Todavía se me antojan un par de cosas: el baklava y los relámpagos. Del primero me comí un pedazo en CdMx que me sacó las lágrimas de la nostalgia. Los segundos, he encontrado en varias panaderías/pastelerías en Guate y siempre me regresan a mi infancia de niña consentida con mamá que cocinaba como los dioses.
Sentarme en la silla de cabecera del comedor de la familia. Cantarle a los peques las canciones de cuna con las que me dormía mi mamá. Hacer tradiciones con mi familia que repetimos año con año. Darles a mis hijos un lugar seguro a dónde puedan regresar, aunque sea en el recuerdo cuando sean adultos. Es de las mejores cosas que puedo pensar en darles.
Como adultos nos toca encargarnos de la vida, la propia y a veces la de nuestros hijos pequeños. Nos quedamos sin un momento para sentirnos que podemos entregar la maleta, sentarnos y dejarnos consentir. Por lo menos eso me pasa a mí desde hace diez años. Como me gusta decir con una mueca que no sé si es una risa o un puchero, “It is what it is.”
Todos necesitamos un lugar para descansar emocionalmente. Yo me he construido el mío frente a una pantalla y un teclado. En una cocina en la que hago lo que me gusta. Incluidos unos profiteroles de poca madre con helado de vainilla con los que consentí a mis hijos hoy al desayuno. Ellos también tienen mamá que cocina bien.
