Dime qué no te gusta

Ayer, escribiendo un texto asignado en un concurso, me hicieron pensar en algo que no me gusta. No podía ser ni un lugar ni una comida. Y pensé que la pregunta es aún más importante de lo que parece. Porque muchas de las cosas que hacemos son para evitar tener experiencias desagradables.

Cuando uno busca pareja, es más importante saber en dónde están los límites de lo aceptable que en si me gustan rubios o morenos. El dolor marca la pauta y es bueno saber qué no va uno a tolerar. Hay pequeñas infracciones diarias que hacen mucha más mella que una falta gigantesca. Al final del día, la vida se construye de lo que hacemos siempre, no de lo extraordinario que, generalmente, sólo ilumina en dónde están las grietas.

A mí hay muchas cosas pequeñas que me desagradan, como los malos modales en la mesa, la apatía, la mala educación. Cosas que considero son indicadores de una personalidad deficiente que no hace el esfuerzo de ser un poquito mejor. Y que un perro me lama los pies…

Las puertas que hay qué cerrar

Dicen que el mundo da vueltas y uno no debe quedar peleado con nadie porque no sabe si se lo va a volver a topar. Y, en principio, estoy de acuerdo. Pero también es cierto que hay puertas por las que uno no quiere volver a pasar.

Romper relaciones es delicado. Son igual que los huevos, las cáscaras no se pueden volver a armar jamás. Pero algunas quedan bastante bien y se pueden hasta decorar. La relación ya no existe, la vida sigue y no deja uno un desierto por donde pasa. Todo eso está mejor que sembrar los campos con sal para que nada vuelva a crecer.

Supongo que hay una diferencia sensible entre terminar las cosas con firmeza y no regresar, a comportarse como animal y no poder hacerlo. A pesar de eso, yo sí prefiero no volver a coincidir con algunas personas, por mucho que me gire la vida.

La cosa sigue

Ser mamá de hijos con actividades es comprender de forma personalísima que la vida no se detiene, ni para una migraña. Heme aquí, tomando café para bajarme la vena pulsante de la frente y con medio ojo apachado, pero bien parqueada y lista para ver jugar flag al joven. Y es que no hay nada que lo ponga a uno tan bien en su lugar como cuidar a alguien más. Conformamos una red de entes interdependientes. Así es como sobrevive el ser humano. Además que todos tenemos diferentes habilidades.

La famosa división del trabajo no es más que hacer más de lo que hacemos mejor. Que incluye aceptar que uno no lo hace todo bien. Vivir en la más mínima forma de sociedad también tiene mucho de moverse del centro y gravitar con los demás. No siempre, hay ocasiones en las que toca que las cosas giren alrededor de uno, pero esa posición no es permanente, salvo que uno sea un egocentrista de primera y, ¿quién quiere serlo?

A esta hora, el café está haciendo algo de efecto y puedo disfrutar del lado bonito de la maternidad. No me quedan muchos años más de esto.

No hay silencio

En esta casa no hay silencio

se fue detrás de mi madre

o lo ahuyento con música

y mis hijos lo corretean

hasta el perro lo saca

a veces regresa sin ruido

se me pega en la siesta

es un gato callado

no está mucho tiempo

ni cuando dormimos

tal vez lo vaya a buscar

cuando yo también me vaya.

Cero expectativas

Cada vez que algo me duele emocionalmente es porque yo le puse muchas expectativas que no se cumplieron. No siempre es eso mi culpa. Uno tiene cierto derecho de esperar algo de la gente con la que uno se relaciona, sobre todo si hay reglas claras puestas desde un principio. Pero las personas no siempre cumplen y allí se va todo al caño.

En el budismo (lo poco que entiendo), resumen el dolor/sufrimiento en la vida como la consecuencia de aferrarse a lo placentero y rechazar lo malo. Dentro de eso podría estar hacerse ilusiones. Y comprendo, sobre todo después de tener que consentirme el trancazo, que no sufrir debe ser muy placentero. Pero creo que en esta vida no está en mi naturaleza no hacer planes con la esperanza que se cumplan.

Tal vez lo que sí he aprendido es a no transferirle a la otra persona mi decepción, en los casos en que no hay malicia en la falta. Así, puedo gozarme los planes, la energía invertida, los escenarios imaginarios y, si no se cumplen, dejarlos ir. Porque soñar no cuesta nada.

Cómo pasar por la tormenta sin mojarse

Hay dos formas de llegar de un punto al otro bajo la lluvia sin paraguas: corriendo o caminando. Yo prefiero la segunda. Igual ya me mojé, el pelo no me puede quedar m´as despeinado y tengo el riesgo muy alto de caerme, lo cual haría aún peores las cosas. Las circunstancias no cambian, sólo cómo las enfrento.

En la vida nos llega la tormenta tarde o temprano. Y no sólo una, todas. No hay una persona que se salve de sufrir (pues, el Buda lo hizo, pero hasta después de aprender y eso lleva demasiadas vueltas). La forma en la que salimos de cada una, todos hechos pedazos, en harapos, mojados y ateridos, tampoco varía mucho. Sólo cambia cómo continuamos.

Creo que no hay forma de pasar por la tormenta sin mojarse. Pero sí la hay de pasarla sin amargarse. A veces está bien hacerse pedazos para construir algo nuevo. El cambio ya lo tenemos siempre.

Traiga

Me siento a tirarle cosas al chucho para que me las regrese. No siempre me trae lo que le tiré. Por algo mi jardín vuelve a estar lleno de juguetes. Estoy aprendiendo a tener perro. Hay un nivel de conexión distinta con un animal que puede mover las cejas. Yo sé que me entiende. Los gatos también, pero es tanta su falta de expresión que a veces cree uno que no.

Tener en la casa a un ser vivo que no es humano a mí me hace sentirme más comprometida con su bienestar. Sobre todo porque no hay mayor responsabilidad que velar por los que pueden menos que uno. Y me sirve para enseñarles a los niños a respetar. Tal vez esa es la clave.

Este chucho me está enseñando a convivir mejor con los humanos de la casa. Aunque me sienta aún más responsable.

El momento tranquilo

Hay un pequeño espacio en mi vida en que le permito a mi mente dejar de dar vueltas. Cuando medito, cuando hago karate, cuando nado, cuando hago yoga. Es un momento de poner atención. Y también es un momento de apreciar. Mi cuerpo logra hacer cosas maravillosas como respirar y hasta eso se le pasa a uno por alto agradecerlo.

Si tuviéramos que hacer de forma consciente todo lo que hace nuestro cuerpo en automático, como latir, no podríamos hacer nada más. La maquinaria que ignoramos generalmente nos permite avanzar sobre rieles hacia adelante y ponerle atención a cosas más “importantes”. Parar y fijarse es esencial. Porque ayuda a quererse a uno mismo.

Hoy pude hacer algo en yoga que no había logrado antes: darme gracias por poder estar. A veces eso es suficiente.

El límite

El dolor te avisa dónde está el límite,

te dice sí, sí estás sangrando,

que no camines más

que te escondas.

El dolor te muestra que tienes piel

y que está lastimada

te explica el peso de las palabras

cuando te caen encima y te hieren.

El dolor te ayuda a no perder cosas

a no tener cosas,

a no querer nada.

El dolor te enseña

a conocer el límite del deseo.

Estarme quieta

Tengo una pequeña escoliosis que he mantenido a raya los últimos años a fuerza de bajar de peso y hacer ejercicio. Y meditar. Y nada. Y tratar de no estresarme (tanto). Pero hoy me recordó con una buena sacudida que está allí, que no se ha ido y que no soy inquebrantable. Porque sí me partió. Un mal movimiento y casi me quedo tirada. Ya seguí mi propio protocolo con inyección y todo y no puedo decir que me duela si no me muevo.

Tenemos todos un punto de inflexión, ese lugar donde nos quebramos y al cual no deberíamos tener que llegar para tomarnos un respiro. Pero llegamos y de allí se vienen las crisis y los desastres. Estamos tan acostumbrados a seguir, que se nos olvida que no siempre hay que moverse para avanzar, que el tiempo y la vida transcurren solos y que, a veces, uno puede dejarse llevar por la corriente, un ratito.

Algo así estoy en esta mañana, quieta. Porque ya terminé de lavar y doblar ropa y tengo hecho el almuerzo y los niños no han venido. Espero que eso sea suficiente.