Los gatos de mi casa pasan dormidos lo que pareciera ser 25 de las 24 horas del día. Salvo cuando corren como endemoniados, trepando por todos los muebles y haciendo más ruido del que verdaderamente les correspondería por el tamaño. Pasan de la total inactividad al completo desahogo, como si sólo supieran estar en «apagado» y «rapidísimo».
Tal vez así funciono yo también. Porque tengo lapsos de actividad frenética en los que no paro y reparo libreras, corto patas de mesas, lijo, pinto, barnizo, encero… y luego ya no lo hago. O durante el día hago karate, pesas, corro, nado, yoga y, después, que no me pidan que me levante de donde me aplasto. O escribo cinco cuentos y luego pasan meses sin juntar dos palabras.
Hay cosas que se deben hacer todos los días y otras que tienen sus propios ritmos. Pero es innegable que es más fácil hacer avanzar algo que ya está en movimiento, que empujar una máquina totalmente parada. Tal vez por eso es mejor eso que hacen las personas verdaderamente hacendosas que se aplican un poco en todo, todos los días y logran mucho más de lo que yo pueda alcanzar en una actividad muy concentrada.
Necesito practicar. Para todo. Y, tal vez, escoger algo que mantenga en movimiento.
