Tengo una cocina que es mi parte favorita de la casa. Amplia y con una isla de concreto sobre la que como frecuentemente. Hay algo en el espacio que me atrae como un imán. Podría escribir allí, creo, si no fuera porque siempre hay gente. Recuerdo la cocina de mi mamá. Era un armario con estufa. Diminuta. Apenas cabíamos las dos y yo tenía que sentarme sobre el counter en una esquina, hecha un nudo porque nos topábamos. Me encantaba estar allí. No es que ella me dejara ayudarla mucho, las cosas con mi mamá eran muy particulares y no era tanto que cortara las verduras con regla, como que se podía hacer una regla con sus cubitos. Pero era lindo acompañarla.
Comer galletas es algo que ya no me gusta porque no me encantan las cosas dulces. Igual las hago. Porque es diciembre y en diciembre se hacen galletas. Y porque uso la batidora de mi mamá, leo las recetas escritas con su letra y mi casa huele a lo que olía mi casa.
Ahora, hoy, mis hijos me ayudaron a hacer las galletas, todos aplicados poniéndole harina a los moldes de madera de las kiddfords y muy consecuentes haciendo bolitas todas del mismo tamaño (o casi). Llenaron de harina hasta el garage. Y bailamos. Y fuimos felices.
Así puedo seguir haciendo galletas todos los diciembres que me resten de vida, aunque no me las coma.
