La perfección desordenada

Me encantan las fotografías. Verlas, tomarlas, tomármelas. Mi Instagram está plagado de fotos mías (sí, lo siento, me tomo muchas selfies), porque me sirven como separadores en las páginas de mi vida para acordarme de momentos en específico. Tengo hartos a mis hijos con peticiones de fotos y los hago repetirlas con caras divertidas para alguna vez, cuando escucho los berrinches, llantos y alegatos, pasar a revisarlas y llenarme del sentimiento lindo que me trae el buen recuerdo.

Todo el tiempo vivimos momentos perfectos. Desde el primer sorbo de café caliente y cargado en la mañana que nos despierta las neuronas, hasta ese mili segundo antes de quedarnos dormidos que pareciera que fuéramos a salir volando. Pero son fracciones en ese hilo que se teje sin cesar y que vamos bordando en patrones más o menos ordenados.

La perfección es fácil de reconocerse hacia atrás. Revisar las fotos de ese instante en el que la luz brotaba de nuestros ojos, la sonrisa nos llenaba de arrugas de felicidad y parecíamos brillar de amor. De aromas que se meten durante una inhalación en nuestra nariz y luego se van para sólo dejarnos grabado el instante en el que dimos un beso. De contactos suaves que pareciera que se tatuaran en nuestra piel y que nos hacen enchinarnos.

Poder tener pequeñas imágenes de esos momentos, aunque sea una forma banal de guardarlos, nos ayuda a conservarlos para siempre. Y es que la perfección nunca es para siempre, pero siempre la alcanzamos una y otra vez.

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