El modo de las cosas

Como para todo en esta vida, hay karateguis diferentes para diferentes tipos de entreno. Se usan más livianos para las clases de técnicas básicas y de combate en donde la velocidad (la que uno alcance a su edad, claro), es más importante y unos mucho más gruesos para hacer las katas, porque suenan bonito y se miran mejor. Mi traje de kata es tan tradicional, que no tiene elástico y se lo ajusta uno con unas pitas que van dentro de la cintura del pantalón. Me encanta mi traje. Detesto ponérmelo y peor aún, quitármelo. Es tan tieso que me cuesta un mundo aflojarlo de donde me lo apreté para que no se me cayera a media clase (ya me pasó, no fue divertido).

Mi papá decía que todo tiene un modo y que, si uno lo conoce, las cosas se pueden hacer suavecito, así, alargando la «i» y haciendo una seña con los dedos. Es de esos temas recurrentes sobre los que patina mi cerebro: todo tiene un método que hace la vida más fácil. Las cosas tienen una forma adecuada de hacerse y, aunque se puede luchar en contra, la consecuencia es sufrir más de lo necesario e inevitable. Como querer meter algo circular en un agujero triangular más pequeño que el diámetro. Eventualmente, a la fuerza seguro, se puede. Pero mejor si encontramos el agujero que le corresponde…

Los métodos ya comprobados por supuesto que pueden mejorarse. Todo puede mejorarse. Pero hacia el lado de lo más eficiente y sencillo, nunca a la inversa. Igual que mi forma de arrancarme el hombro para poder bajarme el karategui… Resulta que sólo hay que halar de las pitas de los lados.

El dolor sin fondo

He escuchado alguna vez decir que alguien es «demasiado joven para pasar por algo así de duro». Claro que hay acontecimientos que, por profundos, tal vez se entienden mejor con un cerebro de adulto que con uno de niño, como la muerte repentina de un padre, o cualquiera de esas tragedias que son tan tristemente comunes. Pero lo cierto es que el pozo de las emociones tiene el fondo en el mismo lugar para un niño que para alguien mayor.

Podemos aprender a templar nuestras emociones con la lógica, pero el primer impulso de sentimiento, ése que parte el corazón, sigue doliendo igual a los cuatro que a los cuarenta. Y no hay una cuota de dolor asignada. Algo así como: «Mire, usted ya sufrió suficiente, tenga este pase, mire. Ya no le va a doler nada nunca más». Las emociones no son un frasco que se llena y ya no le caben más cosas. Son una catarata que arrastra consigo todo lo que le viene al paso y siempre quiere más.

Creer que podemos ser inmunes a las lágrimas porque ya estamos viejos-ish es tan ingenuo como creer que no podemos enamorarnos aunque luzcamos más arrugas que un pergamino. Que no siempre admitamos que sentimos es muy diferente.

Porque, mientras vivimos, sentimos. Y eso no siempre es bonito. Pero tampoco siempre es feo.

Extremos infalibles

Me dijeron hace poco que yo no me conformaba con las cosas a medias. Y puede ser. A mí algo me fascina o lo detesto. Alguien me cae súper bien y soy capaz de cocinarle su comida favorita, o pasarle al lado por la calle y no saludarlo. Platico como perica sin parar o no pronuncio palabra durante horas.

Me gustan los extremos. Como estar parada al borde de un precipicio con alas y no saber si me voy a estrellar o voy a volar. Me gusta la gente que se deja arrastrar por mi entusiasmo. Agoto fácil, eso sí y he tenido que aprender a rotarme entre gente linda, porque las termino exprimiendo.

A mí misma me lastima a veces rebotar entre paredes opuestas y trato de atemperar mis sentimientos. Me dura lo que tarda en entusiasmarme algo (nuevo o viejo). Por lo menos si me vuelco en algo o en alguien, es tan fuerte la experiencia para mí, que no lo dejo fácil.

Los extremos, las emociones en pico, las pasiones. Tal vez es porque el resto del tiempo soy fría, insensible, dura. Empezar a sentir es lo difícil, pero irme hasta el tope es pura cuestión de dejarme.

Tal vez crecer es aprender a que sí se puede vivir en el medio.

Cambios no permanentes

Llevo seis días de no comer como siempre como. Ni les cuento cómo tengo la piel de llena de granitos, los cachetes hinchados y un sentimiento general de no estar del todo bien. Cambios tontos que nos alteran de lo que venimos haciendo. Pero que no son permanentes. Porque en cuanto llegue a mi casa, regreso a mis hábitos normales y todo esto se va (espero).

Y es bonito y está bien. Como cuando uno es niño y se va a pasar unos días a la casa de amigos que tienen diferentes costumbres que uno. Recuerdo que alguna vez fui a pasar casi una semana a la finca de una amiga. En mi casa, la hora de dormir era a las 8pm, sí o sí. Allí simplemente no existían los horarios. Nadábamos a las 12pm, desayunábamos a las 11am, comíamos lo que queríamos y, cuando terminaban mis vacaciones, regresaba agradeciendo el orden de mi casa.

Todos tenemos rutinas de las que nos gusta escaparnos sólo para volver. Ésas son las que nos llevan de un día al otro como sobre rieles bien enaceitados. Nos quitan el trabajo de tener qué pensar en cosas pequeñas como a qué horas almorzamos o en dónde tenemos que estar un martes por la tarde.

A veces sacamos a pasear al salvajito interior que protesta ante tanto orden. Lo bueno es que se cansa fácil y regresa feliz a la comodidad de lo seguro. Hasta la siguiente vez.

Veremos cuánto tiempo me toma regresar a mi normalidad. Y en cuánto tiempo me quiero ir de nuevo. (Ya ahora tengo ganas de playa, oooootra vez.)

Uno se lleva encima

Me está pasando que, por hacer gracia del acento, se me sale luego de un par de días. Y es que parte de lo lindo de viajar, para mí, es no destacar como extranjera al lugar al que voy.

Tenemos cada vez más oportunidad de mezclarnos, de ver cómo se vive en otras partes del mundo. Pero nada sustituye el estar allí. Sin embargo, eso que somos nos acompaña siempre.

Mi tío queridísimo vivió mucho tiempo en México y perdió un poco su acento guatemalteco, pero tampoco quedó hablando como mexicano del todo. Y es que uno es una mezcla de lo que tiene a su alrededor y lo que lleva adentro.

Eso último, eso que nos hace reconocernos en cualquier espejo, es lo que nos llena, con lo que enamoramos.

Seguro que regreso haciendo broma de que aquí creen que hablan español. Seguro que el viaje me cambió en algo. Y seguro que no puedo más que haberme llevado y traído.

La vida como la planeamos

La niña de seis años dice que quiere ser pediatra y veterinaria. La niña que fui yo a esa edad y la niña que es mía ahora. Es increíble que me diga eso, porque yo jamás se lo conté. Como si le hubiera pasado ese deseo a pura genética. No recuerdo haber tenido más planes que esos para mi vida futura. Nunca soñé con hijos, ni boda, ni nada parecido.

Soy abogada, ni cerca de la carrera médica que quería. Tengo dos hijos. Once años de matrimonio. Ninguna de estas cosas estaba entre mis planes. Parece que eso de tener metas marcadas desde muy temprana edad y cumplirlas cuando tocan transcurrido el tiempo adecuado, sólo se le da a cierto tipo de personas.

Tal vez estoy un poco derrotista. Tengo un par de años que el rumbo de mi vida está un poco alejado de como me lo imaginé hace quince años. Aún en mis veintes, escribí con la seguridad que da la ignorancia cómo me miraba, no en diez, en treinta, cuarenta años.

No se puede vivir a la deriva, volteándose con cualquier viento que sopla. Tampoco se puede uno ahogar por seguir una ruta trazada con antelación. La vida es una mezcla de improvisación y planificación y creo que uno aprende a saber cuál usar sólo cuando se choca repetidas veces contra las rocas por haber utilizado la incorrecta.

No soy mucho de lo que quería ser cuando tenía la edad de mi hija. Pero soy mucho que ni me imaginé poder ser.

Cuando al fin te rindes

Me duele el hombro. Tengo una molestia recurrente que viene y se va, provocada por levantar pesas alguna vez sin consideración a mis limitaciones y exacerbada por no hacer una pausa. Decido que nadar le cae bien y todo va sobre ruedas hasta que tengo que hacer una despechada y las ruedas se pinchan. O explotan.

Cuesta admitir que hay cosas que le impidan a uno hacer lo que uno quiere. ¿Cómo es eso que hay vía en una calle si yo quiero atravesarla en el sentido que se me dé la gana? ¿Cómo así que no puedo tener el trabajo que yo quiera, con el salario que yo quiera, con el tiempo libre que yo quiera, si lo quiero? ¿Cómo es posible que no pueda comerme lo que se me dé la gana sin arruinar mi salud, la estética qué?

Hay limitaciones. En todo. En lo que da el cuerpo, en lo que uno aguanta sentimentalmente, hasta en la cantidad de helado que uno puede comer. Hasta para eso hay tope. Siempre es bueno probar esos límites, pero sólo cuando los estamos queriendo ampliar porque vamos a ser mejores. Si no le subimos el peso a lo que levantamos, jamás progresamos en el ejercicio. Si no tratamos de aguantar a la gente que nos cae mal, jamás aprenderemos de empatía. Si no nos esforzamos esa hora extra, jamás seremos excelentes en lo que hacemos. Pero si sólo estamos martillando contra el vidrio por joder, porque creemos que todo lo podemos o nos lo merecemos, por necios sin nada positivo qué perseguir… allí sí nos ganamos cualquier hueso roto que nos resulte de chocarnos contra el obstáculo.

Al fin me rendí. Compré medicina y me la estoy tomando. Me duele el hombro. Pero no he dejado de hacer ejercicio. No he llegado a tanta iluminación.

La perfección desordenada

Me encantan las fotografías. Verlas, tomarlas, tomármelas. Mi Instagram está plagado de fotos mías (sí, lo siento, me tomo muchas selfies), porque me sirven como separadores en las páginas de mi vida para acordarme de momentos en específico. Tengo hartos a mis hijos con peticiones de fotos y los hago repetirlas con caras divertidas para alguna vez, cuando escucho los berrinches, llantos y alegatos, pasar a revisarlas y llenarme del sentimiento lindo que me trae el buen recuerdo.

Todo el tiempo vivimos momentos perfectos. Desde el primer sorbo de café caliente y cargado en la mañana que nos despierta las neuronas, hasta ese mili segundo antes de quedarnos dormidos que pareciera que fuéramos a salir volando. Pero son fracciones en ese hilo que se teje sin cesar y que vamos bordando en patrones más o menos ordenados.

La perfección es fácil de reconocerse hacia atrás. Revisar las fotos de ese instante en el que la luz brotaba de nuestros ojos, la sonrisa nos llenaba de arrugas de felicidad y parecíamos brillar de amor. De aromas que se meten durante una inhalación en nuestra nariz y luego se van para sólo dejarnos grabado el instante en el que dimos un beso. De contactos suaves que pareciera que se tatuaran en nuestra piel y que nos hacen enchinarnos.

Poder tener pequeñas imágenes de esos momentos, aunque sea una forma banal de guardarlos, nos ayuda a conservarlos para siempre. Y es que la perfección nunca es para siempre, pero siempre la alcanzamos una y otra vez.

Ubicarse en el momento

Trato de hacer meditación todos los días. Con varios grados de falta de éxito, porque siempre termino durmiendome. Probablemente no ayuda el hecho que me enchamarro y me acuesto para meditar, pero esos son detalles mínimos.

A pesar de lo rico que me cae, me cuesta decidirme a hacerlo. Porque requiere que deje de hacer todo lo que me consume y le dedique tiempo sólo a eso. Implica dejar el celular, la compu, el libro y hasta el pensamiento necio que no sale de la rueda en la que trota el hámster de mi cerebro.

Estar «en el momento» es como tener una mano abierta debajo de un chorro de agua sin pretender atraparla. Igual no se puede. Sólo hay que disfrutar la sensación del agua que le corre a uno entre los dedos. El agua, el elemento en sí, es el mismo, pero no son las mismas gotas. Aprender a estar allí, dejando fluir lo que pasa, sin cambiar uno su esencia, pero sí impregnándose de lo que le rodea a uno.

Es muchísimo más fácil escribir acerca de eso, incluso de forma que pareciera que uno lo entiende, a hacerlo. Pero lo intento. Escribir, meditar, correr, nadar, cocinar… cosas que me necesitan y a las que me puedo entregar para hacer bien me ayudan a estar un poco más cerca de quedarme en ese momento fluido.

O simplemente es que me duermo y no me fijo.

Que sirva de algo tener más años encima

Cada libro que he leído me ha exigido algo diferente. Hay autores que se pasan fácil, como un trago de agua pura en un día caluroso. Hay otros que es necesario tener el paladar más acostumbrado, porque son mucho más complejos. No se trata de que sean mejores unos que otros, es simplemente que necesitan resonar con cosas diferentes dentro de uno mismo.

Me pasó con Flaubert, por ejemplo. Leí Madame Bovary de adolescente y, la verdad, la detesté. Sigo pensando que la protagonista es una persona tonta y me cuesta muchísimo tenerle empatía. Decidí que no me gustaba ese autor. Hasta que leí un par de cuentos de él. El problema no era lo que había escrito. Era que yo no tenía la experiencia de los años para entender una historia emocionalmente compleja escrita de una forma simple, sin juzgar.

Es mucho más fácil enfrentarse con la vida creyendo que uno ya se las sabe todas de todas y juzgando a la gente a nuestro alrededor. Pero, sufrir un poco (o mucho), querer sin medidas, pasar decepciones, sentir dolor, emocionarse sin complejos, todas esas cosas que se aprenden a hacer cuando uno entiende que para eso es la vida, amplía la posibilidad de encontrarse con cosas agradables.

La juventud tiene el atrevimiento de la ignorancia, pero también está llena de miedos porque no conoce sus propias fuerzas. Lucir arrugas ayuda a conocer las profundidades del alma y a saber que uno es capaz de aguantar muchas cosas. Y que no lo sabe todo. Y que puede disfrutar cosas que no son del todo agradables. Como libros sin finales felices.