Necesito dormir

Este año pasé más o menos cuatro meses sin dormir por las noches. Entre que no encontrábamos la dosis correcta de la basal de insulina de la niña, que la manguera del set era demasiado larga y se arruinaba la insulina, que el sensor estaba puesto en un lugar que no funcionaba bien y la ansiedad general de la nueva condición en la que estaba. Cuatro meses. Se dice fácil ahora, pero sí me afectó. Tomé muy pobres decisiones en varias cosas, me pasé zombie durante muchos días y caí en una especie de depresión que, menos mal, no se me fue de las manos, pues aquí sigo.

Necesito dormir. Desconectarme. Cuidarme. Se vale que lo haga, que me tome un tiempo para descansar, porque si no lo hago, no estoy presente para lo que necesito hacer después. También tiene que ver con valorarme en lo que necesito. Necesito afecto. Seguridad. Lealtad. Soy suficiente como para pedirlo y recibirlo.

Llegar a esta conclusión, a poder decir «soy suficiente», me ha tomado años de darme contra la pared de mi propia inseguridad. Me permití aceptar menos de lo que di, o di demasiado, sin guardarme un poco de cariño para mí misma, esperando recibirlo de afuera. Me dejé sin nada, vacía, por darlo todo. Obvio, no recibí lo que di, porque nadie le da a uno todo.

Así que ahora, descanso cuando lo necesito. Y me reservo un poco de lo que puedo dar, para mí.

Qué aprendí

Ayer, luego de un día conflictivo, les puse a los niños el ejercicio de decir qué habían aprendido. De las cosas malas siempre se puede sacar algo rescatable. Dijeron cosas de niños, algunas divertidas, otras profundas. Me quedé pensando en lo que yo he aprendido, luego del peor año de mi vida. Es un listado más útil aún que el de cosas qué agradecer. Así que, a partir de mañana, escribiré acerca de las lecciones que me dejó el 2019.

Me he enfocado entre lo difícil y lo que me dejó, pero, para salir del pozo, tengo que ponerle atención a lo que entiendo mejor ahora. Tal vez lo más importante sea simplemente seguir.

Qué bueno que se va este año. Espero que el siguiente sea más liviano.

Lo que espero

Hay una diferencia entre lo que quiero y la expectativa y la experiencia. Qué poco puedo diferenciarlo a veces. Quiero todo. Siempre. Tal vez porque sólo sé darlo todo.

Resulta que no hay que hacer eso, porque uno se queda vacío. Hay cosas que no se multiplican. Una vez se entregan, se acaban. Pero los deseos siempre están.

Luego, las expectativas sólo sirven para decepcionar. Porque esperamos sin articular. Eso no es válido.

Ahora, en este momento, sólo quiero no desear, pero sí recibir paz. Y esa sólo viene de adentro.

El estorbo

Es frecuente que haya personas que se quedan paradas en un sitio de paso (un corredor, una puerta, unas escaleras), completamente indiferentes a lo que sucede a su alrededor. Crean pequeños remolinos a su alrededor y, mientras no le estorben a uno, es entretenido ver cómo la gente hace todo lo posible por sortearlos.

Una piedra en un río es un peligro. Impone un obstáculo al flujo del agua. Así los problemas no resueltos, las decisiones sin tomar. Llaman toda la corriente de pensamientos hacia sí, aumentando la velocidad y la intensidad de las emociones que se agolpan sobre el objeto inamovible.

Quitar un estorbo es tan sencillo como dar un paso hacia delante. Y, aunque de vez en cuando es válido detenerse para pensar a dónde me tengo qué mover, quedarse quieto no es opción porque tarde o temprano nos arrastra la corriente. Nada más feo que un empujón.

No está a medias

Tengo dos novelas empezadas. No a medias, porque no las he terminado. Sólo no han avanzado desde la última vez que las visité. Sé que son bonitas ideas que no están desarrolladas como deberían, pobres ellas debieron nacer en un cerebro con más talento.

Así también siento con mi vida, que no está a medias, pero aún no tiene una conclusión (o un camino) completamente definido. En algún momento hace más de diez años sí creí que sentándome a escribirlo todo, podría dejar fijado el guión que seguiría el resto de mis días y lo único certero que queda de es plan es que aún sigo aquí. Planes al carajo. O, al menos, su persecución penosamente detallada.

Siempre me llamó la atención que las cartas escritas a mano tuvieran pequeños agregados, las Post Datas, o Post Scripts en los que se añadían los detalles o las correcciones de lo escrito anterior. A veces incluso eran hasta más interesantes.

Pues algo así siento en este momento. Que ya había puesto mi firma al pie de una carta, luego de un saludo efusivo (o no) y que ocurrió algo más que vale la pena incluirlo al final de la misiva. Porque nunca estamos terminados, aunque estemos completos.

Reglas para viajar solo

  1. El ejercicio cuenta el doble.
  2. Las calorías cuentan la mitad.
  3. El dinero gastado en una cerveza en un bar alegre nunca está mal gastado.
  4. Es obligatorio comer comida de la calle.
  5. También es obligatorio ir a un museo, al cine y al mercado.
  6. Se vale comer un pastelito.
  7. Arreglarse para salir con uno mismo es un acto de auto-amor.
  8. Siempre llevar un libro en la bolsa. Y algo con qué escribir.
  9. Levantarse temprano y acostarse tarde, los días de viaje también tienen 24 horas y hay que aprovecharlas.
  10. Dejar de pensar, los problemas lo esperan a uno y el cerebro necesita descanso.
  11. Regresar.

Hasta donde se puede

Distinguir entre la necedad y la persistencia es muy simple: el éxito. El camino antes de llegar a esa conclusión, sin embargo, es el mismo. Uno regresa a intentarlo por todos los medios que se tienen a su alcance hasta que lo logra o no.

Dejar de perseverar tiene más qué ver con la ilusión de obtener lo que se quiere que, incluso, con la probabilidad de hacerlo. A veces nos fijamos metas que parecen imposibles simplemente porque no se han logrado antes y sorprendemos al mundo. Otras, tal vez sólo queremos un abrazo y no hay forma de obtenerlo.

Tal vez lo más frustrante sea saber que uno dio todo lo que tenía y eso no fue suficiente. Toca recogerse de donde uno se entregó y admitir que, lamentablemente, eso no era para uno. Y continuar. Porque la perseverancia no sólo es la persecución de una sola cosa, sino también el no sentarse y dejar la vida pasar después de un fracaso. Hay muchas cosas que valen la pena perseguir y se puede pasar de un anhelo al otro. Al final, el que camina es uno.

Lo que queda

Hay algunas playas en las que la marea recede y deja pequeños lagos en la arena, en los que se pueden ver estrellas y peces, conchas… el mar resumido a un charco. Los animales sobreviven hasta que regresa una ola por ellos y nosotros podemos volver a buscarlos la próxima baja de agua.

Hay emociones que nos atrapan, una tormenta de rabia, con todo y rayos y centellas. En ese momento oscuro, no vemos nada a nuestro alrededor, la lluvia misma nos ahoga y sólo nos sentimos sacudidos por la fuerza del elemento que nos tiene abrazados. El enojo, la indignación, la decepción, la ira. Todas emociones que nos alimentan a hacer algo, pero que nos ciegan acerca del camino que debemos tomar.

Rara vez tomo una decisión en ese estado. Me conozco demasiado bien y sé que no estoy viendo todas las consecuencias de algo que pueda hacer, por mucho que tenga ganas de dejarlo todo y salir corriendo. Cuando permito que se me pase la oleada inicial, puedo ver lo que queda, la emoción verdadera. Y hasta allí comienzo a pensar en hacer algo. La ola que viene a tapar de nuevo el fondo ya no destruye, sólo integra y eso necesita a veces mi corazón.

Quiero algo sencillo

Me gusta el agua. Sabe a sed apagada, a recuerdos fríos, a calma. Me gusta que no sepa a nada. El pan con mantequilla y sal. Un banano. El helado de vainilla. Me gustan los abrazos que no necesito pedir. Un beso con la boca suave. El peso de unos ojos que me quieren sobre el cuerpo. Me gusta escuchar a mis hijos respirar de noche. La suavidad del pelaje de la gata que se me acurruca para dormir. Me gusta el olor a lavanda. Un par de jeans viejos que aún me quedan. La sonrisa llena de dientes de mi hijo. Los ojos de mi hija. El cielo cuando cambia de color. Los pájaros haciendo escándalo al despertar. El agua de la piscina que me envuelve.

Si tengo que hacer una lista de las cosas que quiero, que me son esenciales, creo que serían todas sencillas, pero no simples.

Pero la sensación térmica…

Salgo de mi casa con la idea que hace más frío, miro el termómetro del carro y reza una cosa distinta de la que siento. Siempre recuerdo esos estados del tiempo que dicen que el día va a estar a una temperatura, pero que la «sensación térmica» es de como diez veces menos. Influye el viento, la humedad, la goma… lo que sea. La experiencia de frío o calor definitivamente no es uniforme en tres la gente, y lo mismo se puede decir de todo lo demás.

Yo puedo escuchar palabras que me suenen gélidas y quien las dijo habérmelas dicho de la forma más normal. Es la sensación con la que recibimos todo. Y está bien. Pero… tenemos que aprender a alejarnos un poco de nosotros mismos y tratar de reaccionar a lo comprobable, no a lo imaginado. Y, en caso de no entender, volver a preguntar.

Me está costando comunicarme. No sé si sean mis pensamientos los confusos, o quien los recibe, pero hay un desfase, un desorden de ideas que no permiten que me entiendan. Supongo que debo dar mi reporte del tiempo por escrito, para que quede en blanco y negro.