Cuando al fin te rindes

Me duele el hombro. Tengo una molestia recurrente que viene y se va, provocada por levantar pesas alguna vez sin consideración a mis limitaciones y exacerbada por no hacer una pausa. Decido que nadar le cae bien y todo va sobre ruedas hasta que tengo que hacer una despechada y las ruedas se pinchan. O explotan.

Cuesta admitir que hay cosas que le impidan a uno hacer lo que uno quiere. ¿Cómo es eso que hay vía en una calle si yo quiero atravesarla en el sentido que se me dé la gana? ¿Cómo así que no puedo tener el trabajo que yo quiera, con el salario que yo quiera, con el tiempo libre que yo quiera, si lo quiero? ¿Cómo es posible que no pueda comerme lo que se me dé la gana sin arruinar mi salud, la estética qué?

Hay limitaciones. En todo. En lo que da el cuerpo, en lo que uno aguanta sentimentalmente, hasta en la cantidad de helado que uno puede comer. Hasta para eso hay tope. Siempre es bueno probar esos límites, pero sólo cuando los estamos queriendo ampliar porque vamos a ser mejores. Si no le subimos el peso a lo que levantamos, jamás progresamos en el ejercicio. Si no tratamos de aguantar a la gente que nos cae mal, jamás aprenderemos de empatía. Si no nos esforzamos esa hora extra, jamás seremos excelentes en lo que hacemos. Pero si sólo estamos martillando contra el vidrio por joder, porque creemos que todo lo podemos o nos lo merecemos, por necios sin nada positivo qué perseguir… allí sí nos ganamos cualquier hueso roto que nos resulte de chocarnos contra el obstáculo.

Al fin me rendí. Compré medicina y me la estoy tomando. Me duele el hombro. Pero no he dejado de hacer ejercicio. No he llegado a tanta iluminación.

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