Hacer algo cuando no se hace nada

La culpa de que yo siempre quiera hacer dos cosas a la vez es de mi mamá, que me ponía a bordar mientras mirábamos tele. Claro que yo lo llevé al extremo y me bañaba leyendo (apoyaba el libro entre el shampoo y el rinse), entre otras cosas. En ninguna clase he podido poner atención sin rayar un cuaderno. Y pocas veces estoy por completo en donde estoy.

Tenemos más capacidad de hacer conexiones neuronales internas que en recibir información de afuera. Pareciera que estamos diseñados para llevar vidas más interesantes dentro de nosotros mismos.

Además, nos distraemos tan fácil… Niños persiguiendo cosas brillantes y llamativas, queriendo exprimirle hasta la última experiencia a la vida, porque no sabemos qué pasa en el próximo minuto.

Y nos pasamos así, entre cosas que imaginamos y que no existen y en dividir nuestra atención porque tenemos demasiado a nuestro alrededor. La meditación se supone que ayuda a situarse en el «aquí y el ahora». No hay mejor ofrenda en una relación que la atención activa. Ni mejor forma de quitarse el mundo de encima que soltar todo eso que nos ocupa el cerebro.

Me gustaría vivir así, aunque sea cinco minutos. No estoy segura de aguantar más.

El punto ideal insostenible

Toda mi vida he tenido una relación muy mala con mi peso: siempre quiero menos y el ingrato regresa. Nunca se me sale de control, pero sí me pasa que, por mí, aplicaría el dicho de la Sipson: «nunca se puede ser suficientemente rico, ni suficientemente delgado». El problema es que mi cuerpo no opina lo mismo, le doy un poco más de peso en el ejercicio, tomo un poco más de vino y ¡zas! se ensancha a sus anchas y, pues, aquí me tienen, sabiendo que me tengo que volver a amarrar (más) la boca. Ooootra vez.

Y es que todos tenemos un punto de inflexión en el que nos gusta estar, pero que nos es casi imposible sostenernos. Como si la vida entera se viviera sobre la cuerda floja, en la que todo se trata de sostener un balance y todo conspira para que lo perdamos. ¿Que si nos gusta un tipo un poco? No es suficiente, nos enamoramos hasta el tuétano. ¿Que si hoy sólo voy a tomar un poco? Mentira, nos ponemos hasta las manitas. ¿Que si ahora sí vamos a correr sólo dos veces? Terminamos inscritos en una maratón (yo no, conste).

El término medio ese del que hablaban los griegos uno sólo lo pasa rozando de vez en cuando mientras nos paseamos de un extremo al otro. Nos hamaqueamos entre círculos viciosos y virtuosos, tratando, por una vez tan siquiera, poder sostenernos en la cima por más de la décima de segundo que pareciera suspendernos en el aire. Y, pues, no. Es imposible.

Tal vez la meta sea que nuestros extremos no sean tan distantes y poder pasar más veces por el medio. No engordar diez libras, sino dos. Tal vez. Y, tal vez, lo que tengo que hacer es dejar de tomarme una botella de vino yo solita. Tal vez.

Así me concentro (ok no)

Ahora mismo tengo que escribir. Me hace falta muy poco para terminar un proyecto y tengo que escribir. No esto, pues, otra cosa. Y tengo puesta música (Hace Calor, para mejores señas) y abierto el Twitter y estoy escribiendo esto que no es lo que tengo que escribir.

Me pasa frecuentemente que, cuando tengo proyectos importantes, me cuesta concentrarme a terminarlos, porque siento el peso del interés que les he asignado y eso me paraliza un poco. Es como la tontera de amar un par de zapatos nuevos y no querer ponérmelos para no ensuciarlos.

Navegamos mucho más fácil entre las cosas a las que no les brindamos alguna parte nuestra. Esas actividades que no nos son trascendentes, las relaciones que no nos sostienen, son mucho más sencillas de realizar, porque no tenemos expectativas del resultado. Entregarse a algo o a alguien y no recibir lo que uno esperaba es tan doloroso, que a veces, le huimos a ese apego. Como depilarse: mientras más pelitos, más duele…

La ansiedad de comenzar un trabajo que nos gusta, salir con alguien que nos encanta, hacer algo propio que nos va a alimentar el alma, es proporcional a lo que podemos ganar si tenemos éxito. Yo, en este momento, tengo que escribir. Y sigo alargando el momento de hacerlo, porque tengo que trabajar… Y ver el Twitter. Y, tal vez abrir esa botella de vino que dejé lista. Me cuesta seguir, porque sé todo lo que le he metido. Pero, por lo mismo, no puedo detenerme ahora que estoy tan cerca del final. Sólo espero que ese final no sea un trancazo contra una pared.

La lealtad que nos sostiene

Tenemos relaciones que crecen con el tiempo y otras que pareciera que se hubieran quedado perdidas en un hoyo negro del espacio. Nos pasa cuando vemos compañeros de colegio con los que volvemos a sentirnos adolescentes (y de ninguna forma buena). Con nuestros papas, que creen que aún somos niños pequeños. Con personas que tenemos mucho tiempo de no ver.

Hay relaciones que se sostienen durante años a base de crecimiento mutuo, compenetración. Que evolucionan y que se amoldan a los cambios que vienen irremediablemente. Otras, es un andar apenas junto. Y otras, son simplemente el eco de las lealtades que nos debemos a nosotros mismos. Como ser amables con la tía insoportable que nos compraba helados de pequeños.

A veces les somos fieles a esas relaciones que no nos satisfacen, porque no serlo sería ir en contra de lo que esperamos de nosotros mismos. Y está bien.  El rostro del espejo es el que vemos todos los días y es al que le rendimos cuenta cada mañana.

Aceptar que el tiempo juega con nosotros y que no todo el mundo puede reconocer en qué hemos cambiado, nos libera de mantener expectativas que sólo nos empantanan más en el pasado. Todo cambia. Hasta la tía viejita.

Está en uno saber qué cosas vale la pena sostener en uno mismo.

La sabiduría como sea

Hace poco leí un cuento acerca de una raza de hombres a quienes les fueron concedidos todo el conocimiento y toda la sabiduría del universo, a cambio de un sacrificio. Ellos eligieron no poder comunicarse más que cantando. Cuando llegó el momento de compartir estas maravillas con el resto del mundo, se reunieron miles y millones de personas. Los sabios abrieron la boca y comenzaron a cantar. A los dos minutos no quedaba nadie cerca. Tenían voces tan horrendas, que no había persona que quisiera escucharlos.

La verdad y el conocimiento a veces vienen en paquetes que no nos son atractivos. Muchas de las lecciones de la vida, esas que son las más importantes, son también las más dolorosas. Adquirimos sabiduría pagándola con sacrificios incalculables, porque todo lo que aprendemos realmente lo pagamos con tiempo y ese no se recupera.

Luchamos contra nuestra propia desidia para hacer algún deporte. Dejamos los ojos en los libros que nos instruyen. Nos rompen el corazón en el juego de las relaciones.

Pero vale la pena. Saber más. Conocer mejor. Ser excelente. Vale la pena.

Al final de la historia, una persona quedaba frente a los sabios. Una niña pequeña. Sorda. Leyéndole los labios, aprendió todo lo que tenían qué decirle. Ella también había hecho un sacrificio.

El tiempo que no existe

Hay frases que evocan imágenes que van más allá de lo trilladas que puedan ser. Para mí, que una historia comience con «hace muchos años, cuando el tiempo era joven…» me enchina la piel.

Todo, absolutamente todo, está sujeto al paso del tiempo que marca principios y fines, hace crecer y marchitarse, acaricia y atropella. Hasta la más firme de las construcciones tiene un final y nada que viva puede escaparse de morir. Y esos ciclos inexorables bailan al ritmo de una dimensión que sólo existe para darles forma.

Porque el tiempo, como tal, no existe. Y también tuvo un principio y va a tener un final. Igual que nuestras vidas. Lograr sentirse trascendente en una realidad que no permanece es uno de los motores que empuja a la humanidad a crear y recrearse. A jugar con los trozos de nuestras existencias para construir algo que permanezca después que nosotros, aunque sea un día.

Por eso amamos y volvemos a amar. Somos felices aún en medio de vidas miserables. Aprendemos cosas que nos interesan. Entablamos relaciones que nos alimentan. Pintamos. Cantamos. Escribimos. La esencia efímera de todo lo que existe no nos impide hacer cosas maravillosas.

Aprender a vivir en la no existencia permanente nos ancla en lo que hacemos aquí y ahora. Yo no tengo ni idea de cómo hacer eso. Pero escribo.

No nacimos para esto

Tan bonito que es creer que uno tiene un lugar asignado en el tren de la felicidad. Que lleva el nombre y apellido de uno y que es imposible que alguien más lo ocupe. O, peor aún, que no exista. Me ha sucedido que me detengo a ver mi vida y pienso «pero si yo no debería estar pasando por esto».

Asignarnos un papel que no se puede cambiar, porque esas son nuestras expectativas de nuestras vidas, nos dejan con pocas opciones y menos alegrías. Porque las cosas nunca son exactamente como uno las tenía planificadas. Y eso puede ser devastador, sí. Muchas veces uno simplemente encuentra que del mundo que construyó, sólo queda una marca negra por donde pasó la destrucción. Pero otras eso significa ver un horizonte nuevo y adoptar otro camino.

No nacemos para muchas cosas. Pero si a eso vamos, no nacimos para volar y allí vamos, inventando aviones. No tenemos nada asegurado. La vida no nos debe nada. Sólo podemos atraparla para admirar los momentos grandiosos y recibir los que no lo son tanto.

El tren que nos lleva de un extremo de la existencia al otro no tiene asientos asignados y a veces nos toca ir en primera clase y otras… Pero nos movemos. Eso sí es seguro. Mejor aprender a apreciar cualquier paisaje que nos pasa por la ventana.

Me pusieron anestesia y todo fue mejor

Pasé más de cuatro horas tatuándome hoy. En otras ocasiones les hubiera dicho que no me dolió, que me dormí, que el dolor es mental. Pero en otras ocasiones no me habían tatuado tan cerca del huesito de la cadera. Duele. Indiscutiblemente, duele. Y una se hace la valiente, porque tiene catorce años de estarse tatuando con el cuate que siempre la ha felicitado a una por no quejarse. Canté, moví los pies, tuiteé. Nada. Claudiqué y pedí anestesia.

Medir el aguante que uno tiene sólo se puede con cierta medida de exactitud cuando uno ya probó hasta dónde de verdad aguanta uno. Por eso las primeras veces de muchas cosas son tan poco predecibles. ¿Qué sabe uno como vaya a reaccionar a la hora de tener el problema encima? ¿O con cuántas libras se dobla el hombro al momento de hacer el bench-press?

Es fácil pasarse del verdadero límite o quedarse muy corto. Y así va uno conociéndose y afinándose y tratando de llegar un poco más. Hasta que duele como la chingada y pide la pinche anestesia. Que, de todos modos, me pusieron hasta casi terminado el tatuaje, porque si no, la aguja no entra bien.

La aprobación de nuestros muertos

El 21 de mayo cumplió once años de muerto mi papá. Y todavía no sé cómo me siento al respecto.

La relación con él siempre fue complicada. Un hombre seco, de carácter volátil, severo y poco afectuoso. Jamás escuché un «te quiero» de su boca. Mucho menos un «bien hecho», a pesar de mis múltiples reconocimientos académicos. Mucho menos un «qué bonita te ves». Eso era de las cosas que jamás se decían.

La relación con nuestros padres nos nutre para nuestra salud emocional el resto de nuestra existencia y está en nosotros de adultos llenarnos los agujeros que nos van quedando. Ahora que me toca criar dos niños, veo en dónde fallo y estoy consciente que hay mucho más que no veo.

Con mi papá aprendí a comer helado (que sigue encantándome), a tomar Coca-Cola (que ya no puedo ni oler) y a comer huevos duros con vinagre y sal (deliciosos). De él aprendí que el dolor físico es mental y que del otro, del profundo, no se habla. De mi papá entendí que la edad no es excusa para aprender cosas nuevas. Que uno jamás deja desamparada a su gente. Que la vida es dura y que uno no debe esperar algo diferente, sino que le debe hacer ganas. Hasta el último aliento. Que jamás se dejan cuentas sin pagar. Que siempre se deja una parte del corazón bien resguardado. Que ser violento daña. A cuestionarlo todo. Todo. A hacer siestas con la gente que uno quiere. A compartir el vaso.

Nunca he estado segura de ser la hija que él quería. Sé que me parezco en muchas cosas a él, la mayoría de ellas buenas. Jamás sabré si aprueba cómo llevo mi vida. No es relevante. Pero sí me gustaría saberlo.

Mi papá cumplió once años de muerto. Y todavía no sé cómo me siento al respecto.

Cambiamos para ser iguales

Mañana me cambio el primer tatuaje que me hice. Es un dragón. Amo los dragones. Me lo hice con todo el miedo al dolor, a la regañada de mis papás, al no saber si realmente quería uno que puede caber en un tatuaje. Lo llevo desde hace tanto que ya es parte de mí y es el que menos me llama la atención cuando miro mi cuerpo desnudo. Amo mi dragón. Pero ya no me gusta mi tatuaje.

Como personas, nos transformamos muchísimas veces. No somos los mismos de ayer para mañana. Menos de década en década. Y nos decimos que somos otros, que lo que hemos hecho, buscado, anhelado, ya no es lo mismo. Y, sí. Pero no. Hay cosas nuestras que nos hacen ser distinguibles del resto de la humanidad, que permanecen. Los ojos pueden estar rodeados de arrugas, pero siguen fijándose en lo mismo. las personas que nos hacen suspirar son distintas, pero el corazón que guarda los recuerdos es el mismo. Las causas contra las que luchamos evolucionan, pero nuestra pasión sigue ardiendo.

Nosotros cambiamos, evolucionamos, nos transformamos. Y permanecemos.

Amo mi dragón. Soy yo. Con todo lo que ese animal mitológico significa para mí. Pero esa representación que llevo en la cadera derecha ya no me representa. Y por eso lo voy a cambiar. Por otro dragón. Diferente, pero igual.