Comenzó la tendencia cuando, en vez de concentrarme en la meditación, se me ocurrieron dos o tres ideas de cosas nuevas qué hacer. Una ya está en proceso. Luego siguió con un video de ejercicios distinto del que hago (el doble de tiempo), más la clase de karate. Desayunos hechos, cambié las sábanas y toallas. Ahora reviso tareas (arreo niños, más bien), recogí la botella de desinfectante de alimentos que destrozó la niña y espero que sea el mediodía para hacer el almuerzo. Nada. Incluido el trabajo, que también me necesitan.
Eso quiero hacer hoy. Nada. Y de todas formas me levanto y desdigo mi inclinación, porque toca. Ser adulto es enfrentarse a muchas de las cosas que nos impiden avanzar, principalmente las que llevamos dentro. La pereza es un arma poderosa cuando se usa para hacerse la vida más fácil, pero un veneno demasiado peligroso cuando no nos deja ser responsables.
La vida contemplativa, la que permite crear obras de arte, me está vedada en estos momentos, por las circunstancias que me empujan y atropellan. Adiós las tardes de escribir con tranquilidad y los espacios en blanco en la piscina para pensar. Pero ya vendrán. Para mientras, seguiré haciendo nada, después de terminarlo todo.
