No desperdiciar

Mi casa está llena de cosas que me gusta llamar antiguas y que en realidad son viejas. Porque no tienen más valor que el sentimental para mí. Los anaqueles de la cocina de mi mamá, por ejemplo. Recuerdo el esfuerzo que le costaron, no sólo en dinero, sino en convencer a mi papá de instalarlos. Para mi papá, cambiar de lugar un cuadro en su casa era una afrenta personal. Y ahora está una parte de esos anaqueles, lista para tirarse. Porque están viejos y la casa está nueva y ya necesitamos muebles que le vayan.

Y a mí se me parte el corazón. Porque uno tira las cosas que no sirven y tal vez no sirven, pero sí me recuerdan a mi casa. Esa casa que ya no existe más que en mi memoria. Hasta la memoria me falla, porque tengo ya tantos años de vivir en otra casa que es la misma que ya no me recuerdo de la primera bien. Ni siquiera huele igual.

Las cosas las tiramos. Está bien. Hasta a veces desperdiciamos cosas materiales, porque para nosotros ya no sirven. Aunque todavía puedan servirle a alguien más. Lo que no podemos tirar son nuestros recuerdos. Modificarlos, sí. Actualizarlos, sí. Igual que remodelé una casa que ya no servía para lo que la queríamos y ahora es diferente.

El descubrimiento más viejo del mundo

Leer a Borges es dejarse seducir. Es un hombre que habla constantemente de amor, sin mencionarlo. Un enamorado que declara sus sentimientos todo el tiempo, pero nunca abiertamente. Erótico en su sutileza. Dos poemas de él me gustan en especial. Las causas y Los límites. Uno, de amor. El otro, de muerte. Ambos hablan de lo mismo, al final del día.

Los humanos, todos los seres vivos, tenemos una compañera constante: sabemos que un día vamos a morir. Y como es una certeza intedeterminada, la dejamos pasearse entre nuestra existencia, a veces ignorándola, a veces dándole la bienvenida. Querer hacerse la bestia de esa realidad es suicida. (Perdón, no me pude resistir un poco de humor ácido.)

Llega un momento en que nos damos cuenta que, tal vez, lo que estamos haciendo sea la última vez que lo hagamos. Dan ganas de hacerse un ovillo y llorar. Que si esos labios los besamos por última vez. Que si comimos nuestra dona favorita por última vez. Que si vimos a nuestros hijos por última vez. Y pareciera que fuimos los primeros en toda la existencia de una humanidad que lleva siglos de morirse, en darnos cuenta que nos vamos a morir. A realmente darnos cuenta.

Sirve para nada y nada. O sea, sirve para, tal vez, apreciar lo que estamos haciendo. Para asignarle importancia a las cosas que nos dolería no volver a hacer. Para restárselas a las que no. Pero no sirve para retrasar el momento de ser últimos.

Me cuesta sobremanera vivir como si me fuera a morir. Porque, a mí, me dan ganas de tirarlo todo por un caño y decir que entonces nada importa. Hasta que recuerdo que sí, que sí me importa la vida. Entonces sigo. O trato. Por última vez, como la última vez y la siguiente.

Las verdades absolutas

Si les creemos a los físicos cuánticos, no existimos. Porque nuestra materia está hecha de partículas que están y no están. O a los filósofos que se debaten si la realidad que experimentamos es sólo el sueño de alguien más. Hasta las películas de personas conectadas, viviendo en mundos desaparecidos.

La realidad, esa que nos define, que está hecha de nuestros recuerdos, es una fantasía. Cada vez que sacamos una memoria y la observamos, la cambiamos hasta que, del hecho que la origina, no queda más que un recuerdo. Ni siquiera tenemos una forma completamente objetiva de utilizar el lenguaje, porque le hemos cargado tantas connotaciones emocionales personales a las palabras, que a veces eso interfiere entre lo que nos están diciendo y lo que nosotros estamos entendiendo.

Pero sí existen verdades absolutas. Hechos que no podemos evadir: el agua moja. El hielo es frío. Vamos a morir. Cosas tan reales e inevitables que son ridículamente obvias. No les prestamos atención porque no vale la pena. Y luego están las que sí importan: tenemos un valor, podemos ser felices. Sentimos. Porque los sentimientos son verdades absolutas que nadie nos puede refutar. No hay forma que alguien nos pueda decir cómo nos sentimos.

Mi verdad absoluta que no dudo es que amo a mis hijos. Eso no cambia y supongo que no cambiará jamás. Ahora, la realidad de esa verdad en términos cuánticos, es otra cuestión por completo diferente. E irrelevante.

Amigos necios

Todos tenemos algún amigo necio que nos empuja a hacer cosas que están justo afuera de nuestra zona de confort. A tirarnos en un canopy, a subirnos a una montaña rusa, a probar el rappel. O a correr un poco más, a nadar una vuelta más.

El mío, el más insistente, es el que tengo en el cerebro. Resulta que hoy no quería nadar, como no he querido nadar todo el año, que si por el frío, que si porque el agua moja. Cualquier excusa es buena. Pero resulta que había empacado una calzoneta nueva y unos anteojos para nadar nuevos. Y me los quería estrenar. Además, pasé tocando el agua de la piscina y no estaba tan fría. Salió el sol detrás de una nube justo cuando iba camino al vestidor. Ni modo. El amigo insistente me dijo «sólo cinco vueltas». Me tiré. Llegué a las cinco. «Ay, ya estamos aquí, cinco más.» Así se fueron las 11.

De alguna forma tenemos que poder hacer cosas en contra de nuestra propia voluntad. Que, si por mí fuera, me hubiera regresado tranquilamente a mi casa a ver Fargo. Pero no puedo. Porque me obligan. Me obligo. Sería un gato. Pero no. Porque yo misma soy mi amiga necia que me pide dar más.

A veces no doy lo suficiente. La mayoría de las veces. Pero doy más de lo que quisiera. Tal vez no es tan malo.

La ansiedad de las cosas

Pasé un par de días sin tener que ir a ninguna parte, ni de hacer nada. No sé cómo no hago eso más seguido. No manejé, no vi tele, no cociné. Nada. Ni siquiera sentí compulsión por hacer ejercicio.

Entre tantas cosas que tenemos que hacer, se nos van los días. Siento, como hoy que ya tuve que subirme a un carro, hacer loncheras, pensar en citas, que hago muy poco para todo el tiempo que gasto. Y que es más la ansiedad que me da todo. Lo que verdaderamente me atormenta es no saber si lo estoy haciendo todo.

Supongo que no podemos ni siquiera saber si lo que logramos está bien hecho. Esa conversación en la que uno dice muy poco o demasiado. Las palabras de cariño que pueden sonar a reclamo. El no saber de alguien al que uno quiere. El saber demasiado de uno mismo. Todo. Todo me da ansiedad. Hasta que lo mando y me mando al carajo. Porque no se puede vivir así.

Nada está ni ligeramente bajo mi total control y aprender eso me ha sacado todas las arrugas de la cara. No me gusta pensar que soy un barco a la deriva. Pero tampoco puedo pretender que yo construyo vías inamovibles en el mar. La imagen que prefiero es la de un buen barco, con velas firmes y una guía segura. Si bien no poseo el poder de cambiar el rumbo del viento, sí puedo ajustarme.

Y, en los días de calma, tirarme a nadar.

Cambiar para permanecer

Mi escritor favorito es Stephen King. Su narrativa es impecable. Rara vez hay algo que lo saque a uno de la suspensión de realidad en la que uno se sumerge cuando lee un buen libro. Me pasa lo mismo con Ishiguro, con von Shirach, con Restrepo. Estilos tan limpios que es como dejarse llevar en una embarcación segura, sin importar el estado del océano.

Lo interesante es que uno llega a esos autores cuando ya tienen un estilo. Y es muy poco probable que lo hayan tenido así desde un principio. Seguro sufrieron las transformaciones que vienen con la vida. Así como cuando miro las fotos de cómo me vestía de adolescente. Lo que me gusta ahora se puede entrever entre todo el resto de fachas.

Pareciera que nacemos con muchas cosas sobrantes. Vamos cambiando para ser más nosotros mismos. Afinamos nuestro estilo. Nos despojamos de las cosas que nos estorban. Vamos más ligeros, más limpios, mejor definidos. O deberíamos.

Ensayar para mejorar. Practicar para obtener maestría en lo que nos gusta. No tenerle miedo al dolor del cincel y el fuego. No quedarse a medias.

Nunca voy a escribir como King, Dumas, Borges. Porque no soy ellos. Tengo mi propio proceso. Pero quiero escribir como yo. Y para eso aún me hace falta.

El bendito silencio

Desde que existe el texto en medios de mensajes en el teléfono, yo ya casi no hablo. Eso de las conversaciones interminables con las amigas o, hasta altas horas de la noche, con el novio, ya son impensables. Pregunta uno si puede llamar, como si que el que suene el teléfono fuera una invasión. Y, sí, hasta cierto punto, lo es.

Pero el hecho de no hablar no quiere decir que pasemos en silencio. Ése es muy difícil de encontrar. Al menos para mí, que paso entre “mama”s todo el día. No hay mucho espacio para la reflexión. Hasta escribir lo termino haciendo a la carrera en el tiempo robado al día.

Nos llenamos de ruido. Música, tele, texteos. Como si se escondiera un monstruo en el silencio que nos fuera a demostrar que, no, siempre no somos tan interesantes. No podemos estar solos. No nos gustamos. El miedo a levantar la cortina y no encontrar nada detrás.

Mantener un poco de silencio para conocerse es, tal vez, uno de los ejercicios más complicados de nuestra humanidad. Tal vez porque estamos programados a ser sociables y tomar de auto referencia la opinión de los demás. Puro tema de tribu. Claro que eso también nos afecta. Pero lo que somos viene de adentro. Y es mejor conocerlo.

Tal vez por eso me tomo veinte minutos al día para escribir, que es como pescar mis pensamientos. También por eso casi nunca hablo por teléfono. Pero cuando hablo…

El famoso detox

Ay. Muero por una tortilla con frijoles y crema. Muero. Me quedan muy pocos antojos de eso que se llaman «pecados» en la comida. Ya no me desgarro por una dona, ni un helado. Las pizzas me tienen sin cuidado. Una hamburguesa, tal vez, se me atraviesa por el pensamiento de vez en cuando. Pero una tortilla. Con frijoles volteados. Y crema.

Resulta que andamos en treinta días de «desintoxicación». Se fue todo. El vino. El tequila. Los frijoles. Las tortillas. El queso, oh por Dios, el queso. Ya llevamos quince días de eso y casi, casi lo tiramos todo por el caño el domingo. Enfrentados a la posibilidad de ir a comer a nuestro buffet de desayuno favorito, nos dispusimos a romper el sacrificio. Pero no. Igual hice el desayuno que tocaba y nos lo comimos como valientes.

Cuesta. Cuesta limpiarse. Porque implica dejar cosas que verdaderamente nos gustan. La vida ya es muy triste como para amargársela uno. Pero… Pero. Quiero llegar a vieja sana. Lo más sana que pueda. Me gusta tener una cierta talla de ropa y no verme descuadernada. Y me gusta ejercer mi fuerza de voluntad. Qué músculo más débil. Hasta que se flexiona y resulta que sí lo puede levantar a uno mismo.

Me quedan catorce días de detox. Lo celebraré con vino. Y frijoles.

Con terror a equivocarme

Se le arruinó la cámara a mi teléfono. Ya llevo así más de un mes. Probé todos los «remedios rápidos» y nada. Nada. Sólo la de selfies. Hoy me tuve que resignar a borrar todo el contenido y resetear al animal. Detesto hacer eso. Tiene que ver con mi pánico a meter la pata. A verme tonta. A equivocarme.

Qué difícil es no poder ponerle una medida justa a las cosas y hacerlas más grandes de lo que realmente lo son. No poder llamar a decir un «te quiero» por no querer quedar en ridículo. No probar una cosa nueva por no verse uno mal. No arreglar un teléfono por no querer admitir que uno olvida las contraseñas, todas, todas las veces.

La vida tiene remedios para todo. Algunos rápidos, algunos más trabajosos. Pero hay goma para volver a pegar las cosas, aunque no queden idénticas. A todos, al final de cuentas, se nos notan las fisuras. Pero lo remendado hace un milagro especial: pongan una luz debajo de un plato remendado y las grietas la dejan escapar. Es algo hermoso.

Aún no sé si resetear mi teléfono va a hacer que funcione la cámara. Pero sí sé que no pierdo nada con probar. Salvo que pierda toda la información. Ya lleva una hora conectada al iCloud y no ha terminado. No creo que sea tan importante tampoco.

El reloj de mi papá

Le escribí a la fábrica uno de esos correos que no tienen suficiente información, porque no hay forma de decir lo que uno tiene en mente sin sonar desajustada. “Estimados Señores, les escribo para preguntarles si es posible que entre sus archivos tengan récord de un reloj que se ajusta a esta descripción. Lo heredé de mi papá y quisiera conocer su proveniencia. Aunque no tiene un nombre visible en ninguna de sus caras, existe esta leyenda y puede ser que haya sido fabricado por ustedes. ¿Podrían por favor buscar entre sus documentos? Agradeciéndoles de antemano su atención a la presente y el tiempo que puede tomarles la búsqueda, quedo de ustedes, muy atentamente…”
Nada. No se dice nada en una carta así.
No puedo describir estar parada del otro lado de una cama que, a mis cinco años, me parecía inmensa, viendo a mi papá darle cuerda al reloj. El mítico reloj que tocaba musiquita cada quince minutos, ese reloj que mi papá llevaba casualmente por la calle cuando su sola presencia era suficiente para ahuyentar al más audaz de los ladrones. Él. Con sus bigotes de gato relamiéndose un almuerzo de ratón tierno, los brazos que podían cargarme sin esfuerzo y el carácter de volcán desbocado.
La pieza había cambiado varias veces de manos. Llegó a las de mi papá por la necesidad. La del dueño que tuvo que venderlo, acompañándolo de historias fantásticas de para quién había sido fabricado. A mí nunca me importó esa parte del asunto. Era el reloj de mi papá y yo era feliz escuchando su carrión.
Alguna vez lo llevamos a hacerle servicio a una joyería de las de antes, con mostradores de cueva de ladrones y un taller repleto de otro tipo de joyas: lentes, magnificadores, herramientas diminutas, piezas esperando ser armadas. El dueño era amigo de mis papás y mío. A mis cinco años, acosaba a mi mamá para pasar saludándolo cuando hacíamos mandados en El Centro. El ritual era el mismo: me acercaba a su secretaria, preguntaba amablemente por mi amigo, entraba detrás del mostrador haciéndome sentir muy importante y lo iba a buscar. Era mucha la decepción cuando él no se encontraba en la trastienda. Pero, cuando estaba, nos tomábamos de la mano y me llevaba al otro lado de la calle, donde el chiclero de la esquina, a comprar chicles. Una cajita. No más. Con eso bastaba.
El reloj dejó de sonar. No hubo quién lo arreglara. Y mi papá no tuvo nunca el dinero suficiente para llevarlo a alguna parte más especializada. Se quedó bello y roto. Igual que él, quien dejó de hacer de su fuerza una fortaleza y simplemente se resquebrajó bajo el peso de una rabia que lo consumió hasta dejarlo solo, sin amigos y con pocas personas a su alrededor que lo quisiéramos lo suficiente como para estar cerca.
Las cosas valiosas, esas que verdaderamente tienen algo qué dar al mundo, son fáciles de arruinar. Las echamos entre una trituradora de tiempo y descuido que las va consumiendo. Así pasa con las habilidades, los talentos, las oportunidades, los amores.
El reloj de mi papá ahora es mío. Hace años se lo di a mi amigo para que me dijera si lo podía reparar. Imposible. Al menos para él. También él, valioso, está roto por la edad. No había querido regresar a recoger ese pedazo de mi papá que ya no servía. Para no verlo y no verme y no sentirme como si estuviera tratando de subastar a mi padre queriendo encontrar el valor tangible de una cosa que jamás se va a poder tasar en su justa medida. ¿Quién me puede pagar verlo dándole cuerda y haciéndolo sonar para que yo le replicara con las estrellas de felicidad en los ojos?
Recogí el reloj hoy. Le di un abrazo a un hombre que ya casi no existe. Pesaba. La caja con ese pedazo de maquinaria sin andar pesaba entre mi bolsa. Lo venderé. O no. Pero es mío. Así como lo es la vida misma que también me pasará atravesando y me dejará pesando menos que el recuerdo que tengan de mí los que vengan después.
El reloj está arruinado. Sigue siendo valioso.