La última lección

Me ha costado poner en positivo lo que he aprendido de un año que me dejó en menos cero. Las experiencias se me vienen a la mente como un manual de cómo lograr el máximo de dolor en el mínimo de tiempo y, aunque en cosas como la diabetes de mi niña no estuvo involucrada mi voluntad, la cosmovisión de un mundo amable se me fue por un caño y eso sí está dentro de mi alcance. Pero estoy acostada en mi hamaca, viendo una pared verde, con música de fondo y un buen libro a la mitad y, hoy, no siento tan pesada la vida.
Si tuviera que ponerle un punto final a lo que me dejó el 2019 es que sí puedo cambiarme. Desde el cuerpo, contra el que llevo luchando desde siempre, hasta el sentimiento de abandono con el que me he despertado más de una vez, generalmente de madrugada.

Pero también aprendí a que hay cosas mías que no debo cambiar. Nunca. La disciplina que me sacó de la cama todos los días, aún cuando quería morir. La necedad por hacer mejor las cosas. Escribir. Decir cómo me siento. Esperar relaciones más enriquecedoras. Por tratar de mover estas cosas, casi me pierdo. Y resulta que me gusto, por mucho que sé que debo mejorar.

No he llorado el mar de angustia que acumulé este año, creo que no podría parar y aún hay gente que depende de mi fortaleza. Puedo tomar decisiones duras sin resentirlas porque es lo que me toca hacer. Y, tal vez, puedo volver a cantar por las mañanas.

En este último día del peor año de mi vida, ejerzo mi derecho de cerrarle la puerta. Que no se cuele nada de lo malo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.