo de entreno y ciclo. Eso para mí es impensable.
Pero totalmente necesario. Ya no doy. Y no sé si son mis músculos o mi cerebro o mis emociones. Lo cierto es que me siento vacía, seca, lista para romperme a la menor mala mirada. Eso sí es un desperdicio. Mi mente necesita dejar de dar vueltas, mi cuerpo necesita un día de no levantar mil quinimil veces una pesa y mi corazón necesita dejar de sentir que lo tienen ahogado.
Por eso hoy estoy escribiendo con una chela en la mano, una bandeja de brócolis tostados y una bolsita de yuquitas (todo lo cual se traduce en la gloria para mí. Me voy a dar vacaciones. Esta semana. No creo aguantar más. Pero, enfermarme, sí sería un desperdicio de vida.
