Cada libro que he leído me ha exigido algo diferente. Hay autores que se pasan fácil, como un trago de agua pura en un día caluroso. Hay otros que es necesario tener el paladar más acostumbrado, porque son mucho más complejos. No se trata de que sean mejores unos que otros, es simplemente que necesitan resonar con cosas diferentes dentro de uno mismo.
Me pasó con Flaubert, por ejemplo. Leí Madame Bovary de adolescente y, la verdad, la detesté. Sigo pensando que la protagonista es una persona tonta y me cuesta muchísimo tenerle empatía. Decidí que no me gustaba ese autor. Hasta que leí un par de cuentos de él. El problema no era lo que había escrito. Era que yo no tenía la experiencia de los años para entender una historia emocionalmente compleja escrita de una forma simple, sin juzgar.
Es mucho más fácil enfrentarse con la vida creyendo que uno ya se las sabe todas de todas y juzgando a la gente a nuestro alrededor. Pero, sufrir un poco (o mucho), querer sin medidas, pasar decepciones, sentir dolor, emocionarse sin complejos, todas esas cosas que se aprenden a hacer cuando uno entiende que para eso es la vida, amplía la posibilidad de encontrarse con cosas agradables.
La juventud tiene el atrevimiento de la ignorancia, pero también está llena de miedos porque no conoce sus propias fuerzas. Lucir arrugas ayuda a conocer las profundidades del alma y a saber que uno es capaz de aguantar muchas cosas. Y que no lo sabe todo. Y que puede disfrutar cosas que no son del todo agradables. Como libros sin finales felices.
