El dolor que no sirve

Escuchando un TedTalk acerca de la depresión, el ponente decía que el opuesto de la depresión no es la felicidad, es la vitalidad. Parte de vivir, creo que la parte esencial, es sentir. Y entre eso es sentir todo lo malo, hasta el dolor.

Las situaciones que nos molestan nos enseñan en dónde tenemos puestos nuestros sentimientos. La gente que queremos es la que nos lastima, los trabajos que nos importan son los que no queremos perder, las situaciones que nos gustan son las que son imposibles de olvidar.

Luego hay dolor físico que no parece ayudar en absoluto. Como la escápula izquierda que tengo trabada desde hace tres semanas y que, no sólo me duele, si no que ya se me duerme la mano. Me halé el músculo de pura tensión y hoy fui a que me punzaran. Casi lloro. Ahora mismo no quiero moverme. No sé qué puedo aprender de eso, más que a no estresarme.

De hecho, también el dolor físico ayuda a ponernos límites. A saber cuándo descansar. A soltar.

Estar vivo es sentir, abrirse, ser vulnerable. De otra forma, no estamos presentes de verdad. Lo bueno es que nada dura para siempre. Hasta el dolor se acaba. Espero.

Hoy no hubo tráfico

Algo sucede cuando no hay tráfico. La vida tiene un color más liviano, se me alisan las arrugas, se esconden las canas.

Hacemos más tiempo en el carro que en la casa y no me gusta pero no hay alternativa.

Pero hoy no hubo. Al menos no mucho. Y ahora tengo más tiempo para pensar en algo más que el infeliz que se me cruzó. Lo ideal sería que, aún teniéndolo enfrente, no pensara y no dejara que me afectara la descortesía de otros.

Eso he tratado de hacer. El tráfico de Guate como ejercicio zen. No me sale del todo, pero allí voy.

Hoy no hubo tanto tráfico y yo me siento más feliz. A ver qué tal mañana.

No se puede ser feliz

Al menos no de esa felicidad que hace que canten los pajaritos y caigan estrellas del cielo. No siempre. No todo el tiempo. Esos breves momentos se llaman “euforia” y se van como vienen, fugaces y alborotadores. Lo malo es creer que eso es la verdadera felicididad y salir a cazarlos. Son efímeros y sólo se les disfruta.

La felicidad es fijarse en las cosas pequeñas, calladas que nos dan un placer. Como el trago de cerveza en el día caluroso. Sonreírse al espejo. Querer a alguien.

Nos hacemos la vida que queremos desde donde la vemos. Lo difícil es reajustar el cerebro de cazadores pesimistas. Ése que mira depredadores en todas las sombras. El que nos ayudó a sobrevivir en la selva, pero nos mantiene despiertos de noche pensando en todo lo malo, lo feo, lo escaso.

Trato, en serio que trato de ponerle atención a las cosas bonitas. Tengo alguna medida de éxito, pero en general sólo encuentro los defectos, sobre todo en mi persona. Y me cuesta salir del guión que me indica que sólo siendo dura y exigente e inconforme, soy mejor.

La felicidad de “y vivieron felices para siempre” no existe. Pero sí está la alegría del “y vivieron”.

Quemar el tiempo

Desde hace cuatro años, me tomo fotos con alguien profesional. Cuando he tenido un poco más de dinero, hasta me han maquillado así como no me sale a mí y parezco mujer arreglada. Las fotos han tenido de excusa dárselas a alguien, pero, al final, han sido para mí.

Celebramos el paso del tiempo con signos y ceremonias, desde sacrificios antiguos hasta velitas en un pastel. ¿Estaremos dando gracias de permanecer un año más? ¿O quemamos de alguna forma el tiempo transcurrido, la juventud que se nos aleja y a la persona que fuimos antes?

Hay muchas formas de afrontar el envejecer y a mí ninguna me deja del todo satisfecha. La resignación huele a abandono, la resistencia a negación, la aceptación a locura. Yo no quiero hacerme vieja, al menos no como vi envejecer a mi madre que perdió toda capacidad de autonomía. Estoy lejos de eso, veinte años en la línea del tiempo de ella y quién sabe cuántos en la mía. Aprendo de ver a mujeres mayores que yo, que no se lamentan de no ser las que eran, porque se gustan como son.

Eso quiero. Gustarme hoy y ahora. No importa cuándo sea eso. Y, cada año, me seguiré tomando fotos. Supongo que cada vez con más ropa.

Las cosas al revés

Cuando voy de copiloto, suelo voltear a ver las calles en sentido contrario a sus vías. Sobre todo las del Centro que conozco a fuerza de tantos años de pasar por ellas. Son iguales que cuando manejo, o sea, son las mismas, pero no son iguales. Se miran distintas porque las observo desde otra perspectiva.

Tan fácil hacer eso con una calle y tan difícil con la propia vida. Eso de darle un significado diferente a un acontecimiento que nos marcó, es como hacer magia, viajar en el tiempo y matar tiernito al sentimiento que nos rompió el corazón. Ese dolor que nos sigue haciendo detenernos un momento en las mañanas se puede disolver con un simple cambio de punto de vista.

Lo que yo grabé en mi memoria como puras desaprobaciones de mi papá, si pudiera verlas como expresiones de cariño y su afán porque yo fuera mejor, dejarían de cantarme al oído que «no soy suficiente». Reescribimos nuestros recuerdos cada vez que los sacamos y examinamos. Como esa disyuntiva de los científicos que no saben si el objeto observado es diferente por el simple hecho de serlo. En nuestro caso, sabemos perfectamente que sí cambiamos la memoria, aunque sea el mismo. Porque nosotros somos distintos y nos imprimimos en ella.

Tal vez necesito ayuda para hacerlo. Ir de pasajera, sin querer tener siempre el control y siempre ver las cosas como yo quiero.

Hacer las cosas sin ganas

Tan bonito que es darle una instrucción a los niños y que la sigan tarde y de mal modo dijo ninguna mamá jamás. Creo que hay pocas cosas que me molestan más que las malas caras. O sea, si lo vas a hacer así, mejor no lo hagas. Es mi tic personal.

Hacer las cosas tiene mérito, no importa el ánimo. Si no, no valdrían todas esas desveladas con los bebés, ni las tareas para estudiar, ni la sonrisa ante un dolor, ni tantos actos heróicos de los que está construida nuestra historia como humanos. Nos levantamos sin ganas a enfrentar el mundo aunque no queramos, porque es lo que tenemos qué hacer.

Tengo pocas ganas de nada. Mi cama y mis gatos me llaman cual sirenas y allí quisiera naufragar. Pero escucho voces menudas por la casa y saco un pie tras el otro. Se logra el milagro privado de hacer funcionar un motor sin fuerza.

Supongo que todas las épocas pasan. Da lo mismo. Lo importante es que aún me muevo y tal vez mañana me sea menos difícil. Pero procuro no hacer malas caras.

Combinemos

Compramos churrasquera. Recuerdo que hacer carne asada en casa de mis papás era un trámite horrible, nadie quería “juntar fuego”, siempre había humo y la carne jamás salía como la de los restaurantes.

Pensamos en las cosas que nos gustan y tratamos de replicarlas. Pero no siempre se puede. Tal vez hay un componente que se escapa al sabor en sí. Porque recetas debería poder seguir cualquiera. Y no. Lo sabe todo el mundo que trata de hacer chow mein. No es lo mismo.

Pero terminamos haciendo algo propio. Hasta que nos gusta lo que nos sale. Lo hacemos nuestro, único y se lo transmitimos a nuestros hijos. Es lo lindo de vivir. Aprender a combinar lo externo y lo interno. Vivir como queremos genuinamente. Conocernos..

La churrasquera nueva tiene para carbón. Y para gas. Porque yo sí quiero gozarme los fines de semana con mi familia.

¿Y si me gusta?

Hice helado de aceite de oliva. Que básicamente es un helado normal, pero al final se le echa aceite en vez de vainilla. Quedó delicioso. Pero a mi hija no la hago probarlo sólo por el nombre. La muchachita no tiene ni ocho años y ya vive sus prejuicios.

En la comida, cerrarse a no probar cosas nuevas es tal vez el lugar más tonto. ¿Si no sabemos a qué sabe algo, cómo podemos decidir si nos gusta o no? No estamos perdiendo un dígito por meternos el bocado y lo único que puede pasar es que lo escupamos en una servilleta.

Quedarnos encerrados sólo en lo familiar nos limita como humanos. No salimos de nuestro círculo de personas inmediatas, leemos a los mismos autores, vemos las mismas películas. Así es como se le abre la puerta a la decrepitud.

Dentro de un ambiente relativamente controlado, deberíamos poder lanzarnos a probar cosas nuevas. Subir montañas rusas, escuchar una banda diferente. Comer lo que nos ofrezcan.

A mis hijos siempre les digo que se pueden estar perdiendo de su nueva comida favorita. ¿Y si les gusta?

Las conversaciones que nunca terminan

Recuerdo cuando uno hablaba por teléfono con el novio adolescente, metida entre las sábanas porque ya era tarde. Pasaba horas enteras con el teléfono cambiando de oreja y ocupando la línea, que era la única. No recuerdo en absoluto de qué se trataban, porque estoy segura que eran completamente intrascendentes. Pero la sensación de querer seguir conversando de nada con alguien que me interesaba, sigue en algún lado de mi cerebro bien guardada entre las cosas agradables.

Ahora es muy raro que hable de viva voz con alguien. Mi forma preferida de comunicación son los mensajes de texto en varias plataformas. Me es más cómodo, menos invasivo, más mesurado. Hay poco espacio para un exabrupto emocional que uno no pueda revisar. Siempre se puede pensar en algo más divertido, da tiempo para buscar en Google una referencia, mandar un gif o una foto. Pero no es lo mismo.

Nos perdemos de las inflexiones de voz, las risas al mismo tiempo, los silencios llenos de suspiros. También se pierde la inmediatez de una llamada en el momento en el que está pasando la cosa tonta que uno quiere compartir.

Cuesta aún más volver a encontrar con quién hablar en persona. Porque, al menos a mí, me cuesta mucho dejar de revisar las otras conversaciones que llevo en simultáneo por texto con más personas. No es bonito. Por eso, cuando lo logro, quisiera que no terminara. Pero hasta un «cuelga tú»,  «no, primero tú» y por fin cortar la llamada tiene su lado bonito. Siempre hay ocasión para repetir.

La genialidad de lo tonto

Pusieron las películas y la serie de Monthy Python en Netflix. Como bien dice un amigo, un clásico de hace cuarenta años que sería una tristeza no haber visto antes. Yo estoy feliz revisitando The Holy Grail. Es un pedazo de comedia tan absurdo, tan tonto, que sólo alguien verdaderamente genial pudo haber escrito. Desde los títulos iniciales. Es tontera tras tontera, una bola de nieve que va creciendo y al final uno se ríe hasta de verles las caras.

Pareciera que el humor más seco estriba en hacerse el tonto. Y eso no cualquiera puede. Me encanta. Me ayuda a apagar el cerebro y a reír como demente.

Queremos a veces ser demasiado inteligentes y nos tomamos demasiado en serio. Todo tiene consecuencias mayores, todo nos afecta, todo nos duele. Pero se nos olvida la falta de permanencia hasta de los cimientos de la Tierra.

Todo pasa. Todo se acaba. Y a todo se le puede encontrar el lado liviano. Hasta el punto de reírse porque lanzan una vaca desde un castillo y golpean unos cocos para simular que van a caballo.