Nadar es una de esas actividades que nos liberan de nuestro entorno y nos atrapan dentro de nuestras mentes. No hay nada. El agua tapa los sonidos, los anteojos enfocan la vista en puntos estrechos, el agua nos limita el cuerpo. Flotamos, casi como si voláramos. Estamos con nosotros, y nadie más.
Al principio, como en todo, uno va más enfocado en respirar y no ahogarse. Es la adquisición de cualquier habilidad, el comienzo de toda relación. Queremos verla andar y nos concentramos en el poner un pie delante del otro sin perder del todo el aliento, con una meta muy concreta en mente. Nos cansamos rápido y tomamos respiros frecuentes. Hasta que le agarramos el modo y los movimientos son mucho más fluidos, los avances ya no nos demandan toda la atención, ya no nos tenemos que concentrar tanto en los detalles. Nos damos el lujo de sentirnos cómodos.
Es allí cuando la mente nos traiciona. Porque siempre tiene que estar ocupada y, si no la alimentamos de cosas positivas en qué nos ayude, seguro va a encontrar en qué divagar. Rara vez es eso bueno. Comenzamos a escarbar, a levantar piedras que esconden bichos, a unir cabos que no sólo no van juntos, sino que nos hacen corto circuito.
Vamos nadando en un lago en el que apenas hay peces y nos imaginamos cocodrilos, pirañas, monstruos acuáticos que salen del fondo oscuro a devorarnos. Se nos olvida regresar a lo básico, a avanzar. A no ahogarnos. Los monstruos son lo de menos cuando es nuestra propia mente la que nos asfixia.
