El dolor sin fondo

He escuchado alguna vez decir que alguien es «demasiado joven para pasar por algo así de duro». Claro que hay acontecimientos que, por profundos, tal vez se entienden mejor con un cerebro de adulto que con uno de niño, como la muerte repentina de un padre, o cualquiera de esas tragedias que son tan tristemente comunes. Pero lo cierto es que el pozo de las emociones tiene el fondo en el mismo lugar para un niño que para alguien mayor.

Podemos aprender a templar nuestras emociones con la lógica, pero el primer impulso de sentimiento, ése que parte el corazón, sigue doliendo igual a los cuatro que a los cuarenta. Y no hay una cuota de dolor asignada. Algo así como: «Mire, usted ya sufrió suficiente, tenga este pase, mire. Ya no le va a doler nada nunca más». Las emociones no son un frasco que se llena y ya no le caben más cosas. Son una catarata que arrastra consigo todo lo que le viene al paso y siempre quiere más.

Creer que podemos ser inmunes a las lágrimas porque ya estamos viejos-ish es tan ingenuo como creer que no podemos enamorarnos aunque luzcamos más arrugas que un pergamino. Que no siempre admitamos que sentimos es muy diferente.

Porque, mientras vivimos, sentimos. Y eso no siempre es bonito. Pero tampoco siempre es feo.

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