Improvisar

La improvisación no es mi modo favorito de andar por la vida. Prefiero tener un panorama más o menos claro de lo que necesito en el futuro y planificar hasta donde se puede. Un viaje, conmigo, es una oportunidad para demostrar que se puede hasta saber el horario y número del bus que hay que tomar en la parada que corresponde.

Supongo que como humanos, buscamos alguna certeza, por muy escasa y escurridiza que sea. La vida es tan incierta. Nos gustan las historias con finales, los cabos atados, los planes cumplidos.

Pero la capacidad de adaptación ante lo imprevisto es precisamente la cualidad más importante de supervivencia. No es como que nuestros antepasados cazadores pudieran saber a ciencia cierta qué iban a conseguir. Uno tiene un súper en dónde enojarse porque no consiguió la marca de shampoo favorito.

Poner a prueba nuestra habilidad para adaptarnos, nos obliga a crecer, a aprender, a innovar. No podemos hacer siempre lo mismo, tener siempre la misma rutina. Eso sólo se logra con certeza cuando morimos. Para mientras, debemos seguir improvisando para mejorar. Aún cuando es consecuencia de un olvido o una mala planificación. Como cuando dejamos las sábanas en un viaje familiar y terminamos envueltos en las toallas.

Aprenderé a hacer lista.

El clima y lo obvio

Vestido rojo tejido para Navidad, porque en diciembre hace frío. Pero no, ha hecho calor y yo sudaba en mi casa, sufriendo de antemano de tan solo pensar en pasar enfundada en esa frazada todo el día. Porque se trata de un día entero en el que uno no está en su casa, anda de un lado al otro y se tiene que aguantar. Todo.

Así que me puse un vestido blanco, corto y liviano. Y hace frío. Porque así es el clima. Porque así es la vida. Hay demasiadas cosas que están hasta fuera de lo que podemos predecir, más aún controlar.

Comemos lo mismo y aumentamos de peso. Decimos las mismas palabras y a veces enojamos y a veces agradamos. Nos vamos por la misma ruta y a veces está despejada y otras nos tardamos la vida entera.

Imposible decir que uno tiene influencia en todo lo que le rodea. Las decisiones que tomamos son, cuando mejor nos va, una simple apuesta por lo mejor que conocemos en ese momento. Revisarlas contra la información que tenemos después, es poco realista. Podemos adquirir mejores parámetros para una próxima vez. Y volver a cometer los mismos errores. Porque jamás vamos a saberlo todo.

Aunque, para la próxima, consideraré llevar una mudada de ropa en el carro. Tengo frío.

Los entierros son para los vivos

Mi mamá siempre dijo que quería que la cremaran. La idea de que se la «comieran los gusanos» no le agradaba para nada. Se lo escuché decir varias veces. Cuando murió, la enterré. Sin cremación. Porque, sinceramente, era lo que podía pagar luego de costear gastos de enfermedades de ambos padres. Y no pasa nada. Porque la que quedaba era yo.

Tenemos rituales muy especiales cuando se mueren personas cercanas a nosotros. Por algo construimos las pirámides. Como si no pudiéramos concebir que, una vez termina esta vida, no sigamos necesitando las mismas cosas en la otra. Pero, sinceramente, a los únicos a los que les sirven esos ritos y costumbres y monumentos y sacrificios es a nosotros. Los que quedamos vivos.

Quedarse vivo. Es una expresión un poco fatalista, tal vez, resignada, seguro. Como si nos hubieran dejado atrás en la entrada a una fiesta a la que no hemos sido invitados aún. O como si quisiéramos retardar la entrada que, seguro, nos llega en algún momento.

Y nos vestimos de colores específicos y lloramos porque nos duele la ausencia y ponemos flores, cantamos canciones, tomamos licor y nos reímos recordando a nuestros muertos.

Porque la vida sigue para nosotros. Con un hoyo más en el corazón. Como hoy, que enterramos a Jorge Mario, uno de los mejores amigos que he tenido y quien me va a hacer falta para que venga a comer y me pida antojos, para hacerle la cena anual de ver los Óscares, para escuchar sus aventuras, para que me diga «gracias por tanto, perdón por tan poco». Nunca fue poco, Beibi, siempre te diste todo. Gracias por haber sido.

Años para el olvido

Aun tomando en cuenta que mis dos papás murieron el mismo año (2006), puedo decir sin temor a equivocarme que este, el 2017, ha sido el peor año de mi vida. Ha sido un año de muchas pérdidas personales, de una transformación de vida a la fuerza, de estados emocionales semejantes a quedarme estancada en fango.

Estoy acostumbrada a tomar decisiones, cerrar círculos, avanzar. Y no he podido hacerlo. Entre los pocos logros que tengo es estar. Al menos eso siento.

Sin embargo, mientras escribo todo esto en tonos tan agrios y oscuros, recuerdo los momentos de luz. Haber escrito una novela. Haber trabajado con personas maravillosas. Haber conocido gente fantástica. Haber conservado a mis amigas a pesar de mi estado calamitoso. Haber hecho galletas con mis hijos.

El año está terminando en una nota amarga. Y no puedo dejar de pensar que es adecuado que termine así.

A veces hay que comenzar de cero. Y hacerlo varias veces. Porque el fin nunca marca el verdadero desenlace de nuestras historias, sólo el comienzo de nuevos ciclos.

Espero, sinceramente, que haya terminado de atravesar el pantano y pueda volver a avanzar. Al menos sé que sigo.

La realidad no existe

Regreso siempre a cosas que me intrigan. Cosas que son tan trascendentales, que se vuelven irrelevantes. Cosas como “¿lo que yo miro como rojo y otra persona llama rojo, lo mirará ella como lo que yo llamo verde?”. La percepción del mundo dentro del cerebro de cada quien es lo que le da forma a cómo pensamos.

Y no importa. Porque jamás podremos meternos verdaderamente en la mente de alguien más para ver el universo a través de sus ojos. Sólo podemos aspirar a comunicarnos con la suficiente capacidad como para conectarnos en algún nivel.

La vida se percibe desde nuestro centro. Por eso sí, cada uno somos el centro del universo. Pero hay muchos, muchísimos universos y no vivimos aislados. Al menos no los que buscamos tener relaciones.

Tenemos que llegar a orbitarnos. Más cerca de unos que de otros. Tratar de experimentar la vida como la perciben los demás es ampliar nuestra propia vida.

La realidad universal como tal sólo existe en lo más básico, en el mundo de los hechos fríos y duros. Las matemáticas como lenguaje son milagrosas. Pero no son suficiente.

El ser binario ayuda a ser efectivo. A cerrar ciclos. A dejar atrás. Pero no sirve para vivir plenamente. Porque la verdad es tan amplia como personas que la viven. Y los sentimientos, por muy básicos que sean, rara vez son sencillos sin ser complejos.

El negro sigue siendo mi color favorito. Quién sabe si es el mismo para todos. Y tampoco importa.

La maestría de las cosas pequeñas

Ver estatuas gigantescas siempre quita un poco el aliento. Entrar en esas catedrales que le recuerdan a uno que el ser humano es un bicho insignificante. Las montañas que nos abruman. Los gestos románticos desesperados que sirven de combustible a novelas épicas. Todo lo que nos hace sentir pequeños ante cosas más grandes. Diseñado para ponernos en la escala de una hormiga ante el sol.

Y luego están todas esas cosas diminutas, maravillosas, que hacen que uno se detenga y las estudie fijamente para no perder ni un solo detalle. Casitas talladas en marfil. Miniaturas pintadas en papelitos imposibles. Dijes de oro que cuentan volúmenes. Allí, lo que disfrutamos, es la maestría del paciente creador de esos pequeños mundos.

Como los gestos diarios, pequeños, que construyen la vida de todos los días. El café hecho como le gusta. La sonrisa de bienvenida. Una caricia suave a medianoche. La constancia de los detalles que revelan las verdaderas intenciones y dejan al descubierto los sentimientos profundos.

Las pequeñas cosas, bien hechas, cuestan más que las grandes. Porque requieren más atención y pueden pasar más fácilmente desapercibidas. Pero valen la pena.

Hago galletas que no me como y me encantan

Tengo una cocina que es mi parte favorita de la casa. Amplia y con una isla de concreto sobre la que como frecuentemente. Hay algo en el espacio que me atrae como un imán. Podría escribir allí, creo, si no fuera porque siempre hay gente. Recuerdo la cocina de mi mamá. Era un armario con estufa. Diminuta. Apenas cabíamos las dos y yo tenía que sentarme sobre el counter en una esquina, hecha un nudo porque nos topábamos. Me encantaba estar allí. No es que ella me dejara ayudarla mucho, las cosas con mi mamá eran muy particulares y no era tanto que cortara las verduras con regla, como que se podía hacer una regla con sus cubitos. Pero era lindo acompañarla.

Comer galletas es algo que ya no me gusta porque no me encantan las cosas dulces. Igual las hago. Porque es diciembre y en diciembre se hacen galletas. Y porque uso la batidora de mi mamá, leo las recetas escritas con su letra y mi casa huele a lo que olía mi casa.

Ahora, hoy, mis hijos me ayudaron a hacer las galletas, todos aplicados poniéndole harina a los moldes de madera de las kiddfords y muy consecuentes haciendo bolitas todas del mismo tamaño (o casi). Llenaron de harina hasta el garage. Y bailamos. Y fuimos felices.

Así puedo seguir haciendo galletas todos los diciembres que me resten de vida, aunque no me las coma.

Es una mala decisión, pero es mi mala decisión

Pasé mucho tiempo tiñéndome el pelo de muchos colores. Alguna vez mi papá se acercó, agarró un mechón y preguntó al aire de qué color verdaderamente lo tendría. Ni yo sabía. Y, cuando digo “de muchos colores”, incluyo el rojo y el morado. Cada vez que me lo pinté, supe que le hacía daño, pero la satisfacción de verme como yo quería pesaba más que lo otro.

Siendo sinceros, así es con todo. Tomamos decisiones que sabemos no nos son satisfactorias del todo, porque las preferimos a la alternativa. A veces hasta no hacer nada y dejar que las circunstancias nos pasen encima es una forma de escoger. Porque, no estando bajo coacción, digamos que lo que uno tiene enfrente (y al que uno tiene al lado o no) es lo que uno quiso.

Hay pocas actitudes más valientes que aceptar la parte de responsabilidad en nuestra vida y admitir que es lo que uno pudo hacer. Definir como “sacrificio” lo dejado atrás es un poco engañoso. Porque, mientras más valor tenía lo que no escogimos, tanto más valor tiene con lo que nos quedamos.

Por supuesto que a veces nos damos cuenta que las cosas no eran lo que creíamos. Y está bien arrepentirse. También todo cambia y se vale reexaminar las prioridades.

Como yo, ahora que no me tiño ni un poco. El pelo está mucho más sano. Y allí vienen las canas.

El descanso que no llega

Peleamos toda la vida con el sueño. Primero porque no queremos dormir y luego porque no podemos. Recuerdo muy bien la primera vez que me quedé despierta hasta el día siguiente al mediodía. Fue para una boda y llevamos a los novios al aeropuerto. Creo que yo tendría unos 17 años. Me fue, como era de esperarse, fatal. O sea, a quién se le puede ocurrir que no dormir sea una buena idea…

Estamos en un constante querer aprovechar el tiempo que tenemos y un querer escaparnos. De la vida, del tiempo, de todo. Como si uno no se llevara consigo cuando se va. Ése es el espejismo de los viajes. Creer que no estar es como no ser. Y no. Uno siempre es uno. Aunque lo olvide.

Lo mejor es conocerse y ver por dónde están las cosas que realmente nos pesan y que arrastramos. Todo eso que nos despierta a media noche, aún en el hotel más exótico al otro lado del mundo. Descansar, de verdad, no sé. No recuerdo un día desde que nació mi primer hijo en el que yo no piense con nostalgia en mi cama. Pero tampoco me recuerdo de un día en el que no haya querido hacer más.

La vida se nos va en el tiempo gastado. Y no lo podemos gastar bien si estamos medio dormidos.

Quiero pizza

Y helado y galletas y tal vez pizza otra vez. Y no quiero nada. Porque lo que quiero es sentirme llena de algo que no lo sustituye la comida.

Tenemos una relación un poco precaria con los alimentos. Simplemente porque son el combustible, no sólo de nuestra locomoción, sino el detonante químico de tantas cosas en el cerebro que no nos damos mucha cuenta. Y nos volvemos adictos al azúcar hasta olvidarnos cómo comer una fruta. O le ponemos una etiqueta de premio a cierta comida por habernos portado bien.

Es difícil dimensionar en dónde está uno con relación a lo que come. Simplemente hay cosas que sobrepasan nuestra consciencia y allí vamos, comiendo ese tercer tamal porque saben a los de la abuela. Haciendo galletas que están en el libro de recetas de la mamá. Tomando un cuarto trago con los amigos porque el año ya se acaba y pareciera que no viene uno nuevo detrás.

A mí la comida no me quiere. O me quiere mucho, no sé. Desde hace años no como muchas cosas que se consideran normales y no me recuerdo cuándo fue la última vez que me comí un pedazo entero de pastel. Y no me hace falta. No estoy lo delgada que me gusta, pero eso es material para otro par de cientos de blogs.

E igual quiero. Quiero una pizza. Porque la asocio a noches de pelis entrelazados. O un helado porque me recuerda a buenos momentos en ciudades lejanas. Y lo que quiero no es la comida. Es el recuerdo. Ése no me lo puedo comer.