Un rompecabezas

Me falta una pieza del rompecabezas de mil que estoy armando. Es primera vez que hago uno, al menos que yo recuerde y hay una cualidad meditativa en la repetición de patrones que son casi iguales, pero no.

Eso de encontrar la pieza que se parece a la que va y que no entra es igual que cualquier situación que queremos forzar. Pero, al contrario de estas figuras de cartón, nosotros tenemos la capacidad de moldearnos para encajar en donde queramos. La cuestión es ¿hasta dónde queremos cambiar? ¿Cuánto de nuestro verdadero yo quedaría si nos transformamos? ¿O somos como cualquier bicho alado que se derrite dentro de su crisálida y se convierte en una palomilla? (Me gustan las palomillas, vean fotos de esas cosas de cerca.)

Al final de la travesía, toca escoger con qué nos quedamos para ser quienes somos. Y, si no cabemos en un lugar y no estamos dispuestos a cambiar, mejor no forzarlo. Pero, lo más importante, es saber que aunque falten unas piezas, el dibujo igual se entiende.

Los martes son complicados

Porque decidimos cambiar por completo la dieta ese día: no comemos ningún producto animal. No estamos acostumbrados a eso y me paso bastante tiempo buscando recetas. Hoy también haciéndolas, porque resultaron ser complicadas. Saben rico, pero no quiero estar cocinando todos los días desde las 9:30, si tan fácil que es poner hilachas en la olla de cocimiento lento la noche anterior…

Probar cosas nuevas siempre conlleva un grado de incomodidad en el aprendizaje. Es más, si se llega a estar cómodo, probablemente uno está estancado. Las cosas que se sienten como suéter viejo sólo deben servir como un momento corto de descanso para poder volver a esforzarse. En momentos como estos, en especial, a todos nos está tocando encontrar una nueva forma de pasar días que parecen repetirse sin término. Aunque no se lo crea uno, los días siguen teniendo nombres y el calendario sigue avanzando. Así que hay que hacerse uno mismo las novedades.

Como comer distinto aunque sea un día. Espero que el otro martes no me complique tanto.

El fondo del frasco

Mi papá siempre tenia un frasco con manías en su cuarto. Era su lote personal, a parte estaba el de la casa. Recuerdo llegar hasta el fondo de ese recipiente en alguna tarde viendo Bonanza con él. Hubiéramos podido seguir comiendo. Creo que no tengo límite para comer manías saladas. Sí lo tengo para las semillas de marañón, aunque quede profundo.

Todo tiene un límite, hasta las cosas placenteras. El problema no es que dejen de serlo, es que continúan igual y uno, que es especialito, se cansa. Frase favorita por patética pero real en una canción es «hasta la belleza cansa». Supongo que por eso los mejores vinos son complejos y siempre se les puede encontrar otro sabor.

Es extraño, cuando algo me gusta, quisiera que se quedara igual, siempre. Y luego me aburre. No importa qué tanto dependo de la rutina para mi sanidad mental, hasta dentro de mis horarios tengo variaciones, picos de actividad en distintos momentos. Sirve para no dejar de pensar que lo bonito, lo es. Porque nada mata más la pasión que lo invariable. Salvo que sean manías, ésas son perfectas.

Te vi

Hoy te vi pasar por la ventana que hace el espejo. Furtiva, escurridiza. Sin luz para ver colores, sólo miro tu silueta, no hay rostro. Escucho tu voz en el agua, espero que las otras atraviesen el viento. A ellas sí las reconozco. Tus ojos se deforman en sueños, intuiciones de un futuro incierto. Al menos todos lo compartimos.

Tu sombra pasa por debajo de mis pies, siempre detrás si hay luz por delante. El peso de tu cuerpo me sostiene a flote cuando nado y me arrastra por el suelo cuando me atrapa la desidia. Cómo te quiero. Tanto como para no quererte ni un poco.

Ese reflejo que me regalas rebota en un espacio vacío que contiene el mundo entero. Me paralizo y nada de lo que hago camina. Pero sigues allí, cada vez que me asomo a verte. Tan certera tu presencia como firmes son tus cambios. También estás en fotos, supongo.

Quiero seguirte viendo. Hasta que te reconozca y me guste.

El sutil encanto de las cosas que no me gusta(ba)n

Estos día cocino todos los días, los tres tiempos. Involucra planificación, tiempo, creatividad y persuasión. Sobre todo porque tengo que convencer a cuatro paladares diferentes de probar lo que les sirvo. Entre tacos de coliflor y peruleros con menta, el menú en casa ha sido todo menos aburrido.

Las cosas que no me gustan son pocas y cada vez son menos. Logré preparar panza con frijoles y comerla con gusto. Lo siguiente debería ser revolcado, pero creo que eso sí lo voy a comprar hecho. Esa fascinación un tanto morbosa hacia la comida que nos desagrada tiene que radicar en nuestro sentido de supervivencia. Por algo encontramos los hongos comestibles y las almendras no venenosas. Porque tenemos que sobrevivir con lo que está a nuestro alcance.

No puedo disponer salir a comprar comida si algo no nos parece, así que todos le estamos haciendo ganas a las cosas que hay. Hasta a los peruleros.

Reencuentro

Me fui a la bodega a cazar una tela que no encontré. Quería poner a la niña a bordar cruceta, recordando a mi mamá y las incontables tardes haciendo ese tipo de cosas. Lamentablemente la bodega no está fácil de navegar (proyecto para cuando tenga ayuda).

Tengo muchas cosas de mi mamá guardadas que no puedo hacer uso de forma adecuada. Encajes, telas bordadas, sedas. Seguro ella ya me hubiera puesto mil encargos. A mí no se me ocurre uno solo. Tantas veces de empezar proyectos y no aprendí a hacerlos por mi cuenta.

Estaba a punto de darme por vencida. Y encontré unos cuadritos, en kits con todo. Ordenar las lanas y ponerle la muestra a la niña fue un momento tan feliz. Me reencontré con mi mamá, pero del otro lado. Posición extraña, que lleno a mi manera. Espero hacerlo bien.

El final de la inspiración

La rutina me salva, me da fuerzas, me mantiene enfocada. Me hace repetir los ejercicios que parecen no servir para nada, pero que ayudan a estar listos cuando sea necesario. Como saltar cuerda; no va uno a ninguna parte y eso ayuda a llegar a donde uno quiera, cuando lo decida.

Por eso es que vengo aquí a escribir todos los días. Aunque no necesariamente tenga algo transcendental qué decir. Porque la inspiración no es una voz clara, si no apenas un eco que rebota en la cámara de la mente que debe estar preparada para atraparla. Y, como la condenada corre, hay que estar en forma.

No sólo eso, sólo sirve para empezar. Lo deja a uno con el dibujo apenas esbozado y tiene que rellenarlo con el puro esfuerzo. Para eso sirve haber hecho todo eso sin sentido, rutinario, repetitivo. Por eso, cuando salga de esto, regresaré a nadar para escuchar los ecos de las ideas que tienen que estarse gestando, mientras yo vengo todos los días a esperarlas.

Un domingo en la semana de lunes

Todos los días de estas tres semanas han sido lunes. O miércoles. Pero, después de seis días iguales, hay un domingo. Lo marco con vino y pizza, brownies y helado. Con sol y regar plantas. Con ht de diversión, porque ahora es irónico decir que nos vamos a poner una t-shirt en domingo, si así hemos pasado toda la semana.

En un mundo que dejó de funcionar, nos toca darnos un espacio de rutina. Esa salvadora de la sanidad mental, cuando es sana en sí misma. Dormir cuando toca, comer a la hora de siempre, hacer ejercicio y darse un día de descanso. Eso es para lo que sirve hacer siempre lo mismo. Para tener un sentimiento de seguridad.

No sabemos cómo será el mundo cuando al fin retornemos a él. Me puedo imaginar que va a ser igual y distinto. Igual, porque vamos a seguir siendo humanos y nuestra naturaleza no cambia en tres semanas, ni en seis. Distinto, porque las emergencias implementan medidas drásticas con las que luego nos familiarizamos. Y no importa. Porque tenemos que adaptarnos por adentro y afuera a lo nuevo.

Así que hoy, que es domingo, me tomo un día libre de dieta y ejercicio, miro tele, trato de pasar más tiempo con los enanos. Mañana será lunes en una semana llena de lunes.

Las cosas a medias no sirven

El reino de lo absoluto es esclavizante. Vivir en un constante sí o no, sólo termina desesperando, porque hay mucha más opciones que dos. Yo, que soy binaria y que me encantan las respuestas contundentes, entiendo que no todo (si es que algo), se puede resumir en los extremos.

Pero hablar de radicalizar o de hacer las cosas hasta el final, no es lo mismo, porque peor que llegar al extremo es hacer las cosas a medias. Las decisiones, cuando se toman, se deben asumir con todo. O adoptar otras medidas. No se trata de quedarse estancado en una cosa que no sirve, pero tampoco se le puede pedir que funcione si no se está haciendo todo lo que se debe.

La tibieza de sentimientos, las disposiciones mal llevadas, las prohibiciones sin ejecutarse, sólo sirven como cuchillos poco afilados. Son los más peligrosos.

El arte de enojarse

La mayor de las habilidades lingüísticas es poder nombrar a las cosas correctamente. Sobre todo las emociones, que son por su misma naturaleza, amorfas y cambiantes. Nuestro estado es cambiante, el enojo, la felicidad, la tristeza, dura menos de lo que tardamos en decirlo y sólo las experimentamos de forma continuada cuando las regresamos a la mente de forma voluntaria.

Así que, «estar enojado» sólo describe el deseo constante de recordar la molestia y alimentarla. Me pasa, frecuentemente, hasta en sueños. Vuelvo a vivir lo que me provocó desagrado y me enojo de nuevo. No es posible mantenerse en el mismo estado emocional, significaría un estancamiento y eso sólo lo logramos cuando nos morimos.

Ahora… enojarse es algo que me sale bien. Lamentablemente mi rango de emociones es un poco plano y conoce del enojo, la ira, la furia… y proceso todo lo negativo por allí. Rara vez encuentro la necesidad de decir que estoy triste. Pero, no me es sano vivir allí. Es un país demasiado conflictivo. Así que estoy aprendiendo el arte de nombrar mis emociones, sentirlas y dejarlas ir.

Nada de esto significa que uno no pueda dejar de estar con las personas que le causan las emociones negativas. Pero sí que uno tiene permiso de dejar de sentirlas para tomar decisiones. Revivir lo desagradable sólo debe servir para no repetirlo, no para volverlo a sentir. Así que, aprenderé a soltar, aunque me tenga que programar los sueños.