El descanso que no llega

Peleamos toda la vida con el sueño. Primero porque no queremos dormir y luego porque no podemos. Recuerdo muy bien la primera vez que me quedé despierta hasta el día siguiente al mediodía. Fue para una boda y llevamos a los novios al aeropuerto. Creo que yo tendría unos 17 años. Me fue, como era de esperarse, fatal. O sea, a quién se le puede ocurrir que no dormir sea una buena idea…

Estamos en un constante querer aprovechar el tiempo que tenemos y un querer escaparnos. De la vida, del tiempo, de todo. Como si uno no se llevara consigo cuando se va. Ése es el espejismo de los viajes. Creer que no estar es como no ser. Y no. Uno siempre es uno. Aunque lo olvide.

Lo mejor es conocerse y ver por dónde están las cosas que realmente nos pesan y que arrastramos. Todo eso que nos despierta a media noche, aún en el hotel más exótico al otro lado del mundo. Descansar, de verdad, no sé. No recuerdo un día desde que nació mi primer hijo en el que yo no piense con nostalgia en mi cama. Pero tampoco me recuerdo de un día en el que no haya querido hacer más.

La vida se nos va en el tiempo gastado. Y no lo podemos gastar bien si estamos medio dormidos.

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