Las conversaciones que nunca terminan

Recuerdo cuando uno hablaba por teléfono con el novio adolescente, metida entre las sábanas porque ya era tarde. Pasaba horas enteras con el teléfono cambiando de oreja y ocupando la línea, que era la única. No recuerdo en absoluto de qué se trataban, porque estoy segura que eran completamente intrascendentes. Pero la sensación de querer seguir conversando de nada con alguien que me interesaba, sigue en algún lado de mi cerebro bien guardada entre las cosas agradables.

Ahora es muy raro que hable de viva voz con alguien. Mi forma preferida de comunicación son los mensajes de texto en varias plataformas. Me es más cómodo, menos invasivo, más mesurado. Hay poco espacio para un exabrupto emocional que uno no pueda revisar. Siempre se puede pensar en algo más divertido, da tiempo para buscar en Google una referencia, mandar un gif o una foto. Pero no es lo mismo.

Nos perdemos de las inflexiones de voz, las risas al mismo tiempo, los silencios llenos de suspiros. También se pierde la inmediatez de una llamada en el momento en el que está pasando la cosa tonta que uno quiere compartir.

Cuesta aún más volver a encontrar con quién hablar en persona. Porque, al menos a mí, me cuesta mucho dejar de revisar las otras conversaciones que llevo en simultáneo por texto con más personas. No es bonito. Por eso, cuando lo logro, quisiera que no terminara. Pero hasta un “cuelga tú”,  “no, primero tú” y por fin cortar la llamada tiene su lado bonito. Siempre hay ocasión para repetir.

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