Cambios no permanentes

Llevo seis días de no comer como siempre como. Ni les cuento cómo tengo la piel de llena de granitos, los cachetes hinchados y un sentimiento general de no estar del todo bien. Cambios tontos que nos alteran de lo que venimos haciendo. Pero que no son permanentes. Porque en cuanto llegue a mi casa, regreso a mis hábitos normales y todo esto se va (espero).

Y es bonito y está bien. Como cuando uno es niño y se va a pasar unos días a la casa de amigos que tienen diferentes costumbres que uno. Recuerdo que alguna vez fui a pasar casi una semana a la finca de una amiga. En mi casa, la hora de dormir era a las 8pm, sí o sí. Allí simplemente no existían los horarios. Nadábamos a las 12pm, desayunábamos a las 11am, comíamos lo que queríamos y, cuando terminaban mis vacaciones, regresaba agradeciendo el orden de mi casa.

Todos tenemos rutinas de las que nos gusta escaparnos sólo para volver. Ésas son las que nos llevan de un día al otro como sobre rieles bien enaceitados. Nos quitan el trabajo de tener qué pensar en cosas pequeñas como a qué horas almorzamos o en dónde tenemos que estar un martes por la tarde.

A veces sacamos a pasear al salvajito interior que protesta ante tanto orden. Lo bueno es que se cansa fácil y regresa feliz a la comodidad de lo seguro. Hasta la siguiente vez.

Veremos cuánto tiempo me toma regresar a mi normalidad. Y en cuánto tiempo me quiero ir de nuevo. (Ya ahora tengo ganas de playa, oooootra vez.)

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