Hice helado de aceite de oliva. Que básicamente es un helado normal, pero al final se le echa aceite en vez de vainilla. Quedó delicioso. Pero a mi hija no la hago probarlo sólo por el nombre. La muchachita no tiene ni ocho años y ya vive sus prejuicios.
En la comida, cerrarse a no probar cosas nuevas es tal vez el lugar más tonto. ¿Si no sabemos a qué sabe algo, cómo podemos decidir si nos gusta o no? No estamos perdiendo un dígito por meternos el bocado y lo único que puede pasar es que lo escupamos en una servilleta.
Quedarnos encerrados sólo en lo familiar nos limita como humanos. No salimos de nuestro círculo de personas inmediatas, leemos a los mismos autores, vemos las mismas películas. Así es como se le abre la puerta a la decrepitud.
Dentro de un ambiente relativamente controlado, deberíamos poder lanzarnos a probar cosas nuevas. Subir montañas rusas, escuchar una banda diferente. Comer lo que nos ofrezcan.
A mis hijos siempre les digo que se pueden estar perdiendo de su nueva comida favorita. ¿Y si les gusta?
