Quiero pizza

Y helado y galletas y tal vez pizza otra vez. Y no quiero nada. Porque lo que quiero es sentirme llena de algo que no lo sustituye la comida.

Tenemos una relación un poco precaria con los alimentos. Simplemente porque son el combustible, no sólo de nuestra locomoción, sino el detonante químico de tantas cosas en el cerebro que no nos damos mucha cuenta. Y nos volvemos adictos al azúcar hasta olvidarnos cómo comer una fruta. O le ponemos una etiqueta de premio a cierta comida por habernos portado bien.

Es difícil dimensionar en dónde está uno con relación a lo que come. Simplemente hay cosas que sobrepasan nuestra consciencia y allí vamos, comiendo ese tercer tamal porque saben a los de la abuela. Haciendo galletas que están en el libro de recetas de la mamá. Tomando un cuarto trago con los amigos porque el año ya se acaba y pareciera que no viene uno nuevo detrás.

A mí la comida no me quiere. O me quiere mucho, no sé. Desde hace años no como muchas cosas que se consideran normales y no me recuerdo cuándo fue la última vez que me comí un pedazo entero de pastel. Y no me hace falta. No estoy lo delgada que me gusta, pero eso es material para otro par de cientos de blogs.

E igual quiero. Quiero una pizza. Porque la asocio a noches de pelis entrelazados. O un helado porque me recuerda a buenos momentos en ciudades lejanas. Y lo que quiero no es la comida. Es el recuerdo. Ése no me lo puedo comer.

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