El modo de las cosas

Como para todo en esta vida, hay karateguis diferentes para diferentes tipos de entreno. Se usan más livianos para las clases de técnicas básicas y de combate en donde la velocidad (la que uno alcance a su edad, claro), es más importante y unos mucho más gruesos para hacer las katas, porque suenan bonito y se miran mejor. Mi traje de kata es tan tradicional, que no tiene elástico y se lo ajusta uno con unas pitas que van dentro de la cintura del pantalón. Me encanta mi traje. Detesto ponérmelo y peor aún, quitármelo. Es tan tieso que me cuesta un mundo aflojarlo de donde me lo apreté para que no se me cayera a media clase (ya me pasó, no fue divertido).

Mi papá decía que todo tiene un modo y que, si uno lo conoce, las cosas se pueden hacer suavecito, así, alargando la «i» y haciendo una seña con los dedos. Es de esos temas recurrentes sobre los que patina mi cerebro: todo tiene un método que hace la vida más fácil. Las cosas tienen una forma adecuada de hacerse y, aunque se puede luchar en contra, la consecuencia es sufrir más de lo necesario e inevitable. Como querer meter algo circular en un agujero triangular más pequeño que el diámetro. Eventualmente, a la fuerza seguro, se puede. Pero mejor si encontramos el agujero que le corresponde…

Los métodos ya comprobados por supuesto que pueden mejorarse. Todo puede mejorarse. Pero hacia el lado de lo más eficiente y sencillo, nunca a la inversa. Igual que mi forma de arrancarme el hombro para poder bajarme el karategui… Resulta que sólo hay que halar de las pitas de los lados.

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